Capítulo 121
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(Lily)
No lo solté cuando llegamos a casa.
Se agachó para ayudarme a quitarme el abrigo, lo colgó en el gancho junto a la puerta, y yo me quedé allí plantada y volví a abrazarlo en cuanto se enderezó.
—Lily —su voz era suave—. ¿Qué necesitas?
—Nada —mi voz aún sonaba ronca, como si me hubieran exprimido—. Solo quiero abrazarte un momento.
No se apartó. Acomodó los brazos a mi alrededor y me dejó quedarme allí.
Tenía la cara hundida en su pecho, y solo podía pensar en lo que Nathan me había contado.
Archer orquestando aquel primer encuentro.
Archer al borde de una decisión —Europa o quedarse, hablar o guardar silencio— y eligiendo el silencio.
Viéndome marchar con Blake. Volviendo y conduciendo directo a aquel campamento.
Todo.
Cada fragmento de aquello pesaba en medio de mi pecho como una carga que no sabía que llevaba. Quería volver atrás y encontrar a la versión de él que había guardado todo eso bajo llave durante tanto tiempo, y simplemente abrazarlo.
Estaba tan agradecida de que no nos hubiéramos perdido. Tan agradecida.
Al final nos movimos a la sala de estar. Archer se sentó en el sofá y me llevó con él, acomodándome de lado sobre su regazo como si fuera lo más natural del mundo. Lo miré. Tenía esa sonrisa serena en el rostro, la que le llegaba a los ojos.
—Bien —dijo—. Dijiste que solo querías abrazarme. ¿Es eso realmente todo lo que quieres?
Parpadeé.
—Un beso —dije, completamente seria.
Se rio, una risa baja y sorprendida, y me incliné a besarlo antes de que pudiera decir nada más.
Fui despacio. No tenía prisa. Solo quería sentirlo cerca, respirarlo, y él me dejó llevar, con las manos descansando tranquilas en mi cintura.
Pero entonces su mano subió a mi pelo y tomó el control del ritmo, su otro brazo se apretó en torno a mi cintura, el aire entre nosotros se calentó, el beso se hizo más profundo y agarré un puñado de su camisa.
Se apartó lo justo para decir mi nombre, con la voz ronca y grave.
Le respondí. Solo un sonido suave contra sus labios.
Exhaló. Luego se puso de pie conmigo en brazos, levantándome del sofá de un tirón, y me llevó arriba. En la puerta del baño me dejó en el suelo y mantuvo las manos en mi cintura un momento.
—Tienes trabajo mañana —dijo—. Ve a ducharte.
No entré.
Me di la vuelta y lo abracé de nuevo.
Hundí la cara en su pecho. Hubo una pausa, y entonces lo sentí: una vibración baja contra mi mejilla. Levanté la vista.
Estaba sonriendo. Sin intentar ocultarlo siquiera. Simplemente estaba allí de pie, con una expresión de felicidad genuina y serena.
—¿De qué te ríes? —pregunté.
—De nada —levantó la mano y me colocó un mechón de pelo detrás de la oreja, rozándome la mejilla con el pulgar—. Solo me gusta esto. Que seas así conmigo —sostuvo mi mirada—. Me gusta mucho.
—Bien —dije—. Entonces seré así todos los días.
—Señora Hartley, si sigues así vas a malcriarme por completo.
—Bien —dije—. Quiero hacerlo.
Ninguno de los dos se movió. Él mantuvo los brazos a mi alrededor y yo los míos alrededor de él, y nos quedamos allí en el pasillo. Me dio palmaditas suaves en la espalda.
—Ducha —dijo.
No me moví.
Él tampoco me soltó.
Pasaron unos minutos más. Luego inclinó la cabeza y habló en voz baja junto a mi oído:
—¿Quieres que nos duchemos juntos?
Me aparté y lo miré. Su expresión era cautelosa, un poco demasiado casual, y por un segundo pensé: sí, vale, eso suena bien, solo él ahí, los dos...
—Te lavaré el pelo primero —dijo—. Luego me encargaré del resto. Solo tienes que quedarte ahí de pie.
Lo miré fijamente.
El calor me subió a la cara tan rápido que lo sentí hasta en las orejas.
—Mejor nos duchamos por separado —dije, con toda la calma del mundo, y me di la vuelta y cerré la puerta del baño.
Su risa atravesó la puerta, cálida y demasiado satisfecha de sí misma.
Me quedé al otro lado y me llevé las manos a las mejillas.
Para no hacerme esperar, Archer llevó su ropa al baño de invitados. Lo oí alejarse por el pasillo.
Me tomé mi tiempo. Para cuando salí en pijama, con el pelo todavía húmedo y la cara caliente por el agua, él ya estaba en la cama. Se había girado de lado y miraba hacia la puerta. Cuando entré, dio palmaditas al espacio junto a él y extendió el brazo.
—Terminé primero a propósito —dijo—. Para que me vieras en cuanto salieras.
Crucé la habitación y me metí en la cama junto a él sin dudar.
La habitación estaba en silencio. Estaba acurrucada contra su costado, con la cabeza en su hombro, y me quedé mirando el techo un buen rato.
—¿Te contó Nathan... —empecé, y me detuve—. Sobre la grabación. La grabación de Blake.
—Sí.
—¿Ya no existe?
—La borré la misma noche que Blake y tú rompisteis —su voz era neutra—. Esa grabación existía porque estabas sufriendo. Una vez que dejaste de sufrir, no había razón para conservarla.
No dije nada por un momento.
—No me di cuenta hasta después de que te fuiste de viaje —dije—. Las cebollas. Cuando estabas cerca, mi almuerzo nunca llevaba cebollas. Y luego te marchaste y volvieron, y yo... nunca até cabos.
Hice una pausa.
—Y las flores. Los tentempiés. Me dijiste que Blake te había pedido que los trajeras.
—Lo sé.
—Te creí.
Mi voz se apagó.
—Él nunca mencionó nada de eso. Pensé que simplemente no sabía demostrarlo. Nunca lo puse en duda.
Guardé silencio un segundo.
—Si hubieras dicho algo, aunque fuera una sola vez, ¿crees que habríamos llegado aquí antes?
Extendió la mano y apoyó la palma suavemente en mi mejilla.
—No llores —dijo—. Venga. Pasara lo que pasara entonces, al final acabamos aquí.
—Archer...
—Estamos casados —dijo—. Estamos en la misma cama ahora mismo. Piensa en eso.
Se le notaba la sonrisa en la voz.
Me arrancó una risa. Una de verdad.
Me miró, y su expresión era seria, de esa forma que ponía cuando algo le importaba de verdad.
—Haberte conocido —dijo—. Tenerte... he tenido suerte suficiente para toda una vida.
Deslizó el pulgar por mi mejilla.
—No estés triste por eso. Deberías alegrarte por mí.
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