El príncipe de la noche (El rey de los lobos 2) Capítulo 7
13%

Capítulo 7

C allum parece inquieto en los días que preceden al Oidhche Fhada. Creo que quiere salir a montar y visitar algunos clanes cercanos, pero se muestra reticente a dejarme después de mi convalecencia. Imagino que tanta sobreprotección será cosa de lobos.

Dedicamos el tiempo a explorar los pasillos oscuros de Lowfell y los terrenos colindantes.

El castillo está sumido en el silencio. La gente parece ir y venir según le place; algunos traen carne y grano de la aldea más cercana y vuelven a casa antes de que anochezca.

Vemos a Blake en contadas ocasiones. Me da miedo pensar en qué estará tramando.

Arran y Elsie suelen pasar tiempo juntos en las cocinas.

Mientras Arran cocina, Elsie mima al chiquillo llamado Alfie, aquel que pasó corriendo por nuestro lado en la escalera el primer día.

Debe de ser su madre. Una noche, cenamos con ellos.

No hablan mucho con nosotros, pero conversan entre ellos sobre trivialidades como el tiempo, el inminente ritual o el hecho de que el alfa Lochlan llegará pronto.

Cuando se marchan, Callum frunce el ceño sin apartar la vista de Alfie.

Después me comenta que el chaval le resulta familiar.

Llegado el día del Oidhche Fhada, mientras paseamos por el bosque, Callum sonríe al ver a Jack entrenando con Ryan más allá de la muralla de piedra del castillo. Recuerdo que Callum les sugirió hacerlo.

—¿Quieres que Ryan entrene con Jack? —pregunto.

—En algún momento entraremos en guerra con Lowfell —me dice Callum por lo bajo—. Arran tiene mi constitución y es norteño. Sé cómo peleará. Jack es otra cosa. Quiero tomarle la medida y ver a qué está acostumbrado sin necesidad de que él me la tome a mí.

—¿Así que lo mejor es hacer que pelee con Ryan? —Arqueo una ceja con escepticismo.

Ryan es más menudo y joven que Jack; difícilmente supondrá un reto para él.

Callum se cruza de brazos y asiente, con la mirada puesta en los dos.

Ryan está más que a la altura de su rival, pese a ser este más fuerte.

Como si sintiera que es el blanco de nuestras atenciones, y queriendo impresionarnos, ejecuta una maniobra que hace que la espada de madera de Jack salga volando de su agarre.

Este ríe entre dientes mientras Ryan presiona la suya contra su garganta.

—Puede que Ryan no sea muy corpulento, pero su manejo de la espada es excelente. —Callum me dedica una gran sonrisa juvenil. Sus ojos verdes rielan bajo la débil luz del sol—. Le enseñé yo.

Curvo los labios.

—Imagino que esperas que esté impresionada.

—¿Lo estás?

Yo le doy un apretón en el bíceps y pongo los ojos en blanco.

—Eres muy impresionante, Callum.

Su carcajada hace que un par de pájaros alcen el vuelo de entre los árboles y que Jack dirija su mirada hacia nosotros con una sonrisa.

Más tarde, el cielo se oscurece al otro lado de la ventana de nuestra alcoba y a mí me asalta la impaciencia por la ceremonia.

Me acomodo en uno de los sillones junto al fuego con las piernas dobladas bajo mi peso y hojeo uno de los libros de Blake. Lo he cogido de la biblioteca: una polvorienta habitación en la que Callum ha estado acompañándome cada mañana hasta que el aburrimiento lo impele a quejarse.

Experimentos: Tomo 2 está escrito a mano en el lomo.

Encontré un libro como este en mis aposentos de Madadh-allaidh.

De forma similar a aquel, este es un registro de torturas aplicadas a lobos que presupongo que ha redactado Blake.

No quiero leer nada acerca de los terribles tormentos que habrá tenido que infligir, pero hay algunos fragmentos que tienen que ver con la luna llena.

Leo sobre la forma en que los huesos de un lobo se rompen y transforman, las maneras en las que distintos estímulos provocan a la bestia interior del sujeto en cuestión, el modo en que la razón y la lógica quedan reemplazados por instintos primarios cuando el lobo sale a la superficie.

El eclipse lunar tendrá lugar esta noche y faltan dos semanas para la luna llena.

Si Blake y Callum están en lo cierto respecto a mí, entonces todo esto serán cosas que me pasarán a mí también.

La tensión me oprime el pecho. Me mordisqueo los dedos y me arranco el borde de una uña, lo que me ayuda a relajarme.

La butaca de cuero al otro lado de la chimenea cruje en cuanto Callum se pone en pie. Se desabotona la camisa. Yo bajo el libro, absorta en él, y observo cómo deja al descubierto su pecho firme y robusto y los relieves de su torso. La tela resbala por sus hombros hasta que la deja caer al suelo.

—¿Qué estás haciendo? —susurro.

Él vuelve a sentarse en el sillón con las piernas ligeramente separadas.

—Ven aquí.

—No —replico, porque estoy nerviosa y quiero ver qué está dispuesto a hacer.

—Sí. Ahora.

Se me curva la comisura del labio al tiempo que se me aceleran los latidos del corazón. La sombría expresión de hambre de su semblante me obliga a obedecer. Saco los pies y camino hacia él sobre el entablado del suelo.

Él se da un par de toques en el regazo.

—Siéntate.

Alzo una ceja e intento fingir indiferencia ante el poder que se adivina en sus hombros y la masa de músculos que tengo delante.

—Qué mandón estás esta tarde.

—Soy un alfa. Ahora haz lo que te digo. —El brillo de sus ojos revela que solo está provocándome.

Me encaramo a su regazo y presiono sus muslos con los míos a cada lado. Él inspira profundamente, con las manos en mi cintura. El calor se propaga por la lana de mi vestido al sentirlo apretar.

—¿En qué puedo ayudarte? —pregunto.

Él curva la comisura de sus labios. Despacio, hunde el rostro en mi cuello y me acaricia la piel, sensible en esa zona, con la punta de la nariz. Aspira profundamente y yo dejo escapar el aliento.

—¿Me estás… oliendo?

—Mmm… —musita él.

Yo le rodeo el cuello con los brazos.

—¿Por alguna razón en particular? —Él abre la boca y su respiración me roza la oreja—. Y no digas que es cosa de lobos.

Él vuelve a mirarme a la cara y sonríe. Sus ojos verdes resplandecen a la luz del fuego.

—Pero es que sí es cosa de lobos. —Desliza una de sus grandes manos por mi espalda y me mordisquea el lóbulo de la oreja. Noto calor en el vientre—. Ha pasado demasiado tiempo desde que estuve dentro de ti. Quiero comprobar si todavía hueles a mí.

Se me escapa una risa.

—Vaya, sí que es cosa de lobos.

Pasa la lengua a lo largo de mi garganta y yo arqueo la espalda mientras un jadeo brota de mis labios. Los lobos son extrañas criaturas.

—Quiero que Lochlan sepa exactamente con quién estará lidiando en caso de que intente algo. —Su voz grave y áspera despierta algo en mi interior.

—¿Y? ¿A qué huelo?

—Mmm… Hueles a nieve recién caída, a luz de luna y a miel. Hueles deliciosa. —Me roza la piel con los dientes, arrancándome así un débil gemido—. Pero no lo suficiente para mi gusto.

Me envuelve entre sus brazos y me atrae hacia él.

Mi rostro cae sobre su hombro y mi pecho se pega al suyo.

Su aroma y el calor que desprende me abruman.

Es una fragancia de montaña, de atardecer…

, de Callum. Mis pezones erectos le rozan la piel a través de la tela de mi vestido sin que él deje de acariciarme la espalda de arriba abajo.

Le beso la clavícula y sus músculos se ponen rígidos.

—¿Y qué vas a hacer al respecto? —pregunto.

Él me acaricia el cuello.

—Lo que estoy haciendo ahora.

—Puedes hacerlo mejor, ¿no crees?

Él alza la mirada, despacio. Veo al lobo en sus ojos. Yo bajo los labios hasta los suyos. Se inclina hacia delante y los reclama. Es un beso candente y profundo en el que se encuentran nuestras lenguas. Un sonido gutural que me hace temblar escapa de entre sus labios. De pronto, estoy ardiendo.

Lo deseo. Lo necesito. Por cómo su erección me presiona el vientre a través del kilt , sé que él también. Dubitativa, me muevo contra él.

Gruñe y detiene las manos en mis caderas.

—Se me había olvidado lo que me gusta sentir tu cuerpo contra el mío —murmura.

Me mueve contra él a un ritmo tan lento que resulta una tortura. La deliciosa fricción alimenta la excitación que se ha adueñado de mi entrepierna. Es como si hubiera algo hirviendo en mi interior, algo que necesita ser liberado. Le atrapo el labio con los dientes y su gemido me vuelve loca.

—Ahora hueles incluso mejor —musita.

—¿Porque huelo a ti?

—Porque hueles a que me deseas.

Y así es. Ansío sus dedos. Ansío su boca.

Lo ansío todo. Quiero que se pierda en mí tan profundamente que lo único que perciba yo en el mundo sea su cuerpo.

Me muevo más deprisa contra él y él hunde sus labios en mi cuello para succionar mi piel.

Noto la presión de sus dientes, lo afilados que están sus caninos.

Jadeo. Él gruñe contra mi cuerpo y entonces, de pronto, se aparta.

Se me congela la sangre en las venas al ver cómo su cabeza golpea la parte trasera del asiento.

El lobo destella en sus ojos una fracción de segundo antes de que los cierre con fuerza.

—Joder.

—Callum —balbuceo—, ¿qué pasa?

Tiene las mejillas sonrojadas, los labios hinchados y el pecho presa de frenéticos movimientos. Sus manos me sostienen con firmeza. Casi parece que estuviera sintiendo dolor.

—Mi lobo. —Aprieta la mandíbula—. Casi te muerdo. No… no tengo el control.

A mí me falta el aliento; se me han disparado las pulsaciones.

—Abre los ojos. —Él obedece y yo me quedo sin habla ante la belleza de esos iris de lobo. Le acaricio la mejilla con las yemas de los dedos—. No me asustas.

—Pero me asusto a mí mismo cuando estoy contigo. Siempre siento que voy a sobrepasar los límites que me impongo. No quiero hacerte daño. No quiero que vuelvas a pasarte varios días en cama con fiebre.

—Yo confío en ti.

—No lo harías… si supieras lo mucho que me hierve la sangre cada vez que estás cerca.

—Entonces ¿qué? ¿No vas a tocarme nunca más?

La comisura de sus labios se curva y un brillo travieso aparece en sus ojos.