Capítulo 1
M e incorporo de un respingo, boqueando en busca de aire.
Estoy enredada en las sábanas. A la camisa que llevo le sobran un par de tallas y está empapada en sudor.
Tengo frío. Mucho frío. Es hielo lo que me recorre las venas.
Me pregunto si alguna vez volveré a entrar en calor.
El mundo está en penumbra. Gris. Como si lo viera a través de una cortina de sombras.
Oigo el crujido de un tablón del suelo. El colchón se hunde bajo mis pies descalzos. Me asalta una oleada de calor que trae consigo un aroma masculino combinado con la fragancia de las montañas.
—Mírame. —Palabras amables pero autoritarias. Una mano, callosa y fuerte pero también tierna, me sostiene la mejilla—. Mírame.
Más exigencia. Es la voz de alguien acostumbrado a que le hagan caso.
Vencida, alzo la vista.
—Eso es. Fija tus ojos en mí. Ahora respira.
Trago aire y dejo que me llene los pulmones, que despeje la oscuridad.
—Buena chica. Venga. Respira conmigo. Dentro… y fuera…
La cacofonía de mis latidos se apaga en mis oídos. Ya hemos hecho esto antes, creo: en las perreras bajo el castillo de Sebastian.
«Sebastian. Diosa. He matado a Sebastian».
Un nuevo asalto de pánico se apodera de mí.
—Princesa. —La palabra suena contundente, autoritaria—. Respira. Dentro… y fuera…
Una vela a medio consumir titila en la mesilla de noche junto a una taza y un montón de libros. Hay una licorera con whisky en la repisa de la chimenea, donde Blake la dejó. Tengo un dolor palpitante en el costado. James me ha mordido… hace solo unas horas.
La lluvia repiquetea contra la ventana.
—Eso es. Vuelve conmigo, princesa.
La figura a mi lado desprende calor. La opresión en mis pulmones se atenúa, con lo que consigo respirar mejor.
—¿Callum?
—Sí, aquí estoy.
La expresión de Callum es amable, lo cual contrasta con la tensión que se adivina en su cuerpo, en la dureza de sus bíceps contra la camisa ceñida. Su cabello, del color de la arena oscura, está peinado hacia atrás y sus ojos verdes resplandecen de preocupación.
—¿Te duele algo? —Arruga la frente—. ¿Quieres que vaya a buscar a Blake?
—No… Es… Solo ha sido una pesadilla, creo. —Dejo escapar el aliento.
—¿Qué has soñado?
Sacudo la cabeza, intentando recordar.
—Estaba en una prisión y Blake se encontraba allí y algo me perseguía. Y… —Me tenso al recordar la conversación que hemos tenido hace un rato. Me llevo las rodillas al pecho—. Diosa, tengo que contarte algo sobre Blake. Está conspirando contra ti.
Callum frunce el ceño.
—¿Qué?
—Todo lo que ha hecho… El vínculo que ha creado y que liga nuestras vidas…
Todo era parte de un plan para hacerse con el Trono Lobuno.
Te ayudará a convertirte en el rey de los lobos y luego te desafiará.
Sabe que vencerá, porque su vida está ligada a la mía.
No lo matarás, porque, si lo haces, también yo moriré.
El cuerpo de Callum se pone rígido.
—¿Te lo ha dicho él?
—Sí.
Callum se me queda mirando un momento. Sus bíceps parecen de acero. Después, una suave risa que calienta el aire helado brota de sus labios.
—¿No te preocupa? —pregunto.
—Sí que me preocupa. Es solo que… no lo entendía.
No entendía por qué lo había hecho. Tiró por la borda todo en lo que llevaba años trabajando.
Me liberó, se enfrentó a James y, cuando te vio morir…
Su cara… —Traga saliva—. Te salvó la vida.
Llevo intentando dilucidar una razón desde que llegamos, y no lo conseguía.
Empezaba a pensar… —Sacude la cabeza—. No sé lo que pensaba.
Pero ahora… Ahora tiene sentido. Supongo que resulta reconfortante, a pesar de que complique un poco las cosas.
—Tenemos que cortar la conexión entre Blake y yo.
—Sí, aunque no intentará matarme hasta que me haya apropiado del trono.
Se me acelera el corazón.
—¿Crees que intentará matarte?
—No me cabe duda. Yo cedí ante James y, durante años, la gente se preguntó qué habría pasado si hubiéramos luchado, lo cual debilita sus pretensiones.
Blake no permitirá que lo vean débil. —Tomo a Callum por la muñeca, como si temiera que fueran a arrebatármelo.
Él sonríe—. No me vencerá. Tenemos tiempo.
Hasta entonces, podría sernos útil. Tú descansa un poco más y ya nos ocuparemos de esto más tarde.
—Me acaricia la mejilla con el pulgar—. Siento haberte dejado sola.
Con todo el caos de la batalla, era el mejor momento para enviar a uno de los mensajeros de Blake al castillo a informar a Fiona y Ryan.
—Lo sé. Lo entiendo.
Mi sangre se torna cálida con su presencia. En esta ocasión no es temor lo que palpita en mis venas. Es algo feroz y salvaje que ansía liberarse.
La expresión de Callum se ensombrece.
—Princesa… —Su voz suena ronca y grave, casi como una advertencia.
Yo busco su rostro con las manos, desesperada por sentirlo más cerca de mí. Siento un latigazo de dolor allí donde James hincó sus dientes, por lo que compongo una mueca y dejo la mano flotando sobre las sábanas.
Callum aprieta la mandíbula con la mirada desviada hacia mi cintura.
—¿Puedo echar un vistazo?
Yo me echo un poco hacia atrás antes de recostarme en las almohadas.
Callum aparta las sábanas. Se mueve para colocar una de mis piernas desnudas sobre su regazo al tiempo que se inclina sobre mí.
Hace unas semanas, la mera idea de exponerme de esta manera ante el alfa de Highfell, vestida con la camisa de un hombre y en ropa interior, me habría intimidado.
Ahora hace que se me agite la respiración.
Desabrocha el botón justo debajo de mis pechos y desciende con cuidado. Me roza ligeramente la piel con los dedos. Levanta la camisa para dejar mi abdomen al descubierto. A pesar de la caricia del aire helado, estoy ardiendo.
Me doy cuenta de que lo deseo. Lo deseo con urgencia. Con desespero. Quiero sentir sus manos en mi cuerpo, hundir los dedos en sus músculos. Ansío la calidez de su boca. Quiero pegarme a él y reclamarlo como mío. Lo deseo como nunca he deseado nada en mi vida.
No sé qué me pasa. A lo mejor me siento así porque esta noche he estado a punto de morir. Quizá necesite desterrar la fría sombra de la pesadilla que me ha despertado. Quiero sentir calidez. Quiero sentirme viva . Quiero erradicar la sensación que me embarga.
Callum se queda quieto. Yo me apoyo en los codos. Justo donde James me clavó los dientes, una larga cicatriz irregular me marca la cintura y el torso. La piel que la rodea es rojiza, pero debe de tener mejor pinta que hace solo unas horas, cuando me desangraba sobre la hierba.
Debería preocuparme y, sin embargo, miro a Callum con fascinación. Tiene un aspecto tan denso, tan impenetrable… Su expresión es pétrea, propia del mismo guerrero que vi por primera vez en la pelea en el castillo de Sebastian.
El lobo reluce en sus pupilas. Por un instante, me pregunto si habrá percibido el cambio en mi interior. Esta… necesidad .
Mientras que yo dirijo mi ira hacia Blake, por haberme usado como un peón en sus juegos, Callum parece reservarse la suya en exclusiva para James.
—Lo pagará con su vida.
Suena a promesa, lo que me acalora aún más. No es solo que le preocupe que esté herida, sino que subyace algo más primario todavía. Posesivo. Como si no pudiera soportar que su hermano me hubiera marcado.
Siento que ardo. Soy un incendio.
Diosa, no sé qué diantres me pasa, pero tengo que parar. Es un ansia dolorosa. Con la piel sensible, me giro sobre el colchón. Me asalta la extraña necesidad de morder algo y casi me siento enferma. Se me escapa un suspiro tenue y tembloroso.
Callum endurece todos y cada uno de los músculos de su anatomía.
Su mirada salta a la zona entre mis piernas, que ahora palpita de necesidad, como si fuera consciente de lo que siento. La ropa interior apenas me cubre. Cada vez estoy más caliente y más húmeda. Él se relame el labio inferior. Un leve gruñido brota de su garganta.
Cuando sus ojos se cruzan con los míos, veo que el lobo sigue ahí, oscuro, bello y poderoso. Parpadea un par de veces, como si intentara contenerlo.
—Esta noche he creído que te perdía. —Sus palabras suenan ahogadas.
—Me perdiste durante un momento, pero al final me has encontrado —sonrío—. Ven aquí.
Él inspira profundamente, como si intentara mantener la compostura.
Estoy herida. Sin duda piensa que soy algo frágil que no quiere romper. Pero, Diosa, quiero que me rompa. Quiero que me consuma. Quiero dejar escapar esta bestia enjaulada que merodea y se agita en mi interior. Quiero que todos los horrores de esta noche se esfumen.
— No —susurro—. No seas un caballero conmigo.
—Rory…, estás herida.
—¿No quieres cuidar de mí?
Él suelta una carcajada y desvía la mirada hacia el suelo.
—Sí, quiero cuidar de ti, pero me temo que no estaría bien.
—Sí lo estaría.
Con un pulgar, traza círculos frustrantes en mi pierna, que todavía descansa sobre su regazo.
—No quiero hacerte daño.
—No me vas a hacer daño.
Él se reacomoda, de manera que queda de rodillas encima del colchón, entre mis piernas, y me siento triunfante. Su expresión se ensombrece.
—Tienes que dormir un poco —dice.
—¿Y por qué no me ayudas a relajarme para que me sea más fácil?
Él gruñe.
—Qué muchacha más exigente eres, ¿no? Y muy valiente, también, por atreverte a atormentar al alfa de Highfell de esta manera.
—No me da miedo. Estoy cortejando al futuro rey de los lobos, ¿no te has enterado?
Él ríe por lo bajo, una risa suave que llena la pequeña alcoba con calor y una oscura promesa.
—Ah, ¿sí? ¿Lo estás cortejando?
—¿Dirías que no?
—¿Y qué tal es? Apuesto, imagino.
—Muy apuesto. Y fuerte. Y le gusta pensar que es un caballero, cosa que no es cierta. Es un lobo.
—Ah, ¿sí?
Se agacha y me obliga a apartar los muslos para acomodar sus anchos hombros entre ellos.
—Sí —digo gimiendo.
—Creo que hace tiempo que dejamos atrás el cortejo, princesa. —Deposita un beso en la tela húmeda de mi ropa interior—. ¿No te parece?
Arqueo la espalda.
— Sí.
El sudor me perla la frente. Quiero pedir más, cosa que no he hecho nunca.
Sin embargo, al notar cómo aparta la tela de la ropa interior con el dedo, me tenso.
Mi cuerpo se enfría, como si acabaran de arrojarme a un lago helado.
La oscuridad repta por los límites de mi visión y un sonido atemorizado escapa de mis labios.
Callum se queda quieto entre mis muslos.
Un gruñido se forma dentro de mí, vibrante, en aumento. Como si algo estuviera atrapado en mi pecho y forcejeara para liberarse de una jaula. Quiere correr hacia una dirección específica, pero no la distingo. Tengo la piel húmeda. Se me ha pegado el pelo a la cara.
— Callum —digo jadeando.
—Princesa. —Él se incorpora de inmediato y me sostiene entre sus brazos—. Ghealach, estás ardiendo.
Unos puntitos destellan ante mis ojos. El sudor frío me recubre la piel. Intento aferrarme a la lucidez, pero me veo superada por una ola de oscuridad. La pequeña cama, la chimenea asediada por los libros, las brasas en el hogar, el rostro de Callum… Todo se vuelve gris.
— ¡Blake!
Callum, que salta de la cama, suena lejano.
Me hundo.
Caigo en la oscuridad.