El príncipe de la noche (El rey de los lobos 2) Capítulo 3
5%

Capítulo 3

L a cámara del consejo cuenta con tres esbeltos ventanales arqueados en una pared lateral, a través de los cuales son discernibles las montañas teñidas de marrón y naranja.

Entre las ventanas brillan unas antorchas sostenidas por unos apliques de hierro negro; en la chimenea de piedra curva arde un tímido fuego.

El lugar está presidido por una gran mesa ovalada junto a la que hay cuatro hombres de pie.

Al entrar, todas las miradas se posan en mí.

Blake está a la cabeza de la mesa, con las manos planas sobre la superficie.

Está inclinado hacia delante. Al tener la camisa blanca arremangada, es fácil ver el inicio de la cicatriz que le marca el codo y que debió de ganarse cuando lo mordieron.

No es la primera vez que me asalta la curiosidad respecto a cómo se convirtió en lobo.

La expresión de Callum se suaviza en cuanto nuestras miradas se cruzan.

—Rory, ¿qué haces aquí?

—La he invitado yo —informa Blake, observando la larga camisa que me he puesto pese a ser de su propiedad—. Qué buen aspecto tienes hoy, pequeña liebre.

Le respondo con una tenue sonrisa, porque estoy segura de que lo dice para provocarme.

—Gracias.

Un hombre con rastas y tatuajes que le surcan la piel oscura de los brazos esboza una sonrisa de suficiencia. Jack, me parece que se llama. Lo vi en las mazmorras cuando Blake me secuestró e intentó que me casara con James. Mi aversión aumenta.

El cuarto tipo que hay en la estancia es alguien a quien no he visto nunca.

Tiene la misma complexión robusta que Callum, con el pelo corto y oscuro y una barba pulcramente recortada.

Sus brazos están cruzados frente al pecho, postura que resalta unos bíceps gruesos contra la tela de su camisa negra.

Lleva un parche en el ojo izquierdo y una serie de pequeñas cicatrices zigzaguean en su garganta.

De pronto, siento que me suena, aunque no imagino en qué situación podría haber coincidido con un hombre así.

—Pasa, por favor —dice Blake—. Justo estábamos hablando de ti.

Avanzo hacia la mesa.

—Eso me ha parecido —contesto—. ¿Sobre qué debatíais? No me gusta la idea de que cuatro hombres hablen de mí sin estar yo presente.

—Deberías descansar —susurra Callum con un timbre reprobatorio—. ¿No has leído mi nota? Has pasado tres días con fiebres altas.

«¿Tres días?». Callum está a punto de enzarzarse en una guerra con su hermano y yo he estado en cama tres días. Las incógnitas se agolpan en mi cabeza, ya de por sí víctima de un martilleo. Me pregunto qué me he perdido.

—Ya no soportaba estar recluida en esa habitación más tiempo —replico con calma—. Me encuentro mucho mejor.

—Mmm.

De cerca, aprecio que Callum no parece haber dormido mucho.

Una barba incipiente le reviste la mandíbula.

Tiene ojeras. Su habitual fragancia de montaña ha quedado eclipsada por un sudor varonil, como si no se hubiera lavado.

Le rodeo la cintura con el brazo y aprieto.

Además de ocuparse de todo lo sucedido con su hermano, también ha tenido que preocuparse por mí.

La mujer que me ha acompañado hasta aquí resopla en el umbral.

—¿Participas, Elsie? —inquiere Blake.

—No.

Elsie no muestra deferencia alguna hacia el hombre que deduzco que es su alfa. Se dirige al pasillo acompañada del susurro de sus faldas contra las baldosas. Cierra la puerta a sus espaldas.

Tomo aliento con avidez al sentirme presa de una emoción punzante que me oprime el pecho.

Proviene de Blake, pero desaparece tan deprisa que bien podría haberlo imaginado.

Aún no me he acostumbrado al extraño vínculo que nos une y que Blake tuvo a bien imponerme.

Es como si hubiera un hilo de sombras en mi pecho, un hilo enrollado en torno a mi alma.

Cuando él siente alguna cosa, me da la sensación de que se estira y se tensa.

Intento discernir la emoción. Anhelo, creo.

Me pregunto qué relación guarda con él esa mujer.

El hombre corpulento que me es desconocido contiene una risita.

—¿Qué te hace tanta gracia, Arran? —pregunta Blake con un tono un tanto frío.

—Nada. —La voz de Arran suena un poco áspera, como si no la usara demasiado. No suena sincero. Se acerca más a su alfa, le susurra algo al oído y Blake asiente.

Arran se aleja de la mesa, pasa junto a Callum y junto a mí, y se va a buscar a Elsie. Me lanza un vistazo rápido y, una vez más, me asalta esa sensación de familiaridad. Cierra la puerta.

—Como decía —prosigue Blake—, quiero que Lochlan y algunos miembros de su clan vengan a Lowfell para el Oidhche Fhada.

Callum me sujeta con un poco más de fuerza, un aumento que resulta casi imperceptible.

—Y, como yo estaba diciendo, creo que eso no es una buena idea.

—¿Qué es el Oidhche Fhada? —pregunto con dificultad por lo extrañas que son para mí esas palabras.

—Un ritual lobuno que tendrá lugar la semana que viene —contesta Callum—. Creemos que Oidhche, el Dios de la Noche, como lo llamáis en las Tierras del Sur, tiene una prisión en el cielo en la cual retiene a Ghealach, la Diosa de la Luna.

—Lo recuerdo —digo.

—Oidhche la traslada a una celda diferente cada noche, de modo que nunca puede ser hallada por aquellos que la buscan.

En las noches de luna llena es cuando está más cerca de nosotros.

Sin embargo, una vez cada dos años y medio, se adentra tanto en su prisión que su luz no consigue tocar la tierra.

Por un momento, el mundo se sumerge en la oscuridad.

Ahí es cuando se celebra el Oidhche Fhada.

Creo que se refiere al eclipse lunar. En las Tierras del Sur tenemos un festival en su honor que consiste en encender hogueras para honrar a la Diosa del Sol y ahuyentar la oscuridad.

—¿Y esta vez no queréis celebrarlo? —pregunto.

—No es el ritual a lo que me opongo, pero aquí el alfa Blake desea tener invitados. Lochlan Christensen es el alfa de Glas-Cladach y no es alguien de quien podamos fiarnos.

Blake señala parte de la línea de costa en el mapa de las Tierras del Norte que hay en la mesa.

—Lochlan cuenta con el segundo mayor ejército de las Tierras del Norte y tenemos un enemigo común.

—¿James? —pregunto.

Blake inclina la cabeza.

—Me gustaría convencerlo para que se una a nuestra causa.

Si queremos avanzar de forma efectiva contra James, será mejor que lo hagamos mientras aún esté lamiéndose las heridas de la batalla con Sebastian.

Tenemos tres semanas hasta la luna llena.

Quiero que nos pongamos en marcha justo después.

Necesitaremos un ejército para someter el castillo y el apoyo de, por lo menos, cuatro alfas que se nos unan si tenemos que mantenerlo.

Lochlan podría asistirnos con su ejército.

Callum aprieta los dientes.

—¿No te cae bien Lochlan? —inquiero.

—No tengo nada personal en su contra —responde Callum—, pero, si bien es cierto que él y James no congenian, también tiene motivos para no hacerlo conmigo.

—Opina que invitar a Lochlan podría ponerte en peligro —dice Jack—. Sobre todo después de…

Callum emite un sonido grave, como un gruñido, y Jack enmudece.

—¿Por qué iba a ponerme en peligro?

—¿Recuerdas que salí para ayudar a mi hermano mientras aún estábamos en Madadh-allaidh? —dice Callum—. Perdimos la batalla contra Sebastian y a mí me hirieron con acónito.

Un miedo atroz me atenazó el corazón cuando vi a Callum caer de rodillas en sus aposentos, empapado en sudor y sangre, como la que le teñía el brazo por la herida de bala de su hombro.

Siento una punzada de vergüenza. Esa mañana le dije a Callum que Blake no era tan malo como parecía. Qué equivocada estaba.

Asiento.

—El fuerte del que se apoderó Sebastian pertenecía al territorio de Lochlan —dice Blake—. El alfa que se hizo cargo era alguien apreciado por Lochlan. Lo más probable es que a estas alturas esté muerto o algo peor.

—Y la única razón por la que Sebastian estaba allí era porque me buscaba a mí —digo yo—. Puede que Lochlan me culpe por lo que ocurrió.

Se me entumece la voz al comprender que es posible que Lochlan sea mi enemigo, a pesar de que ni siquiera me he cruzado con él.

—Sí —afirma Callum—. No podemos fiarnos de su lealtad.

Blake suspira.

—Lochlan estará encantado con Aurora. Confiad en mí. —Yo no me molesto en señalar que no podemos confiar en Blake—. De todos modos, ya lo he invitado. Esta conversación es fútil.

Callum aprieta la mandíbula.

— ¿Cómo?

—Venga ya, Callum. Tú y yo podemos ocuparnos de él y lo sabes. ¿Por qué no le cuentas a tu mascotita la auténtica razón por la que estás tan sobreprotector?

Un hoyuelo aparece en la mejilla de Blake. Yo me giro rápidamente hacia Callum.

—Blake. —La voz de Callum tiene una nota de advertencia.

Jack sonríe.

—¿Qué pasa? —inquiero yo, severa.

Él se pellizca el puente de la nariz antes de sacar un pergamino del bolsillo de su kilt . Lo cojo.

—Ryan y su muchacha, Becky, llegaron ayer —dice Callum. Me invade el alivio. El muchacho de dieciséis años al que perdoné la vida en el recinto de lucha de las Tierras Fronterizas está bien—. James los ha dejado marchar, pero les dio esta misiva.

Las palabras «Callum McKennan» están caligrafiadas con tinta en el dorso. El lacre está roto, así que la abro. Le doy la vuelta al pergamino y lo leo:

Tienes algo que me pertenece. Yo tengo algo que te pertenece a ti. ¿Qué te parecería un intercambio?

Frunzo el ceño.

—¿Qué tiene él que sea tuyo?

—A Fiona —dice Callum carente de emoción, con la mirada perdida en el pergamino que sostengo.

Una mezcla de pánico e ira se agolpa en mis entrañas.

Que Callum tenga los ojos inyectados en sangre no es solo a consecuencia de lo preocupado que ha estado por mi fiebre y por el mordisco que me palpita en un costado.

James ha hecho prisionera a su amistad más longeva.

También es amiga mía, aunque no la conozca tan bien.

Fiona fue una de las pocas personas en Madadh-allaidh que se dirigió a mí con amabilidad, y lo hizo sabiendo que pertenecía al reino enemigo.

Mi temor se convierte en determinación. Toco el brazo de Callum. Su bíceps está rígido bajo la camisa.

—La recuperaremos. ¿Él cree que tú tienes algo suyo?

Callum traga saliva.

—En principio, así es.

—Entonces, deberíamos negociar un intercambio.

—Ahí es donde se complica el asunto.

—¿Por qué? ¿Qué es lo que quiere? —Frunzo el ceño—. ¿Qué tienes tú que le pertenezca?

Se pasa una mano por la boca. Su mirada se ensombrece en cuanto la detiene en mi cintura, allá donde los dientes de James marcaron mi piel. Sus ojos rebosan aflicción cuando los clava en los míos.

—A ti.