Capítulo 8
N o estoy acostumbrada a hacer senderismo, y menos por la noche.
Sin dejar de padecer dolor en los muslos, me tropiezo con rocas y salientes irregulares.
No tardo en quedarme sin aliento. El frescor del aire no impide que el sudor me perle la piel.
Voy en la retaguardia del grupo mientras Callum, que está justo delante de mí, comparte bromas con Ryan y Becky.
Con sus músculos y fuerza lobuna, estoy segura de que ni se le ha pasado por la cabeza la posibilidad de que esta subida pueda ser una tortura para una princesa humana que se ha pasado media vida bordando en interiores, acicalándose frente a un espejo o tocando el piano.
La sombra de una sonrisa se adueña de mis labios.
El aire resulta tan fresco que puedo saborearlo.
Con el viento me llega el aroma a hierba mojada, a tierra húmeda y al ocasional olor de los excrementos de los animales.
Mi pecho hierve con una emoción casi infantil cuando diviso una oveja pastando en la ladera de la montaña.
Al echar la vista atrás, el castillo de Lowfell no es más que un punto en la lejanía, rodeado de agua ondulante, en la que se refleja la luz de la luna.
Me quedo sin aliento; la libertad me inunda los pulmones.
A pesar de todo lo que ocurrido —que James me atacara, que Blake vinculara nuestras vidas, su conjura contra Callum—, me alegra estar aquí en vez de en las Tierras del Sur.
La risa forzada de Blake rasga la oscuridad y hace que me rechinen los dientes. Está a la vanguardia del grupo, hablando con Arran, Jack y un hombre de avanzada edad con un kilt negro y gris. El chiquillo, Alfie, corretea en círculos a su alrededor. Tenso las comisuras de los labios.
—Deduzco que no te cae bien Blake, ¿no? —Una voz suave y masculina en la que se distingue muy bien el acento de las Tierras del Norte me sobresalta. Un miembro alto del clan de Blake se coloca a mi lado. La capucha de su capa le oculta el rostro—. Suele tener ese efecto en la gente.
—¿Lo tiene en ti? —pregunto, curiosa por lo que los miembros del clan de Blake pensarán realmente de él.
—Me parece… intrigante.
—¿Y eso?
—Le gusta coleccionar pajarillos desvalidos.
¿No lo has notado? El bastardo tuerto, la mujer maltratada, el lobo mestizo de los muelles de Ciudad del Rey…
—La atención que me presta hace que se me pongan rígidos los músculos—.
La princesa de las Tierras del Sur. Llevo tiempo preguntándome qué pretende hacer con ellos, si curarlos o desplumarlos.
Enjaularlos o dejarles alzar el vuelo. Quizá simplemente lo diviertan.
Frunzo el ceño mientras repaso lo que sé de sus «pajarillos».
Arran, con esa cicatriz en el cuello y el parche en el ojo, debe de haber sido el primero que ha mencionado; por el acento sureño de Jack diría que es él el que proviene de los muelles de Ciudad del Rey.
Sin embargo, no sé quién es la mujer maltratada.
Tampoco me hace gracia que me haya metido a mí en ese saco de gente desvalida, aunque quizá sea cierto.
—¿Y tú eres otro parajillo desvalido? —le pregunto.
El viento trae consigo la sinfonía de las gaitas a medida que nos acercamos a la cima de la montaña. El clan de Lochlan ya debe de haber llegado.
—Todos estamos un poco desvalidos, ¿no crees? —De su voz se desprende una sonrisa.
—¿Y tú en qué sentido lo estás?
Él agita una mano bajo su capa.
—No es nada interesante, te lo aseguro. Problemas paternofiliales, un amor perdido… —Señala a Callum—. He oído que te secuestró.
—Decidí venir con él.
Tropiezo con una roca puntiaguda y el hombre me coge del codo para que no me caiga. Hay fuerza en su agarre. Murmuro un «gracias» y me sacudo el polvo.
—¿Por qué iba una princesa sureña a querer ir al reino enemigo? —pregunta él.
—Se esperaba que contrajera matrimonio con un hombre espantoso. Quería ser libre.
—Ah, ya veo. Callum no habría podido resistirse.
—¿A qué te refieres?
—Tengo entendido que le gustan las doncellas en apuros.
Me asalta la extraña sensación de que este tipo intenta crearme conflicto. No debería sorprenderme que el clan de Blake sea tan provocador como su alfa.
—No soy ninguna doncella.
—¿No? Y aun así permitiste que te salvara de la peligrosa situación en la que estabas en las Tierras Fronterizas en lugar de ser tú misma la que lo hiciera.
La verdad que encierran sus palabras me aguijonea los sentidos.
—Supongo que eso es parte de la historia.
También pretendía obtener información sobre los lobos.
—Me encojo de hombros—. Creí que, si se la daba a mi padre, podría negociar mi libertad.
Reubiqué mis lealtades al conocer mejor a Callum.
La cosa solo se acrecentó en cuanto supe más acerca de mi padre y del hombre con el que debía casarme.
—¿Qué descubriste?
—Que los poderosos tergiversan la historia para favorecer sus propios intereses. Que los lobos no son los villanos que mi pueblo cree. Al menos, no todos.
Oigo a Blake llamar a Elsie para que mantenga controlado a su pequeño monstruo.
El ascenso se vuelve más pronunciado. En cierto momento, me veo obligada a apoyarme en las manos para avanzar entre las rocas.
Nunca había tenido que hacer algo semejante.
Una sonrisa se abre paso por mi rostro al sentir las manos mojadas y sucias.
Callum echa la vista atrás en cuanto llegamos al tramo menos complicado del camino y sonríe antes de empujar a Ryan al borde de la montaña con aire travieso.
Este lo insulta y se pone rojo, lo que arranca una carcajada de Callum.
Me tomo un momento para recobrar el aliento mientras niego con la cabeza ante el infantilismo del alfa con el que estoy liada.
El tipo encapuchado se pone a mi lado una vez más y suelta una risita por lo bajo. Debe de ser tan alto como Callum. No es tan fornido, pero su capa oscura tapa unos hombros bastante anchos.
—¿Cómo te llamas? —pregunto entre jadeos.
Él señala con la cabeza hacia la empinada cuesta que tenemos por delante, bajo un manto de estrellas.
—Venga. —Reanuda la marcha—. Ya casi estamos en la cima.
Llegamos a la cumbre cubierta de hierba y nos detenemos al límite de un círculo de piedras.
Deben de ser unas veinte personas las que esperaban nuestra llegada mientras apuran petacas, reunidas alrededor de varios barriles de whisky.
Una mujer toca la gaita, que emite un sonido estridente pero alegre.
Todos llevan prendas de tartán amarillo bajo sus capas. Este debe de ser el clan de Lochlan.
Las distintas charlas resuenan en el aire fresco con aroma a tierra húmeda. Una suave sonrisa escapa de mis labios, de manera que se me condensa la respiración frente al rostro. Por primera vez en veinte años de vida, he subido a lo alto de una montaña.
—Tienes un cabello impresionante, por cierto —dice el hombre—. Muchos lobos de las Tierras Nevadas tienen ese color de pelo también.
Giro la cabeza para mirarlo, movida por la mención de la tierra de mi madre, pero él está observando a la multitud.
Más adelante, Ryan empuja a Becky contra uno de los barriles de whisky mientras Callum les grita que se comporten. Jack se acerca a una mujer rubia con un vestido blanco que hay en medio del jolgorio. Es la única que no viste de negro.
—¿Es esa la Sacerdotisa de la Luna? —le pregunto al lobo encapuchado.
Él asiente.
—Sí. Presidirá la ceremonia después.
Arran le alborota el pelo a Alfie y se lo lleva en dirección contraria mientras, por lo que parece, Elsie intercambia unas rápidas palabras con Blake antes de ir tras ellos.
—¿Ha llegado Lochlan? —El viento me trae la voz grave de Callum—. No lo veo.
—Imagino que lo sabríamos de ser así —dice Blake—. Le gusta entrar por la puerta grande.
—Caballeros —dice el individuo a mi lado, que se baja la capucha.
Callum y Blake se giran. El primero aprieta un puño mientras que los labios del segundo dibujan una lenta sonrisa.
—Ah, Lochlan, ahí estás —dice Blake.
Me da un vuelco el corazón. Lochlan tiene el pelo tan rojo como yo.
Se lo ha rapado a los lados, igual que Callum, aunque, en su caso, la parte de arriba está mucho más crecida, lo que le permite llevarla trenzada y atada.
Le llega hasta la parte baja de la espalda.
Hay un resplandor de inteligencia en sus ojos, delineados con kohl negro.
Por su expresión es evidente que se lo está pasando en grande.
Lochlan me guiña un ojo antes de caminar hasta Blake y darle una palmada en el hombro.
—Tienes un aspecto tan formidable como de costumbre, Blake. —En sus ojos se aprecia una especie de fuego.
Un hoyuelo irrumpe en la mejilla de Blake.
—Lo mismo digo, Lochlan.
Callum atraviesa el espacio que nos separa y me pasa un brazo por los hombros. Del gesto se desprende cierta territorialidad, lo que provoca una risita en Lochlan.
—Tranquilo, Callum. No tengo ningún problema contigo. Ya he tenido la oportunidad de conocer a tu princesa. —Me sonríe—. Me cae bien.
La tensión que apresaba a Callum se diluye un tanto, aunque no renuncia a la cautela al estrecharle la mano a Lochlan.
—Gracias por venir. Esperaba que pudiéramos hablar.
Lochlan le quita hierro al asunto con un ademán y retrocede.
—Sé de qué quieres hablar, pero tendremos tiempo para la política más adelante.
Blake me ha invitado a pasar unas cuantas noches, así que disfrutemos de la celebración de esta velada y mañana ya hablaremos de tu hermano y de lo que quiero a cambio de apoyaros.
No sé al resto, pero el ascenso me ha dejado muerto de sed.
Mis hombres han traído un barril del mejor whisky de Glas-Cladach. ¿Me permitís que os tiente con él?
—Por descontado —dice Blake.
La sonrisa de Lochlan se vuelve casi lobuna.
—Excelente. ¿Callum?
Este se queda inmóvil un momento y después se relaja.
—Sí. He oído que lo conserváis en cuevas bendecidas por Ghealach.