Capítulo 118
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(Punto de vista de Lily)
Las palabras de Nathan me golpearon y ahí se quedaron.
—En la universidad —había dicho—. Durante años.
Dejé el teléfono sobre la mesa de la cafetería. El ruido a nuestro alrededor —bandejas chocando, gente hablando, alguien riendo demasiado fuerte al otro lado de la sala— se volvió distante.
Mi mente se fue a otro lugar por completo.
Primer año.
Aquel verano antes de la universidad, había trabajado todos los turnos de fin de semana que pude conseguir —de camarera, principalmente, más dos semanas en un supermercado— y para agosto tenía suficiente ahorrado para comprarme una cámara.
Una réflex digital básica, de las de iniciación, nada del otro mundo.
Pero era mía, y la llevaba a todas partes.
Aquello lo cambió todo. Mi compañera de habitación, Tessa, empezó a acompañarme en mis paseos solo para salir en las fotos. Descubrí rincones del campus en los que nunca me había fijado. Y encontré a los gatos.
Había al menos una docena de callejeros viviendo en el campus, y se convirtieron en mis modelos favoritos.
El viejo roble frente a las residencias.
Las sombras alargadas en el borde de la pista de atletismo por las tardes.
Y los gatos: cada postura, cada expresión, cada vez que uno de ellos parpadeaba lento y satisfecho en un charco de sol.
Fue la mejor parte de ese año.
Una tarde a finales de otoño. Los arces se habían teñido de rojo, y el camino detrás de la biblioteca estaba cubierto de hojas caídas. Crujían bajo mis zapatillas mientras caminaba.
Había traído una bolsita de comida para gatos y una botella de agua.
Encontré al atigrado naranja justo donde esperaba: cerca de los escalones de piedra, aguardando como si supiera que iba a venir.
Me agaché y le eché un poco de comida, y él fue directo a por ella, deteniéndose de vez en cuando para mirarme y soltar un maullido, como asegurándose de que seguía ahí.
Un poco más arriba en los escalones estaba la otra. Blanca y negra, una hembra con una expresión que dejaba claro que no necesitaba nada de nadie. Nunca se acercaba a mí. Siempre tenía que llevarle yo la comida. Había empezado a llamarla Reina, aunque solo para mis adentros.
Estaba observando a Reina ignorarme desde lejos cuando capté movimiento con el rabillo del ojo.
Un chico bajó por el camino.
Camiseta blanca, pantalones oscuros, nada especial en la ropa. Pero era alto y se movía como si no tuviera ninguna prisa. Llevaba una bolsa de comida para gatos y una botella de agua.
Fue directo hacia Reina, se agachó a su lado, sacó un cuenco plegable de la bolsa y echó la comida dentro. Lo puso delante de ella sin decir palabra.
Reina lo olfateó. Luego empezó a comer.
Me quedé mirándolo.
La luz de la tarde entraba sesgada e iluminaba un lado de su rostro. Él simplemente se quedó ahí, tranquilo, viendo comer a la gata.
El atigrado naranja me dio un cabezazo fuerte en la rodilla y soltó un maullido agudo y quejumbroso.
Di un respingo y volví en mí, bajé la mirada y me di cuenta de que había dejado de prestarle atención por completo. Le murmuré una disculpa rápida al gato y volví a llenarle el cuenco, pero se me habían puesto las orejas coloradas.
(Punto de vista del autor)
Ese chico era Archer.
Él se había fijado en Lily antes de esa tarde.
Semanas antes. La había visto en el aula magna, en el comedor, en el pequeño puesto de comida cerca del patio este.
Cada vez que ella aparecía en algún lugar, él la veía antes que a nadie más.
Y entonces el latido de su corazón se volvía más fuerte que todo lo que había a su alrededor.
No sabía qué hacer con eso, así que fue a ver a Gavin.
Gavin era el único en su habitación de la residencia que había salido con alguien de verdad, lo que lo convertía en la única persona indicada a quien consultar.
Archer se lo explicó sin rodeos. Le dijo a Gavin que cuando no la veía, pensaba en ella.
Cuando sí la veía, seguía pensando en ella.
Que quería hablar con ella pero no conseguía averiguar qué decir.
Que el corazón se le aceleraba cada vez que la veía o la recordaba.
Que cuando ella se alejaba, sentía un vacío en el pecho que no podía explicar. Que había soñado con ella dos veces.
Gavin lo escuchó todo con expresión muy seria, luego le puso una mano en el hombro y le dijo: así es como se siente cuando te gusta alguien.
Luego Gavin le dio sus consejos. Ve despacio. Encuentra una razón natural para hablar con ella. Dale algo para que te recuerde. Deja que las cosas fluyan, y cuando llegue el momento, díselo.
Así que Archer había preparado una bolsa de comida para gatos y un cuenco plegable, y había bajado hasta el camino detrás de la biblioteca.
(Punto de vista de Lily)
Tessa me encontró unos veinte minutos después. La oí antes de verla: vino corriendo por el camino, llamándome, con sus zapatillas crujiendo entre las hojas.
Se detuvo en seco en cuanto vio al atigrado.
—Dios mío, qué gordo está —se agachó de inmediato y alargó la mano hacia él—. ¿Puedo cogerlo? ¿Es simpático?
—Es simpático —dije—. Pero no va a dejarte cogerlo.
Lo intentó de todos modos. Él lo toleró durante unos cuatro segundos, luego se alejó con dignidad.
—Haznos una foto —dijo.
Saqué la cámara y le hice una. Tessa se acercó a mirar la pantalla, asintió satisfecha y se levantó.
—Vale, me tengo que ir. He quedado con gente a las cuatro —ya estaba retrocediendo—. Mándame un mensaje luego.
Saludó con la mano y se fue corriendo por el camino.
La vi alejarse, luego me volví hacia los gatos y empecé a hacer algunas fotos más: el atigrado bostezando, Reina sentada completamente inmóvil con la cola enrollada alrededor de las patas.
—Hola. Perdona que te moleste.
Me levanté.
Era él. El chico de antes. Estaba más cerca ahora, y era más alto de lo que me había parecido desde lejos. Tenía los ojos de un gris profundo, y su expresión era serena de un modo que, a la vez, resultaba cálido.
No lo sabía entonces, pero Nathan me contó años después que a Archer le sudaban las manos y el corazón le latía tan deprisa que pensó que podría ser un problema de verdad. Su rostro no dejaba ver nada.
Miró la cámara que llevaba en las manos.
—¿Te importaría hacerme una foto?
Nunca me había pedido eso un desconocido. Dudé exactamente un segundo.
—Claro —dije.
Supuse que quería una foto del paisaje: los arces rojos, el camino, algo así. Le pregunté dónde quería ponerse.
Señaló al gato anaranjado, que se había tumbado de lado y le daba manotazos perezosos a mi botella de agua.
—Con él, si no te importa.
Asentí. Se acercó y se agachó junto al gato. Retrocedí unos pasos, me agaché también, levanté la cámara y ajusté el ángulo.
Los dos estaban quietos. El gato no se alejó. Era un buen encuadre, pero algo no terminaba de cuadrar.
—¿Puedes acariciarlo? —dije—. Quedará mejor.
Giró la cabeza y me miró. Su expresión cambió, solo ligeramente, solo en las comisuras de los ojos, y sonrió. Era una sonrisa pequeña, tranquila y sincera.
Puso la mano sobre el costado del gato y lo acarició lentamente por el lomo. El gato soltó un ronroneo profundo y satisfecho.
Una ráfaga de viento atravesó el camino. Las ramas de los arces se agitaron y una cascada de hojas rojas se desprendió y cayó entre nosotros, descendiendo lentamente en espiral.
Presioné el obturador sin pensar.
En el encuadre: su mano posada sobre el gato, firme y delicada. Su rostro vuelto hacia el objetivo, la leve sonrisa aún presente, algo natural y auténtico en su expresión. Hojas rojas que caían a su alrededor, las doradas cubriendo ya el suelo bajo él.
Mantuve la cámara en alto y miré la imagen en la pantalla.
Quería quedarme con esta.
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