Capítulo 4
M e aparto de Callum. En mi pecho se libra una batalla entre el dolor y el desconcierto.
—¿Qué quieres decir? Yo no soy de nadie, y mucho menos de James.
Afuera, la lluvia ha arreciado, por lo que su sinfonía contra las ventanas arqueadas nos perfora los oídos. Callum se roza el labio inferior con los dientes.
—Teóricamente, sí, princesa.
—¿De qué estás hablando?
—Es la ley de los lobos. —Los amplios hombros de Callum están caídos, como si cargara con un gran peso.
Me pregunto cuántas veces habrá mantenido esta conversación con Blake y los demás mientras yo estaba en cama—.
Normalmente, cuando muerden a un lobo mestizo, si este sobrevive, pasa a formar parte del clan del lobo que lo mordió.
El alfa de ese clan asume esa responsabilidad.
Básicamente pasan a ser de su propiedad.
James es de Highfell. Si no hubiera sido rey en el momento en que te mordió, me habrías pertenecido a mí, pero me supera en rango.
Tiene derecho a reclamarte. La ley de los lobos indica que, si lo hace, debes acudir a él.
Me tiemblan las piernas… Por la fiebre, por la conmoción; no lo sé.
Con la mano, me apoyo en la mesa ovalada para recuperarme.
La idea de que el hombre que me atacó, que me ha cambiado la vida para siempre, me vea como su propiedad hace que se me hiele la sangre en las venas.
El arrebato de ira que me asalta es tal que me palpita el corazón en los oídos.
Blake está a contraluz, con el fuego ardiendo en la chimenea a sus espaldas. Jack se inclina sobre la mesa. Detesto que sean testigos de esto. Detesto que hayan discutido este asunto sin mí. Trago saliva para mermar mis emociones y las entierro en lo más profundo de mi ser.
—Eso es absurdo —digo—. Solo porque James diga que algo es de una manera no quiere decir que lo sea. Yo no le pertenezco a nadie.
Blake tamborilea con los dedos sobre el mapa.
—En cualquier caso —dice—, si solicita que te entreguemos y nos negamos, estaremos quebrantando la ley de los lobos, lo que nos pondría en la incómoda situación de tener un futuro rey que no se adhiere a las reglas por las que nos regimos todos los lobos.
A diferencia de la de Callum, su voz carece de emociones.
Habla como si la posibilidad de que fuera propiedad de otro hombre no supusiera nada para él.
También me percato de las palabras que ha elegido.
«Un futuro rey». No quiere quebrantar las normas porque hacerlo podría echar a perder sus pretensiones al trono, no las de Callum.
Lo miro sin ambages.
—Entonces ¿planeas entregarme a él?
Callum coloca su mano sobre la mía. El contacto de su palma cálida y callosa me ofrece cierto consuelo.
—No. Nunca —dice él.
—Hay una solución muy simple —apunta Blake—. Que otro alfa te reclame antes de que James solicite tu vuelta de forma oficial.
No se me escapa que Blake no menciona específicamente a Callum como el alfa que debe reclamarme, como si él también fuera una opción. Jack observa a Blake con atención, apretando las comisuras de los labios. Él también debe de haberse dado cuenta, aunque no parece que lo apruebe.
—¿Qué me estás diciendo? —inquiero—. No quiero que nadie me «reclame». No sé ni lo que significa eso.
Blake se encoge de hombros.
—Significa que un alfa te marcaría con un mordisco y te presentaría como miembro de su clan con testigos delante. El reclamo gana más fuerza si se hace durante un evento celestial o en la presencia de una sacerdotisa, aunque eso no siempre es necesario.
Al negar con la cabeza, me asalta un martilleo.
—Ni hablar.
—¿Ni aunque sea la única forma de mantenerte a salvo? —pregunta Callum.
Me estremezco. Está de acuerdo con Blake, así que esta es otra conversación que han tenido sin mí.
—No.
Callum me acaricia los nudillos con el pulgar.
—Si lo que te preocupa es el dolor…
—No.
El rostro de Callum revela que se siente herido y entonces comprendo que piensa que estoy rechazándolo.
Tal vez esta sea la forma que tienen los lobos de someterse y reclamar dominio unos sobre otros.
Tal vez así sea como lo hacen todos los hombres.
Yo le pertenecía a mi padre. Luego me entregaron a Sebastian.
Después Callum me llevó consigo. Fui un peón para Blake.
Por primera vez en mi vida he saboreado la libertad de los vientos de las Tierras del Norte.
La he sentido en el aroma de los pinares y la he visto en la frondosidad de las montañas y los valles húmedos por la lluvia.
También la he sentido en la calidez de los brazos de Callum.
Aquí tengo la oportunidad de ser una igual en vez de un premio.
No pienso renunciar a eso tan fácilmente.
Suspiro.
—No puedo volver a ser propiedad de nadie. Ni siquiera de ti, Callum.
La expresión de este se suaviza.
—No se trata de pertenecer a alguien en particular, sino de formar parte de un clan. Para mí sería más fácil protegerte de ese modo.
—Pero yo no soy ni tuya ni de tu clan —rebato—.
Ya tengo un título. Soy la princesa de las Tierras del Sur.
Quizá, después de todo lo que ha pasado, eso no signifique gran cosa, ya que estoy segura de que mi padre me mandaría ejecutar por traición si supiera que mi cautiverio no se dio en contra de mi voluntad, pero, aun así, no puedo renunciar ni a mi posición ni a mi título, y tampoco responder ante un alfa. No lo haré.
El gesto de Callum se agrava.
—No es eso, princesa. Te mantendría a salvo…
—¡No estoy a salvo! En el momento en que Blake y tú atacasteis a James, le declarasteis la guerra. Es evidente que James se ha dado cuenta de que soy importante para ti. Eso no lo detendrá. Vendrá a por mí de todos modos. ¿Vas a dejar que me atrape?
La expresión de Callum se ensombrece.
— Jamás.
Inspiro profundamente para recuperar la compostura.
—No importa si dice que le pertenezco o no. Intenta desestabilizarnos. Tenemos que poner a los clanes de nuestra parte para hacernos con el trono deprisa, y hay que recuperar a Fiona antes de que James reaccione.
Alguien llama a la puerta.
—¿Sí? —inquiere Blake.
Un alborotado cabello cobrizo aparece tras la puerta cuando Ryan se anima a asomarse.
Callum deja escapar el aliento.
—¿Qué pasa, Ryan?
La clara exasperación que la interrupción ha despertado en Callum no impide que el rostro pecoso de Ryan se vea iluminado por una sonrisa en cuanto me ve.
—¡Princesa! ¡Estás despierta!
—¡Ryan! —Callum chasquea los dedos para recuperar la atención del chaval de dieciséis años—. ¿Qué es lo que pasa?
—¿Podemos hablar en privado?
—¿Ahora?
—Sí.
Callum recorre la estancia con la mirada y después se detiene en mí.
—¿No puede esperar?
—No.
Callum me da un apretón en el hombro.
—Solo será un momento. Házmelo saber si necesitas algo, ¿vale?
Yo asiento y él sigue a Ryan al pasillo mientras sacude la cabeza.
—Juro por Ghealach, muchacho, que como no sea algo importante… —Sus palabras se pierden tras la puerta que cierran a sus espaldas.
Yo me quedo a solas con dos lobos que conspiran contra Callum y contra mí.
La tensión me atenaza la garganta. Un cosquilleo me recorre los dientes, como si quisiera morder algo. El impulso de, o bien cruzar la habitación y hundir los dientes en Blake, o bien morderme las yemas de los dedos hasta que sangren es tan fuerte que tengo que cerrar las manos.
Al ver que la sensación no se diluye, repaso el trazo irregular de la costa del mapa con los dedos.
La manga de Blake me roza la mano. Registro un par de nombres: Altos Picos, Oidhche Craig.
Highfell debía de estar por ahí arriba, en alguna parte.
Lo encuentro junto a un territorio llamado Glen Ghealach.
Blake susurra algo. Me llegan las fuertes pisadas de Jack, que pasa junto a mí. Me guiña un ojo y desaparece por el pasillo tras cerrar la puerta.
Mis pupilas se alzan despacio hacia Blake.
No puedo evitar pensar en los sueños febriles que he tenido.
En sus ojos negros como la noche, en su risa reverberando en mis huesos, en él mezclándose con las sombras y enroscándose a mi alrededor como una serpiente.
A la luz del día, no es más que un hombre —un lobo—, y, sin embargo, se me acelera el pulso como si yo fuera una presa.
—Por fin solos, pequeña liebre.