El primer día de trabajo, me casé con el CEO Capítulo 101
80%

Capítulo 101

— ◆ —

(Punto de vista de Lily)

A Archer se le tensó la mandíbula y un destello de incomodidad le cruzó el rostro.

—En realidad, todavía me duele un poco el tobillo —dijo—. Andar me va a costar. Creo que necesito quedarme sentado un rato más.

Lo miré. Luego miré sus pies. Y luego a él otra vez.

—Acabas de caminar hasta la puerta perfectamente.

—Va y viene.

—Los esguinces no funcionan así.

—Lily.

—Las lesiones de tobillo no van y vienen en treinta segundos, Archer.

No respondió. Se quedó allí en el umbral con la mano todavía en el marco, mirándome con esa expresión paciente e imperturbable que ponía siempre que esperaba a que dejara de discutir.

Me rendí.

—Bien. Siéntate. Yo traeré el agua.

—Puedo...

—Siéntate.

Se sentó. Fui a la mesita junto a la ventana, llené el vaso y se lo llevé. Lo cogió sin darle importancia.

—Apúntalo como un favor que te debo —dijo—. Te lo devolveré. Todo.

—No tienes que hacer eso.

—Quiero hacerlo.

Volví a sentarme y lo observé un momento. Había algo distinto en él esa noche, no malo, solo más callado de lo habitual, como si estuviera guardándose algo.

—¿Qué quieres hacer? —pregunté—. Podemos bajar si quieres.

—Veamos algo.

Se inclinó y extendió la mano. Miré su mano, luego a él, y le di el móvil. Estuvo un rato pasando pantallas, sin prisa, hasta que se decidió por algo.

Me incliné para ver la pantalla.

Un documental de naturaleza. Tres horas de duración. Imágenes aéreas de cadenas montañosas de todo el mundo.

—¿Este? —pregunté.

—Sí.

—No sabía que te gustaran estas cosas.

—Me aficioné hace poco —dijo—. Se me olvidó contártelo.

No insistí. Me acomodé en el sofá, encogí un poco las piernas y me recosté contra el reposabrazos mientras él dejaba el móvil en la mesa baja para que los dos pudiéramos verlo.

El documental empezó. Una voz profunda y pausada comenzó a describir el Himalaya mientras la cámara sobrevolaba crestas y campos de nieve. Era realmente precioso. Tranquilo. De esas cosas que te vacían la mente sin pedirte nada a cambio.

Estuve mirando un rato. El narrador seguía hablando. Las montañas seguían apareciendo: las Rocosas, los Alpes, los Andes. Todo filmado desde arriba, lento, inmenso, silencioso.

Se me empezaron a cerrar los ojos.

Parpadeé. Me concentré. La cámara estaba ahora sobre la Patagonia, todo roca gris y viento.

Volví a parpadear.

La voz del narrador bajó, o eso me pareció. Notaba la cabeza como llena de algodón. Intenté mantener los ojos abiertos, viendo la luz cambiar sobre algún pico sin nombre, y entonces...

Tres golpes secos sonaron en la puerta.

Me incorporé de golpe.

—Perdona que moleste —dijo una voz de hombre, desenfadada—. ¿Te importa si paso un momento?

Parpadeé para espabilarme y miré hacia la puerta, luego me volví hacia Archer.

Ya me estaba mirando. Sus ojos grises estaban oscuros, inmóviles, y su expresión era indescifrable. No dijo nada.

—Tu tobillo —dije—. Ya abro yo.

Me levanté y crucé la habitación. Detrás de mí, nada: ni un sonido, ni un movimiento. Sentía su mirada clavada en mi espalda.

Volvieron a llamar, más fuerte esta vez.

—Oye, ¿puedes abrir? Solo necesito un minuto.

Llegué a la puerta y puse la mano en el picaporte. Entonces recordé: él había echado la llave. Bajé la mano, buscando el pestillo a tientas.

Algo se cerró en torno a mi muñeca.

Di un respingo y retrocedí; mis hombros chocaron contra la puerta. Archer estaba justo detrás de mí. Se había movido sin hacer ruido, y ahora estaba tan cerca que tuve que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo.

Su rostro era otro. La calidez despreocupada que solía mostrar había desaparecido. Tenía la mandíbula apretada, los ojos grises fríos y duros, y la ira bullía detrás de ellos, contenida a pura fuerza de voluntad.

—Archer —dije en voz baja—. ¿Qué pasa?

No respondió. Me rodeó con los dos brazos y me atrajo hacia él con fuerza. Sus brazos se cerraron en torno a mis hombros y se aferró a mí como si intentara evitar que algo ocurriera, apoyando la barbilla sobre mi cabeza.

Entonces sentí su boca junto a mi oído.

—No salgas ahí fuera.

Su voz era ronca. No alta, pero ronca.

—¿A dónde voy a ir? —pregunté, confundida—. Solo estoy abriendo la puerta...

Su mano subió y me presionó la nuca hacia delante, hundiendo mi cara contra su pecho. El otro brazo se tensó.

—Esta noche no te vas a ninguna parte —dijo—. Ninguno de los dos.

—Archer, hay alguien en la puerta.

—Que llame.

No sabía quién estaba ahí fuera. No sabía qué había entre ellos. Pero si él no quería ver a quienquiera que fuese, no iba a obligarlo. Allá él.

Aunque se me acababa de ocurrir un problema muy práctico.

—Si no nos vamos —dije con la voz ahogada contra su chaqueta—, ¿dónde vamos a dormir exactamente? ¿En el sofá? ¿En el suelo?

Se quedó callado un segundo.

—No me refería a toda la noche —dijo—. Hablaba de ahora mismo. Solo... todavía no.

Empecé a decir algo.

Se movió antes de que pudiera pronunciar palabra. Su mano se deslizó hasta mi nuca, hundiendo los dedos en mi pelo, y me alzó el rostro y me besó.

No como solía besarme. Esto era diferente: rápido, intenso, apremiante, como si hubiera dejado de preguntarse si era buena idea. Su otra mano encontró mi muñeca y la presionó contra la puerta, y luego sus dedos se deslizaron entre los míos, entrelazando nuestras manos.

No podía pensar. Su respiración entrecortada me rozaba el rostro mientras me besaba la mandíbula y bajaba hasta el cuello, y ya no recordaba qué había estado a punto de decir.

Entonces, desde el otro lado de la puerta, una voz pronunció mi nombre.

—Lily.

Clara. Deliberada.

—Sé que estás ahí dentro. Abre la puerta. Necesito hablar contigo.

Me quedé completamente inmóvil.

Conocía esa voz.

Alcé la vista hacia Archer con los ojos muy abiertos.

Blake.

Mi cabeza era un torbellino. ¿Cómo sabía que estaba aquí? ¿Cómo había encontrado siquiera esta habitación?

Archer se apartó despacio, dándome espacio para respirar, pero no me soltó la mano. Sus dedos siguieron entrelazados con los míos. Me miró, y cuando habló su voz sonó grave y serena, aunque más como una advertencia que como una pregunta.

—Señora Hartley —dijo—. Concéntrese.

❦ ❦ ❦