El príncipe de la noche (El rey de los lobos 2) Capítulo 6 #2
11%

Capítulo 6 #2

—Es un lugar tranquilo. No parece que haya mucha gente viviendo en el castillo.

—No.

—Y eso te perturba. —Los fresnos se mecen a nuestro alrededor una vez que nos adentramos en el bosque.

Cuando casi me resbalo con la alfombra de hojas caídas que reviste el suelo, Callum me sujeta por el brazo y yo compongo una mueca al sentir el dolor de la mordedura del costado.

Él tensa la mandíbula, pero yo me aparto y reanudo mis andares antes de que diga nada—.

¿Te preocupa que su clan no sea útil a la hora de enfrentarnos a tu hermano?

El aliento de Callum, que camina hasta mí, se condesa ante su semblante.

—Siempre hubo preguntas acerca de si Blake es un alfa de verdad, pero hizo que la gente creyera que en su hogar lo respaldaban sin ambages. ¿Es así? ¿La gente que hay ahora mismo en Lowfell es todo su clan o habrá más escondidos por ahí?

—En cualquier caso, se le da bien ocultar cosas —digo yo.

—Así es. —El rostro de Callum se oscurece. Cada vez hay menos distancia entre los árboles, cuyas sombras se ciernen sobre nosotros—. Eso es lo que me preocupa.

A medida que nos adentramos percibimos con más claridad el olor a hojas mojadas y a musgo.

Entonces, un edificio aparece en la espesura.

Es una discreta iglesia con un único pináculo.

Al acercarnos resulta evidente que necesita algunas restauraciones: las paredes se están derrumbando y las vidrieras sobre la puerta están rotas.

Callum arruga el entrecejo.

—Interesante.

—¿Es para venerar a la Diosa de la Luna? —pregunto, consciente de que los lobos no rezan a la Diosa del Sol, como sí hacemos en las Tierras del Sur.

—No. —Callum se acerca a la puerta y la abre—. A Ghealach la veneramos en el exterior, donde la luz de la luna pueda tocarnos. Lo verás en el ritual de la semana que viene. Esto es otra cosa. Ven.

Él entra; yo me detengo en el umbral. El interior apenas está amueblado, pues solo cuenta con unos pocos bancos y un altar de piedra a los pies de otra ventana reventada en el otro extremo. Los cristales rotos crujen con cada paso de Callum hacia allí.

Los músculos se me ponen rígidos. Nunca me han gustado los edificios religiosos. Que esta iglesia esté lejos de ser tan extravagante como los templos del sur no impide que los recuerdos del sumo sacerdote restallen en mi memoria.

—Sí, es lo que pensaba. —Callum observa la ventana circular que hay sobre el altar—. Es una de las capillas del Dios de la Noche.

—¿El dios que mantiene prisionera a la Diosa de la Luna? —pregunto.

—Sí.

Asaltada por un arrebato de curiosidad, inspiro hondo y entro.

—¿Por qué iba ningún lobo a venerarlo? ¿No es él uno de los antagonistas en vuestra leyenda sobre el Lobo Primigenio?

Camino hacia el altar entre los bancos acompañada por el eco de mis pasos.

Me detengo junto a Callum, que ya está allí.

Recuerdo la historia que me contó sobre el origen de los lobos.

El primero, el Lobo Primigenio, se enamoró de Luna, que le dio el poder de transformarse para que se enfrentara así a las criaturas oscuras que pertenecían al Dios de la Noche.

Hasta que Sol se puso celosa y sentenció a Luna a la prisión del Cielo Nocturno.

Su cautiverio era lo que impedía que los lobos pudieran transformarse a voluntad.

—Antes de los primeros hombres y del Lobo Primigenio, los monstruos del Dios de la Noche poblaban la tierra: devoradores de almas, bestias aladas, serpientes marinas.

—Se gira para apoyarse en el altar, con las manos aferradas al canto de la mesa—.

Cuando encerraron a Ghealach en su prisión, ella lo engañó para que encarcelara a todas sus oscuras criaturas.

Él también acabó encarcelado en aquel proceso.

Antes de eso no eran pocos los lobos que rezaban al Dios de la Noche para pedirle que los librara de su tormento.

—Le rezaban porque lo temían, no porque lo amaran —deduzco.

—Correcto. Algunos lobos siguen venerándolo incluso después de que hiciera prisionera a Ghealach. Los llamamos Acólitos del Dios de la Noche. En tiempos de mi abuelo, se alzaron contra nosotros… No solo aquí, sino también en otros territorios de lobos, como las Tierras Nevadas.

Ante la mención de la tierra de mi madre no puedo sino abrir mucho los ojos.

—¿Por qué? ¿Qué querían?

—Estaban decididos a liberar a su dios oscuro de su prisión.

—¿Y eso es posible?

—Creen que el Corazón de la Luna es la llave. Por eso dar con la reliquia podría ser tanto una bendición como una maldición. Significaría libertad para mi pueblo y nos ayudaría a ganar la guerra contra el sur, pero…

—Podría iniciar una guerra totalmente distinta contra quienes opten por venerarlo.

—Exacto. —Sacude la cabeza—. Por qué un lobo querría darle la espalda a su diosa es algo que me supera. Sus ritos son mucho más oscuros que los nuestros.

Con un movimiento de su mentón, me señala el suelo bajo nuestros pies. La piedra está manchada de marrón oscuro.

Se me retuerce el estómago.

—¿Eso es sangre?

—Sacrificaban gente con la esperanza de que los bendijera con sus oscuros poderes.

Contemplo la capilla a través del aliento que se condensa ante mi rostro: los símbolos tallados en la piedra de las paredes son tan pequeños que no logro distinguirlos desde aquí.

Parte del techo se ha derrumbado en el extremo más alejado, por lo que algunas ramas consiguen penetrar en el edificio.

Es como las ruinas de lo que fue antaño, pero aun así este lugar conserva una extraña sensación: fría, oscura y espeluznante.

—¿Debería preocuparnos que esta iglesia esté en los dominios de Blake? —pregunto.

—Blake será muchas cosas, pero nunca lo he visto como alguien especialmente religioso.

Es una construcción vieja, no parece que nadie siga usándola.

De hecho, da la impresión de que reventaron las ventanas a propósito.

Como he dicho, Bruce era un tipo muy desagradable, como su padre. Esta capilla seguramente fuera suya.

Dirijo la atención al símbolo tallado en el arco de piedra que hay sobre el altar. Es la imagen de una llave cuyo arco encierra dos lunas crecientes que se miran entre sí. Me resulta familiar, aunque no consigo ubicarla.

—Venga, vámonos de este sitio tan lúgubre —insta Callum—. Apesta a sangre y desesperación.

No necesito que me lo diga dos veces. Me toma de la mano y nos adentramos en el bosque de nuevo.

Algo se relaja en mi interior en cuanto la frescura del aire me recibe y el aroma de la lluvia y los pinos me inunda los pulmones.

Nuestros pasos al alejarnos de la iglesia resultan algo menos distendidos que antes.