El primer día de trabajo, me casé con el CEO Capítulo 102
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Capítulo 102

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(Lily)

—Señora Hartley —repitió Archer, en tono bajo y pausado, como si quisiera dejar algo claro.

Antes de que pudiera decir nada, volvió a besarme.

Había estado a punto de decirle que me había mordido la lengua. La queja se me quedó atascada en la garganta. Este beso era diferente al anterior: más intenso, más ardiente. Me presionó contra la puerta hasta que no tuve adónde ir. Mis manos buscaron su camisa y se aferraron a ella.

La voz de Blake volvió a oírse a través de la puerta.

—Lily. Vamos. Sé que estás ahí.

Archer me besó como si no lo oyera. O tal vez como si lo oyera perfectamente y le diera igual. Su mano bajó hasta mi cintura, sus dedos trazando círculos lentos y deliberados, y dejé de pensar.

El corazón me latía con fuerza contra las costillas. Tenía los nudillos blancos de aferrarme a su camisa. No sé cuánto tiempo pasó —la voz de Blake seguía llegando en oleadas, confusa e insistente, repitiendo mi nombre una y otra vez— y entonces Archer se apartó.

No se alejó. Se quedó ahí mismo, con el cuerpo pegado al mío, una mano todavía en mi cintura, y me miró. Me ardía la cara. Lo notaba.

—Estamos casados —dijo en voz baja. Su tono era firme, pero había algo afilado debajo—. No vas a ir a ninguna parte.

Parpadeé, mirándolo. Todavía me daba vueltas la cabeza.

—¿De qué hablas? —pregunté—. ¿Ir adónde?

Inclinó ligeramente la cabeza hacia la puerta.

Lo miré fijamente. Y entonces caí en la cuenta.

Pensaba... realmente pensaba que iba a abrir esa puerta e irme con Blake.

Casi me eché a reír. Se me escapó una risa breve, entrecortada, y negué con la cabeza.

—Archer. ¿Por qué iba a irme con él?

Me miró. Solo me miró, sin decir nada, y por primera vez en toda la noche su expresión se resquebrajó, dejando ver una confusión desnuda, vulnerable.

Nos quedamos ahí en silencio, cara a cara, y de pronto todo encajó.

Todo. El tobillo fingido. El documental de tres horas. Cómo me había alejado de la puerta. Cómo me había rodeado con los brazos, como si temiera que fuera a desaparecer.

Todo había sido por Blake.

Pensaba que lo iba a dejar.

Entonces el ruido de fuera se hizo más fuerte.

La voz de Blake se elevó, pastosa y torpe por el alcohol.

Se agarraba al marco de la puerta mientras le decía a algún pobre camarero que sabía que la había cagado, que solo necesitaba un minuto, solo necesitaba decírselo a la cara.

El camarero sonaba como si quisiera estar en cualquier otro lugar del mundo.

Entonces llegó una voz por el auricular que Archer aún llevaba puesto —casi me había olvidado de él—. Julian. Seca y cortante.

—Que alguien lo saque de aquí. Está molestando a mis clientes.

Una pausa. Pasos. Más voces, más bajas, y luego un arrastrar de pies y las protestas de Blake, que se alejaban por el pasillo.

Y luego nada. El pasillo quedó en silencio.

Archer seguía observándome.

—De verdad no ibas a salir —dijo. Sonó como una afirmación, no como una pregunta.

—No —dije—. ¿Por qué iba a hacerlo? Blake no me gusta.

Abrió la boca. La cerró. Sus hombros se relajaron —una liberación lenta y visible de la tensión que probablemente llevaba horas acumulando—. El brazo que me rodeaba se aflojó. Soltó un suspiro largo y silencioso, y la comisura de su boca se curvó.

Lo miré un momento.

Y entonces lo dije.

—Me gustas, Archer.

Se quedó inmóvil.

—La persona que me gusta eres tú.

Me miró fijamente. Se había quedado completamente quieto.

—Te gusto... —se detuvo—. ¿Yo?

—¿No te habías dado cuenta? —pregunté.

No respondió. Solo me miró con esa misma expresión vacía y perdida, y sentí una pequeña punzada en el pecho.

Pensé en aquella tarde que fui a recogerlo del trabajo después de un día largo.

En los diez minutos que pasé frente a la floristería intentando decidir qué arreglo le gustaría.

En reservar el restaurante con semanas de antelación porque quería que todo saliera perfecto.

En cómo se me aceleraba el pulso cada vez que entraba en una habitación.

Había creído que estaba siendo sutil.

—Fui a recogerte del trabajo —dije—. Te llevé flores. Organicé toda la cena. Cada vez que te veo, yo... —me detuve—. Creía que era obvio.

Seguía sin moverse.

—Archer.

Nada.

Se inclinó despacio y me rozó con los labios un lado de la cabeza, justo encima de la oreja. Cuando habló, su voz se había vuelto suave.

—Dilo otra vez.

No dudé.

—Me gustas —dije—. Me gustas mucho, Archer.

Se apartó. Me tomó la cara con ambas manos y la inclinó hacia él. Me miró como si intentara confirmar algo —como si necesitara asegurarse de que yo era real, de que de verdad estaba ahí delante de él, diciéndole esto.

—¿Qué pasa? —pregunté, sonriendo un poco—. ¿Te parece un sueño?

Asintió. Despacio, con franqueza.

—Más irreal que un sueño —dijo.

Lo miré un instante. Luego respiré hondo, me puse de puntillas y me incliné hacia él.

Estaba nerviosa. Calculé mal, y él bajó la cabeza instintivamente en el mismo momento, así que mis labios fueron a parar a la comisura de su boca en lugar de donde quería.

No me aparté enseguida. Me quedé allí un momento, con los labios en el borde de los suyos, y luego di un paso atrás y lo miré.

—Eso no es un sueño —dije—. Me gustas. Solo tú.

No dijo nada. Solo me miró, y sus ojos se habían dulcificado de una forma que nunca le había visto.

Nos marchamos un rato después. Era ya muy tarde, y el bar se había quedado en silencio a nuestro alrededor.

Archer conducía. Me senté en el asiento del copiloto con el hombro apoyado en la ventanilla, el cristal frío contra el vestido.

Había bajado un poco la ventanilla y el aire de la noche entraba por la rendija, acariciándome la cara.

Todavía tenía calor. Lo notaba en las mejillas.

Archer tenía las dos manos en el volante y los ojos en la carretera. La luz de las farolas atravesaba el parabrisas una tras otra, iluminándole el perfil en breves destellos.

Estaba sonriendo.

No era una sonrisa completa. Solo la comisura de la boca, levantada de una forma que claramente no controlaba. Llevaba ahí desde que subimos al coche y no había desaparecido.

Se me encendieron más las mejillas.

El semáforo se puso en rojo. El coche fue frenando hasta detenerse.

Lo miré. A esa sonrisa que ya ni siquiera intentaba ocultar.

Alargué la mano y le presioné la comisura de la boca con un dedo, empujándola hacia abajo.

—Deja de sonreír —dije, con voz neutra.

No lo hizo.

—¿Por qué? —preguntó, y en su voz se notaba todo: esa sonrisa, esa ligereza, todo se le escapaba por ella.

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