El príncipe de la noche (El rey de los lobos 2) Prólogo
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El príncipe de la noche (El rey de los lobos 2)

El príncipe de la noche (El rey de los lobos 2)

Por Lauren Palphreyman

© inepub.com

Prólogo

Blake

S us pasos retumban por el interminable pasillo de la prisión en el que está caminando.

Las sombras se arremolinan en torno a brazos y piernas, casi como si estuvieran vivas. Se enroscan en sus tobillos como lo haría un gato.

Sus fosas nasales se ensanchan ante la llegada de un aroma dulce y familiar.

Ella observa entre los barrotes de la ventana de una de las celdas, de espaldas a él.

Él ladea la cabeza. ¿Este sueño es suyo o de ella? ¿Se habrá limitado a imaginarla y ya está? ¿O se trata de una consecuencia del vínculo que los une?

Su pelirroja cabellera le cae en cascada por la espalda, casi del mismo color que la sangre a la luz.

Es como si la hubieran sacado de su cama para soltarla allí.

Lleva su camisa, la que le dio a Callum para que ella se la pusiera después de que James le mordiera.

Le viene grande. Se posa sobre sus suaves curvas traseras, le acaricia los muslos.

Tiene las pantorrillas y los pies al descubierto. Él traga saliva.

Ella se tensa como una presa y él se pregunta si percibe que la está viendo. Después sigue la dirección de su mirada. Un conjunto de sombras retorcidas cae sobre ella. El carcelero de la prisión se aproxima.

Blake se le acerca; ella retrocede. Choca contra su pecho y él le rodea la cintura con un brazo y le tapa la boca con una mano antes de que profiera grito alguno.

Le roza el oído con los labios.

—No deberías estar aquí, pequeña liebre.

Ella se tensa en sus brazos.

Cómo la detesta. Detesta la forma que su fragancia tiene de envolverlo, incluso en este lugar. Huele como el rayo de luz de luna que se colaba por las rejas de las celdas de debajo del palacio. La libertad lo tienta. La promesa rota de algo que no puede tener.

Detesta lo suave y cálida que es, la reacción de su verga ante su cercanía. Detesta que el lobo que mantiene tan a raya ansíe hundir los dientes en ella.

Los pasos se aproximan.

Él se la lleva por una puerta abierta de la celda.

Se cierra a sus espaldas. La joven dirige su atención al emblema grabado en la obsidiana que hay debajo de la ventana enrejada: una llave con dos lunas crecientes en la parte superior.

Él se pregunta si conocerá su significado.

La mayoría de los lobos lo harían, ya que es un remanente de cuando los acólitos se alzaron hace más de un siglo, pero no es un símbolo común en las Tierras del Sur. Allí nadie venera a los dioses oscuros.

Capta lo acelerado de su pulso con tanta claridad que es casi un estruendo en sus oídos. Se le tensa el brazo en torno a su torso.

—Chisss.

La temperatura se desploma. La respiración de Blake se condensa ante sus ojos. Aurora da un respingo, como si estuviera desesperada por obtener un poco de calor, aunque sea de él, que la abraza con más fuerza.

Los pasos se diluyen. Blake deja de contener el aliento. Le quita la mano de la boca. Aún en su abrazo, ella se retuerce para mirarlo. Siente la dulce curvatura de sus pechos contra sus pectorales. Una arruga aparece entre sus cejas.

—¿Qué…?

Devuelve la atención a la puerta.

La figura retrocede. Una oscuridad densa y antinatural se derrama entre los barrotes de la ventana.

—Despierta. Despierta. Despierta. —Murmura ella en voz baja—. Solo es un sueño. Despierta.

No es solo un sueño.

Él cierra los ojos. La tira hacia atrás. No choca con la pared, sino que esta se disuelve. La puerta de la celda se abre de repente frente a ellos, pero ya han caído en una oscuridad infinita.

Aterriza de pie en la celda bajo el palacio. Ahora sabe que es su propio sueño el que están visitando. Un recuerdo. No le gusta este lugar, pero no es tan peligroso como el sitio en el que estaban antes.

Al lado de la pared hay un catre cuyo colchón está manchado de una sangre ya vieja. En una esquina hay un cubo con desechos. Hay varios libros, junto a los que titila una vela, apilados contra la pared. Un aroma a limón se mezcla con el hierro y la peste a fluidos corporales.

Aurora está en el centro, con una postura perfecta: espalda erguida y mentón alzado para observar el entorno con cierta altivez.

Lo único que le revela que no es tan dueña de sí misma como parece es lo acelerado de sus pulsaciones y el hecho de que siente ese susurro en su interior gracias a su vínculo, como una especie de hilo de luz.

También aborrece eso de ella. Lo mucho que mantiene la compostura, pero sintió la agresividad que crepita bajo su piel la primera vez que le puso los ojos encima. Hace que quiera provocarla.

Cuando era pequeño, algunos niños mayores se dedicaban a lanzarles piedras a los patos del estanque. Él no entendía por qué lo hacían. Incluso a los seis años se le antojaba algo infantil. Pero entonces llegó ella.

Haría lo que fuera con tal de verla agitar las plumas, perder los estribos. Quiere ver lo que pasa cuando se desata.

Quizá la deteste tanto porque sabe que, en el fondo, él es igual. También está muy marcado. No se le ha dado el lujo de poder perder el control. Sabe la clase de oscuros secretos que subyacen en su alma, pero desconoce lo que hay tras la máscara que ella porta. Cree que puede ser algo magnífico.

Ella lo encara y él se acerca un paso. Estudia su rostro, sus pómulos, esos ojos azules que lo observan tras una densa hilera de pestañas. Joder, es preciosa.

—¿De verdad estás aquí? —le pregunta él.

Ella frunce el ceño.

—Claro que estoy aquí. —Su frente le llega por la barbilla y, sin embargo, se las apaña para hablarle como si él fuera más pequeño. Ella frunce el ceño con aspecto de estar desorientada—. ¿Y tú?

Unos pasos se acercan a la puerta de la celda que hay a sus espaldas y él suspira.

—Deberías irte. Preferiría que no vieras esta parte.

Ella vuelve la cabeza. Cuando le devuelve la atención, su maldito subconsciente lo ha ataviado con una camisa empapada en sangre. Tiene los pies descalzos y sucios. Sus pantalones están hechos jirones.

—¿Estás herido? —Hay un timbre de preocupación en su voz, y con eso amplía la lista de cosas que detesta de ella: habla como si de verdad le importara.

—Hora de despertarse, pequeña liebre.

—¿Dónde estamos? —Arruga el entrecejo—. ¿Dónde estábamos ?

—Si aún recuerdas esto por la mañana, te lo diré.

Él la toma de los brazos y cierra los ojos. Tiene que despertar.

La empuja contra la pared.

Caen en la infinita oscuridad una vez más.

Blake abre los ojos de golpe.

Está en su cama de Lowfell y una luna creciente resplandece al otro lado de la ventana. Se le ha desbocado el corazón. No tiene claro qué es más desconcertante: la ubicación de sus sueños o la participación de Aurora.

Abandona el abrazo de las sábanas, coge sus pantalones y la camisa doblados sobre el reposabrazos del sillón, y se viste. Se pone las botas sin molestarse en abrocharlas y sale de sus aposentos.

Recorre su castillo. La oscuridad es casi tan densa como la que había en la prisión. Pasa por la habitación en la que alojó a Aurora y a Callum, que está hablando en voz baja. Lo asalta un arrebato de pánico. Ella ha despertado tan alterada como él.

Una vez en el exterior, cruza el pequeño patio hacia el terreno ajeno al castillo. El lago que rodea Lowfell es tan negro como el cielo y las montañas a ambos lados están revestidas de sombras.

Con el viento frío sacudiéndole el pelo, se adentra en el bosque y deambula entre los fresnos hasta que llega a una capilla.

Entra. El interior está invadido por la penumbra. Unos fragmentos de cristal crujen bajo sus botas al pasar junto a los bancos carcomidos y recorrer el pasillo. Las vidrieras representaban la historia del triunfo de la Noche sobre la Diosa de la Luna y cómo la atrapó en su prisión.

Se tensa al oír el eco de un aleteo en el lugar, pero no es más que un pájaro que está anidando entre las vigas. Camina hasta el altar. Se recuesta sobre la dura piedra, con las rodillas alzadas, y entrelaza las manos en la parte trasera de su cabeza.

Fija la mirada en el emblema tallado en la piedra del arco que sostiene el techo.

De pronto, la puerta se abre.

—Me ha parecido oírte deambular por ahí. —La voz comedida de Jack se expande por el limitado espacio de la capilla mientras se acerca a él. El segundo al mando de Blake, que se deja caer en uno de los bancos delanteros, estira las piernas y las cruza a la altura de los tobillos—. ¿No puedes dormir?

Blake emite un sonido evasivo y gira la cabeza.

Jack lleva las rastas recogidas hacia atrás, lo que deja a la vista un moratón atenuado en torno a uno de sus ojos.

Obra de Callum, sin duda. A Jack le tocó la tarea de mantenerlo al margen mientras Blake persuadía a James, el rey de los lobos, de que le pidiera matrimonio a Aurora.

Tiene la camisa arremangada, por lo que Blake ve los tatuajes que le envuelven los antebrazos. Sabe bien lo que esconde esa tinta.

—Ella estaba en mi sueño.

Jack suelta una tenue risa.

—No deberías haberlo hecho, ¿sabes?

Blake suspira.

—Probablemente no.

Jack se pasa una mano por la boca.

—Nos llegan informes de que los Acólitos del Dios de la Noche se están reuniendo. Rumores de que el príncipe de la noche está formando un ejército en las Tierras del Norte, un ejército que comandar.

Blake hace una mueca.

—¿El príncipe de la noche? ¿Fenrir, tal vez?

—Aún está en las Tierras Nevadas. Lo último que me llegó fue que mató a un alfa y se casó con su mujer. Ingrid, creo que se llamaba.

—Pues será Alex.

—Es probable. Enviaré a alguien a que vigile la Fortaleza Gris. Podría ponernos las cosas difíciles.

El hilo de luz cedido a Blake por parte de Aurora se enrolla en torno a su alma y late en su interior. Se remueve un poco sobre la piedra, estirando una pierna y arqueando un tanto la espalda.

Jack frunce el ceño.

—¿Qué te pasa?

—La siento.

Jack inspira por la nariz y se ríe por lo bajo.

—Por suerte para ti, no es una mestiza de lobo que esté a punto de sufrir la transición… Ah, espera…

—Que te den, Jack.

—Recuerdo la primera vez que me mordieron. Me quedé en cama una semana.

—Pasándotelo bien con tu mano derecha, ¿no?

Jack suelta una carcajada al tiempo que se pone de pie.

—Y con la izquierda. —Camina hacia Blake y le da una palmada en el hombro. Una sombra de preocupación le cruza el rostro—. Aprende a bloquearlo o te volverás loco.

Blake ahoga un gruñido y Jack se aleja hacia la puerta abierta de la capilla.

—Descansa un poco —le dice antes de salir y que la puerta se cierre a sus espaldas, dejando a Blake al amparo de la oscuridad.

Este se frota la cara con ambas manos. Se imagina una jaula alrededor de su alma, de manera que el hilo luminoso de Aurora no llega hasta las partes más vulnerables. Por fin, las malas sensaciones se atenúan, aunque todavía tiene la sangre más caliente de lo habitual.

Con una exhalación, se queda mirando el grabado en la piedra que hay sobre su cabeza: la llave con las dos lunas crecientes. El símbolo de la prisión de Noche.

El viento de las Tierras del Norte se cuela por el techo derruido, con lo que agita y expande el olor a sangre vieja.

Se pregunta cuántas personas fueron sacrificadas en ese mismo altar.

Se sabe que el antiguo alfa de Lowfell veneraba en secreto al Dios de la Noche.

El muy idiota creyó que podría entregarle sangre inocente a cambio de poder.

Pero Noche no quiere sangre: quiere almas.

Aunque lo que más ansía es la llave de su prisión para así escapar y desatar su violencia en el mundo.

Quiere el Corazón de la Luna.

Le ofrecería un poder inimaginable a cualquiera que se lo entregara.