Capítulo 2
E stoy corriendo por el pasillo oscuro e interminable de una prisión. Soy una estatua que se desmorona, con los brazos y las piernas revestidos de sombrías enredaderas. Ante mis ojos se conjuran celdas húmedas, bisturíes metálicos y corazones que gotean sangre negra.
Me precipito por un bosque de noche. Mi vestido se engancha en las ramas; espinas se clavan en las plantas de mis pies. No sé si corro hacia algo o si huyo de algo, pero, si me detengo, moriré.
El rostro difuminado de Callum aparece frente al mío.
—¿Qué le pasa? ¿Es por el mordisco?
—Es su loba. —La seda negra que es la voz de Blake consigue enfriar mis huesos en combustión—. Aurora, cielo. —Una palma me presiona la frente húmeda, lo que calma a la bestia desatada en mi interior—. Mírame.
Abro los párpados y me echo hacia atrás con brusquedad.
Las pupilas de Blake se dilatan hasta que no son más que oscuros pozos vacíos. Sus labios se curvan en una cruel sonrisa que resulta demasiado grande para su cara. Ríe. Una risa áspera, gélida e interminable.
«Sé lo que eres», grito dentro de mi cabeza.
«¿El qué?».
«Un monstruo».
La oscuridad me asedia de nuevo.
Estoy atrapada en un lugar frío y oscuro, hundida hasta la cintura en un agua tan negra como el abismo.
Una gran bestia ha apresado a un conejo entre sus fauces mientras corre por una capilla derruida.
Un latigazo me hiende la piel al tiempo que una risa me taladra los oídos.
El grito de una mujer restalla en mitad de una tormenta de nieve.
Unos feroces ojos ambarinos se clavan en mí.
—Su cuerpo la está asimilando —dice una voz melosa y envenenada—. Quiere rechazar a la loba.
—Antes estaba bien. —Una voz áspera y preñada de preocupación, densa como las Tierras del Norte—. Un poco alterada, quizá, pero no así.
—Pasará por fases como esta hasta que se transforme por primera vez. Es transitorio.
—¿A ti te pasó?
—Sí. —Una mano me echa la cabeza hacia atrás y acerca un cáliz a mis labios. Está lleno de veneno—. Bebe, pequeña liebre.
«No. No. No».
Hundo la cabeza contra la almohada, impotente. La oscuridad rebosa por mi garganta, se derrama entre mis labios. Él se desvanece entre las sombras, con su voz retumbando en mi mente.
«Mi peón. Mi marioneta. Mía».
Al parpadear me encuentro caminando lentamente en un castillo.
El aire fresco me hace cosquillas en las piernas desnudas; mis pies descalzos golpean las baldosas.
Me recreo en el frío sobre mi piel caliente.
Saboreo las sombras que me rozan las mejillas.
Noto las piernas débiles. Está demasiado oscuro como para ver nada, pero estoy atada a una correa, así que la sigo.
Aferro con los dedos la empuñadura de una hoja plateada. Un rugido se desata en mi pecho.
«No soy un peón. No soy una marioneta. No soy de nadie».
Entro en la estancia. Él duerme en una cama colocada contra la pared. No sé si estoy despierta o soñando. Todo se muestra borroso; sin embargo, parece más tangible que antes. Su brazo descansa por encima de la cabeza y tiene el cabello oscuro revuelto. Parece tan sereno… Tan fácil de matar.
En cuestión de un parpadeo me encuentro a horcajadas sobre su torso y le pongo un cuchillo a la garganta.
Le aprieto las caderas con los muslos. Está duro.
Caliente. Me aferra las muñecas, con los dedos como si fueran grilletes.
Cuando abre los ojos, algo fiero me devuelve la mirada.
Parpadea con un movimiento de pestañas que le abanica las mejillas y la bestia desaparece, no sin que algo igual de peligroso me observe.
Huele a sangre y a sombríos cuentos de hadas. A las profundidades del bosque.
—No recuerdo haberte invitado a mi cama, Aurora, cielo.
Carga conmigo. Apoyo la mejilla en la solidez de su pecho desnudo.
Soy una muñeca en sus brazos. Un juguete con el que divertirse.
Un títere que controlar. Gruño y me resisto, pero él me sujeta más fuerte, lo que impide que me libere.
Me entrega a un tercero como si nada. Callum me susurra palabras de consuelo al oído.
Estoy acalorada. Alterada. ¿Cuándo acabará?
—¿Dónde la has encontrado? —La somnolienta voz de Callum destila preocupación.
—En mis aposentos. —Percibo lo divertido que le parece—. Creo que su loba quiere matarme.
—La mayoría de los lobos quieren matarte. —Tiene lugar una pausa que puede haber durado tanto una eternidad como un solo latido—. Hablas de su loba como si fuera ajena a ella.
—Lo es.
—Los lobos son parte de nosotros, Blake. Quizá si aceptaras esa parte de ti…
—Callum, si alguna vez necesito tu consejo, te lo pediré. Y, si de verdad llegamos a ese punto, será porque el mundo estará perdido ya. —Las pisadas son como truenos en mis oídos—. Ata en corto a tu mascota.
Las sombras me secuestran una vez más.
Estoy en un carruaje con Sebastian, que tiene un corte en la garganta. Hay unas cuerdas enganchadas a mis muñecas y un ser sin rostro me obliga a bailar en un salón desierto. Blake se acerca a mí con la violencia brillándole en la mirada.
Yo corro. Estoy perdida. Unos pasillos oscuros se disuelven en el olvido. Hay un símbolo. Una llave con dos lunas crecientes en la parte superior.
Alguien chilla.
Alguien canta.
Una luz brillante, cegadora.
Doy un respingo.
Respiro con dificultad. Con el pelo pegado a la piel, me doy cuenta de que estoy atrapada entre las sábanas. Sola.
Una luz grisácea danza en la habitación; la lluvia repiquetea contra la ventana. Un fuego arde con ímpetu en el hogar, por lo que deduzco que alguien ha estado aquí hace poco.
Noto un martilleo en la cabeza y la boca tan seca como el esparto.
Me siento débil, como si mis extremidades fueran delgadas ramitas que pudieran partirse en cualquier momento.
Un suave gruñido escapa de mi garganta. Es como arena.
Hay un tazón en la mesilla a mi lado. Lo cojo.
Olfateo el límpido líquido de su interior.
No huelo nada. Me lo bebo con avidez y lo dejo donde estaba.
Me alivia la garganta lacerante, tan frío que lo noto descender hasta mi estómago.
Creo que he tenido fiebre. No tengo ni idea de cuánto ha durado.
Intento orientarme entre los sueños y las alucinaciones.
Todo se mezcla entre sí hasta formar un enredo indistinguible que me hiere la mente.
Recuerdo la voz de Blake imponiéndose al velo de oscuridad, diciendo que mi cuerpo intentaba asimilar a la loba.
Contengo el arrebato de temor que me asalta. Podría estar equivocado. Podría haber mentido.
Peor: podría haber dicho la verdad. Es posible que esté convirtiéndome en una de las criaturas que, durante veinte años, mi reino me enseñó a repudiar, a temer.
La parte de mí que el sacerdote intentó purgar, que mi padre intentó envenenar, que condenó a mi madre a su aciago destino. Podría ser real.
Recuerdo otra cosa: estar sentada a horcajadas sobre Blake mientras estaba en la cama, sosteniendo una daga contra su garganta. Sacudo la cabeza. Yo nunca haría nada semejante. Es un sueño febril, no un recuerdo.
Aquí, el aire está viciado. Huele a enfermedad.
Me recuerda a las mañanas que pasé junto a la cama de mi madre y a las semanas que pasé convaleciente, encerrada en mis aposentos después de su muerte.
Lo que pasa es que ella no murió a causa de una enfermedad, como creía.
La ira crepita bajo mi piel. A mi madre la asesinó mi padre.
Aprieto y relajo los puños, inspiro profundamente un par de veces y neutralizo el sentimiento. Ahora estoy muy lejos de él. Aunque, quizá, algún día, Callum me ayude a hacerle pagar por lo que hizo.
Me froto la cara con ambas manos y deslizo los pies fuera de la cama. Me he despertado con tanta sed que no he reparado en el pergamino que hay junto al tazón de agua ni en el trozo de pan en un pequeño plato acompañado de un cuchillo de untar. Cojo la nota:
Princesa, estoy reunido con algunos miembros del clan de Blake. Volveré pronto. Desayuna. Quédate donde estás.
Estoy famélica, por lo que no me cuesta seguir sus instrucciones. Mi estómago ruge mientras me fuerzo a tragar el trozo de pan reseco. Como no me sienta muy bien, me apresuro a beber más agua y vuelvo a dejar el tazón.
Mi alma entera protesta ante su segunda indicación.
No quiero quedarme donde estoy. Tengo la sensación de que se me caen las paredes encima.
En lo más profundo de mi mente oigo cómo mi yo adolescente le suplica a una de las doncellas que me deje salir a dar un paseo por los jardines, unirme a mi padre y a mi hermano para cenar en el Gran Salón o montar a caballo por los alrededores, como mi madre solía dejarme hacer.
Ya no puedo ser esa chiquilla. Me juré que sería más que eso.
Me pongo de pie. Me tiemblan un poco las piernas.
Siento como si unas cuchillas me rasparan el interior del cráneo.
Gruño y me aferro al alféizar de la ventana para mantener el equilibrio.
Respiro hondo varias veces. Me encuentro en una estancia que da a un patio en sombras.
La lluvia, al amparo de las turbulentas nubes grises que opacan el sol, se estrella contra los adoquines.
En un rincón de la habitación hay un armario.
Me dirijo a él con la esperanza de hallar ropa limpia.
Solo hay prendas de varón: pantalones, camisas y un kilt del mismo tartán rojo que el de Callum.
Me pregunto si Fiona u otro miembro de su clan habrá llegado al castillo mientras yo dormía para traerle esto.
Espero que sí. Ojalá Fiona haya salido bien parada tras la traición de Callum y Blake.
La camisa que llevo está empapada en sudor.
Me la quito y escojo otra. No tengo claro a quién pertenece hasta que, al ponérmela, me llega el aroma a pino oscuro.
Se me acelera el pulso a modo de protesta, lo que no impide que me la abroche.
No quiero ponerme la ropa de Blake ni oler como él, pero de momento es lo que hay.
También me pongo unos pantalones, que ciño con un cinturón para que no se me caigan.
Alguien llama a la puerta. Me paralizo.
Callum habría entrado sin más. Vuelvo el rostro para mirar el cuchillo de untar que descansa junto al plato de pan. Me apresuro para cogerlo y metérmelo en el bolsillo. Después abro la puerta con cautela.
Una muchacha de edad y complexión similares a las mías, de cabello largo, ondulado y oscuro, aguarda en el pasillo.
Es impresionante, con esa mandíbula afilada y esos labios carnosos.
Lleva un vestido precioso, negro de mangas largas de encaje.
Me resulta familiar, aunque no creo que hayamos coincidido antes.
—¿Sí? —Mi voz suena ronca por la falta de uso, así que me aclaro la garganta.
—Blake solicita tu presencia en su cámara del consejo.
Ladeo la cabeza. No me entusiasma que el alfa de Lowfell me mande llamar, pero al menos me ahorra el tener que buscar a Callum en un castillo desconocido.
—¿Formas parte de su clan? —pregunto.
—Correcto.
Sonrío, con la esperanza de hacer una amiga.
—Soy Aurora.
Ella se coloca un mechón de pelo tras la oreja, lo que me permite captar un retazo de una cicatriz o un tatuaje en su muñeca, que se apresura a cubrir con la manga.
—Lo sé.
Espero a que me diga su nombre. Al ver que se limita a suspirar, como si le estuviera haciendo perder el tiempo, retrocedo con el ceño fruncido. Debería haber previsto que la gente del clan de Blake sería igual de insufrible que él.
—Un momento, por favor.
El único calzado con el que cuento son las zapatillas enfangadas y manchadas de sangre que James me proporcionó para entregarme a Sebastian. Me las pongo con una mueca.
La chica no me dirige la palabra durante el trayecto por el laberinto de angostos pasillos.
No es un estilo muy distinto al de Madadh-allaidh, el castillo al que me llevaron en primer lugar cuando Callum me trajo a las Tierras del Norte, pero parece algo más claustrofóbico.
Tal vez se deba a la falta de tapices y colores de otros clanes, ya que la negrura de las paredes ayuda a que dé la impresión de que están más cerca unas de otras.
Unos cáncamos de forja sostienen antorchas que titilan a nuestro paso.
—… no la pondré en riesgo. —El marcado acento de Callum suena casi como un gruñido al acercarnos a la puerta.
—No seas ridículo. —El tono de Blake es suave como la seda—. Estará bien. Podemos encargarnos de…
La chica llama y la estancia enmudece.
Una extraña expectación se conjura en mi pecho.
Odio admitir que siento un poco de curiosidad por el lugar al que Blake llama hogar.
En una ocasión, Callum me dijo que la gente se preguntaba si Blake —el lobo mestizo de las Tierras del Sur— era legítimamente un alfa.
Cualquiera que lo cuestionara tendía a acabar muerto.
Y, sin embargo, aquí estamos, en sus dominios: un auténtico castillo de las Tierras del Norte.
¿Cómo lo consiguió? ¿De verdad es su hogar? ¿Le cae bien a su propia gente?
—Adelante —dice Blake.