Capítulo 5
E l reino de las Tierras del Norte se extiende sobre la mesa ovalada que hay entre Blake y yo. El viento espolea la lluvia contra las ventanas arqueadas y el sonido retumba en la penumbra como tambores de guerra.
«Por fin solos, pequeña liebre».
Al inicio de la vinculación de nuestras vidas sentí sus emociones con la misma intensidad que las mías. Creo que ha dado con la manera de ocultarlas, porque, aunque todavía siento su oscura esencia en mi interior, soy incapaz de identificar sus intenciones.
Cómo detesto a este hombre. Puede que lo deteste incluso más que a James. Percibo mi odio en el paladar, su amargura en la parte trasera de la lengua. Siento un cosquilleo doloroso en los dientes, como si quisiera hundirlos en su carne. Me utilizó. Lo peor es lo mucho que eso me duele.
Nunca he tenido amigos. Como princesa, siempre me mantenía al margen del resto.
No se me permitía salir a correr y a jugar a los juegos tontos con los que se entretenían los demás críos.
Como adulta, nadie hablaba con libertad cuando yo estaba cerca.
Mi hermano, Philip, era cruel. Cada varón que se dignó a dirigirme la palabra lo hizo porque quería obtener algo de mi padre.
Creía que eso me había hecho más dura, que me había dado herramientas para juzgar bien la personalidad de los otros.
Ahora me pregunto si no me habrá vuelto incluso más susceptible al engaño.
Estaba tan desesperada por establecer alguna conexión con alguien, con quien fuera, que me dejé manipular por una serpiente.
No es que confiara en Blake ciegamente, pero, Diosa, una parte de mí quería hacerlo.
Disfrutaba de las conversaciones que mantenía con él, incluso cuando intentaba provocarme.
Se dirigía a mí como si fuera su igual; quizá más de lo que Callum lo hizo jamás.
Una parte horrible, débil y patética de mí quería ser su amiga.
Y por ello lo desprecio tanto como a mí misma.
—¿Qué tal te encuentras, pequeña liebre? —Su voz suena deliberadamente aterciopelada, casual, como si esta fuera una charla cualquiera.
Puede que no viera el veneno de Blake hasta que no fue demasiado tarde, pero sé que disfruta con el sufrimiento de los demás. No lo divertiré con el mío. Me obligo a esbozar una sonrisa cordial, la misma con la que recibía a señores desagradables cuya presencia, en realidad, aborrecía.
—Muy bien, gracias.
Él ladea un poco la cabeza. Entonces lo siento.
Un cosquilleo fresco bajo la piel; la extraña sensación de que unas enredaderas hechas de sombras reptan por mi alma.
Antes, cuando percibí su anhelo, pareció involuntario.
Esto es distinto. Es como si estuviera sondeándome para medir mis emociones.
Me tenso para mermar la impresión y encapsulo mis sentimientos sin llegar a apartarlos demasiado.
—¿Has descansado? —pregunta.
—Estoy bien.
—Callum ha comentado que has tenido pesadillas. ¿Qué has soñado?
Hay una nota cortante en su tono de voz, como si la respuesta fuera importante para él, aunque no alcanzo a atisbar el porqué.
—No era más que un poco de fiebre —replico, melosa—. Gracias por tu interés.
Lo capto: una ligera punzada de descontento. Mi sonrisa se vuelve un poco menos forzada. Mi amabilidad le resulta irritante. Bien.
Camina hacia mí con unas pisadas sólidas sobre las baldosas. Se detiene lo suficientemente cerca como para que su aroma a bosque oscuro me envuelva y entonces se apoya de espaldas en la mesa, que cruje bajo su peso. Su rostro queda muy cerca del mío. Su muslo casi me roza la cadera.
Quiero retroceder, poner distancia entre los dos, pero me obligo a permanecer donde estoy.
Desde tan cerca, aprecio que él tampoco ha dormido demasiado. Unas sombras descoloridas circundan sus ojos y tiene el cabello oscuro alborotado, como si se hubiera pasado frenéticamente los dedos por él. Un tenue rizo adorna su frente.
En mis sueños febriles, Blake parecía etéreo e intocable: un monstruo hecho de oscuridad y muerte. Lo real que es, su tangibilidad (con esos brazos firmes, la anchura de sus hombros, el pecho rígido y tenso bajo la camisa blanca), lo hace parecer, de algún modo, más peligroso aún.
—Desafiaste a James, le cortaste el cuello a Sebastian con una daga, ¿y lo único que me das es un «gracias por tu interés»? —Su voz es grave, seductora—. Decepcionante.
—Si alguna vez te he hecho pensar que pretendía impresionarte, Blake, te pido disculpas por la confusión.
Un hoyuelo aparece en su mejilla.
—¿Estás enfadada conmigo?
—¿Lo has notado? —pregunto.
—Ahora mismo estás conteniendo tus emociones. Igual que yo.
A pesar de que no estoy dispuesta a pedirle ayuda, no puedo evitar preguntar:
—¿Cómo? ¿Cómo funciona… esto que nos pasa?
Él me mira como si estuviera decidiendo si contestar o no.
—Al salvarte la vida, compartí mi fuerza vital contigo.
Como si te hubiera dado el extremo de una cuerda para ayudarte a subir por ella y me sirviera de tu fuerza vital al mismo tiempo.
No sé cómo lo sentirás tú, pero para mí es como si un hilo de luz procedente de tu fuerza vital todavía estuviera dentro de mí.
Cuando sientes algo especialmente fuerte, se enrosca en torno a mis propias emociones e impulsos, de manera que yo también lo siento.
—¿Y cómo hago para que dejes de sentirme?
—En mi caso me imagino una jaula alrededor de mis sentimientos, como para impedirme tocar tu luz. Podrías probar. —Ladea la cabeza—. ¿Tú lo percibes así también? ¿Como un hilo de luz?
Escudriño mi interior en busca de esa pieza que le pertenece, ese extremo del hilo, y me asalta un temblor.
—No. Para mí es como una oscuridad.
—¿Y bien? ¿Estás enfadada conmigo?
—¿Por qué iba a estarlo? —Procuro mantener un tono comedido, pero no termino de disimular el rencor—. Me salvaste la vida.
«Y vinculaste nuestras vidas sin mi consentimiento como parte de tu plan para hacerte con el trono y matar a Callum».
—¿Amigos, entonces?
Mi alma protesta y, por cómo centellean sus ojos, él lo sabe.
No somos amigos. Ni siquiera tengo claro que Blake sepa hacer amistades, aunque con Jack y Arran parece tener una relación bastante amigable; pero Blake debe de haberlos manipulado de alguna manera.
Tal vez lo teman, igual que los lobos del castillo de Madadh-allaidh.
Fuerzo una sonrisa.
—Una vez trabé amistad con un hombre en las Tierras del Sur.
Mi padre creyó que conspiraba contra él y me ordenó que le concediera un baile, me sentara a su lado y le llenara la copa.
Era un tipo retorcido y cruel. Creo que en una ocasión le hizo daño a una de mis damas de compañía, pero aun así me hice su amiga.
Descubrí que planeaba apoderarse de un territorio y volver al ejército contra mi padre. Le podría haber costado el trono.
—¿Qué le pasó?
Recuerdo esa noche, cuando mi padre me hizo salir. Oí los gritos en el salón del trono cuando intentó escapar. Se oían incluso desde mi alcoba.
—Murió.
—Desde luego, todo apunta a que ser tu amigo es peligroso. —La luz de las antorchas danza en las pupilas de Blake—. Dime, ¿sigues buscando la aprobación de tu padre incluso ahora, cuando ya sabes lo que le hizo a tu madre?
La ira se desata en mi interior como una tempestad.
Me invade un desprecio que, en esta ocasión, dirijo contra mí.
No sé por qué le he contado esa historia.
¿Pretendía amedrentarlo? ¿Impresionarlo?
Trato de recobrar la compostura. No quiero que sepa que ha echado sal en una herida.
Pero, incluso aunque no percibiera mis emociones, sé que sería capaz de notar mi cambio de humor solo por su faceta de lobo.
Doy un paso atrás y asiento con cortesía.
—Callum estará esperándome fuera.
Me dirijo a la puerta.
—Lamento no haber podido darte lo que querías la otra noche. —Hay algo sugerente en su tono, aunque no sé muy bien qué sugerencia es esa. Sé que intenta provocarme. Sé que debería seguir caminando.
«No piques. No piques. No…».
Me doy la vuelta.
—¿A qué te refieres?
—Cuando fuiste a verme a mis aposentos.
Frunzo el ceño. Se me tensan todos y cada uno de los músculos del cuerpo.
Unas imágenes candentes destellan bajo mis párpados: el rostro de Blake apaciguado por el sueño, con el pelo desparramado por la almohada, mi hoja contra su garganta.
Las sábanas estaban arrugadas bajo mis muslos y el lobo resplandeció en su mirada cuando me cogió de la muñeca.
Pensaba que era un sueño. Una pesadilla. Un producto de la fiebre. ¿Fue… fue real?
Parece que la vergüenza es una emoción más difícil de contener que la ira. Anida en mi interior hasta que me arden las mejillas y mi pulso se acelera. Ojalá la tierra se partiera en dos, me tragara y me llevara lejos de esta repugnante serpiente que tengo delante.
Despacio, los labios de Blake se curvan en una sonrisa de satisfacción.
Alzo el mentón, aunque soy consciente de que debo de tener la cara más roja que mi pelo.
—No tengo ni idea de lo que hablas. —Me dirijo a la puerta de nuevo. Estoy temblando. Me arde la piel. Voy a morirme de vergüenza —. Que tengas un buen día, Blake.
—Igualmente, pequeña liebre. —Percibo la fría brisa de su diversión. Él vuelve a centrarse en estudiar el mapa.
Abro la puerta y salgo de la cámara del consejo antes de cerrar con, quizá, un poco de fuerza de más.
Al otro lado del pasillo, Callum y Ryan alzan la vista de golpe.
Ambos parecen molestos. Ryan está ruborizado y Callum tiene los brazos cruzados frente al pecho y la mandíbula tensa.
Se le arruga el entrecejo a causa de la preocupación, con una pregunta en sus ojos.
Yo asiento. «Estoy bien». Él me regala una sonrisa comedida antes de volverse hacia Ryan.
—No —dice Callum—. Y no hay más que hablar.
—Pero…
—¿Todo bien, roja? —De entre las sombras brota una voz profunda que ahoga la protesta de Ryan. Yo doy un respingo. Jack está apoyado en la pared, cruzado de brazos.