Capítulo 93
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(Lily)
Sophie cogió su café y se recostó en la silla.
—A ver, recapitulemos —dijo—. Aceptó las flores. Apareció en el restaurante. No se echó atrás, no se puso incómodo, no te soltó ningún discurso sobre mantener una relación profesional. ¿Qué más necesitas?
—No es tan sencillo.
—Pues sí que lo es.
—Sophie. —Dejé el vaso de agua en la mesa—. Ya estamos casados. Es demasiado educado para rechazarme a la cara. Ya sabes cómo es: nunca hace sentir mal a nadie. Podría pensar que estoy como una cabra y aun así aguantar toda la cena sin que se le notara.
Sophie abrió la boca y volvió a cerrarla.
—Piénsalo —dije—. Tiene mucha inteligencia emocional.
Es muy considerado con los demás. Si le confesara lo que siento y él no sintiera lo mismo, no me lo diría directamente.
Buscaría alguna forma delicada de esquivarlo.
Y yo me pasaría los próximos años, vete tú a saber cuántos, viviendo con él, desayunando frente a él cada mañana, sabiendo perfectamente lo que pasó.
Sophie se quedó callada un momento.
—Eso es... —Ladeó la cabeza—. La verdad es que tiene sentido.
—Ya lo sé.
—Odio que tenga sentido.
Me reí, pero la risa me salió forzada. Cogí el tenedor y me puse a remover la comida en el plato. Sentía un peso sordo en el pecho que no conseguía quitarme de encima.
—Entonces, ¿qué vas a hacer? —preguntó Sophie.
—No lo sé. De momento, nada.
Me miró como si quisiera decir algo más pero prefiriera callarse. Se lo agradecí.
Seguimos comiendo un rato. La comida estaba buena. El restaurante estaba lleno y había mucho ruido, lo cual ayudaba.
Entonces Sophie dejó el tenedor y dijo:
—¿Blake te ha estado molestando últimamente?
—No.
La respuesta me salió antes de pensarla. Entonces me paré. Había algo en cómo lo había preguntado, demasiado casual, demasiado estudiadamente despreocupada. La miré.
—Espera. ¿Ha ido a verte?
Sophie apartó la mirada. Alargó la mano y colocó bien el cuchillo sobre la mesa. Luego cogió la servilleta y la volvió a doblar.
—Sophie.
—Estoy mirando la carta.
—Ya has pedido.
Dejó la servilleta.
—Vale. Sí. Se pasó por aquí.
—¿Cuándo?
—Hace unas semanas. Quería saber dónde vivías. No le dije nada. —Lo soltó todo de golpe, como queriendo pasar página—. Y luego siguió insistiendo, pidiéndome que te pasara un mensaje o algo así, y le dije que se largara. Tal cual. Bueno, quizá con alguna palabra más fuerte.
La miré.
—No pasó nada —dijo—. Me las apañé.
—Sophie, no tendrías que habértelas apañado tú.
—Ya lo sé. Pero lo hice, y ya está. —Se encogió de hombros—. La próxima vez que aparezca, llamo a la policía. Delante de él.
—Eso funcionaría —dije—. A Blake le importa más su reputación que cualquier otra cosa. En cuanto se metiera la policía de por medio, desaparecería.
Sophie asintió, pero la sonrisa le titubeó un instante. Bajó la vista a la mesa, con los labios apretados en una línea fina y vacilante.
Luego levantó la mirada y dijo:
—Bueno, basta de hablar de él. Cuéntame lo del desastre en el trabajo de la semana pasada que mencionaste.
Y así, sin más, cambiamos de tema.
Pasamos toda la tarde paseando por el barrio.
Entramos en tres tiendas distintas, probamos muestras en una pastelería, nos sentamos en un banco frente a una librería durante cuarenta minutos charlando sin más.
Cuando el cielo empezó a teñirse de naranja, me dolían los pies y me había reído más que en semanas.
Sobre las nueve, saqué el móvil y le mandé mi ubicación a Archer.
Sophie me vio hacerlo.
—¿Qué haces?
—Le dije que le avisaría.
—¿Te lo pidió él?
—Dijo que si pasaban de las siete, vendría a recogerme. —Me guardé el móvil—. Iba muy en serio.
Sophie arqueó las cejas pero no dijo nada.
Habíamos parado en un sitio nuevo de bubble tea en la esquina. Ya iba por la mitad del mío, té con leche helado con perlas de tapioca y gelatina de coco, y el frío me estaba sentando de maravilla después de un día entero con el calor del verano.
Entonces un Bentley negro se detuvo junto a la acera.
Sophie se quedó paralizada a mi lado.
—¿Es...? —Se quedó mirando el coche—. ¿Es él?
—Sí.
Le dio un sorbo larguísimo a su bebida. Luego se volvió hacia mí y levantó el pulgar.
—Vale —dijo—. He visto tu piso de fondo en tus selfies y pensé, bueno, le va bien. Pero esto... —Señaló el coche con un gesto—. Lily. Venga ya.
—No lo hagas raro.
—No lo estoy haciendo raro, estoy disfrutando del momento.
Archer seguía hablando por teléfono dentro del coche. Podía verlo a través de la ventana, con el móvil pegado a la oreja.
Sophie me agarró del brazo y me apartó medio paso.
—Vale, en plan serio —susurró—. No habrás contratado a un modelo para que venga a recogerte y así yo deje de preocuparme por ti, ¿verdad?
—¿Qué? No.
—Porque lo entendería, en serio...
—Sophie, ese es mi marido.
Me soltó el brazo.
—Vale. De acuerdo. Entendido.
Archer colgó y salió del coche. Llevaba un traje oscuro, sin corbata, y tenía el mismo aspecto de siempre: tranquilo, impecable, como si nada en el mundo fuera particularmente urgente.
Acerqué a Sophie y los presenté. Le estrechó la mano y logró decir algo coherente, lo cual consideré una victoria.
Le tendí el segundo vaso que llevaba en la mano.
—Te he comprado uno.
Archer lo cogió. Una comisura de sus labios se curvó ligeramente.
—¿Me lo has comprado a mí?
—Supuse que acabarías apareciendo.
Giró el vaso en la mano, luego alargó el brazo y rozó el dorso de mi mano con la suya. Arqueó una ceja.
—Otra vez con la bebida fría —dijo.
—Es verano.
—Te comiste dos helados antes de salir.
Lo miré fijamente.
—¿Y tú cómo sabes eso?
—Estaba en la cocina. No me viste. —Lo dijo como si fuera lo más normal del mundo—. No quería asustarte.
—O sea que simplemente... ¿te quedaste mirándome comer helado en silencio?
—No quería interrumpirte.
No supe qué contestar a eso.
—No te estoy diciendo que no te lo tomes —dijo—. Pero ya van dos hoy. Sabes lo que pasa.
Se refería a los calambres. La última vez había sido tan fuerte que no pude levantarme de la cama, y después él me sentó y me explicó, con toda la paciencia del mundo y con pelos y señales, que saltarme comidas y olvidarme de la medicación lo empeoraba todo. Le había prometido tener más cuidado.
—Lo sé —dije—. Pero ya lo he comprado. Sería tirarlo.
Me miró. Le sostuve la mirada, intentando parecer razonable y no como si solo estuviera buscando excusas.
—Vale —dijo—. Termínatelo. Pero es el último de hoy.
—Trato hecho.
Le sonreí.
—Gracias.
Negó levemente con la cabeza, pero su mirada era tierna.
(Punto de vista del autor)
Sophie se quedó a un paso de distancia, inmóvil.
Miró a Archer. Me miró a mí. Volvió a mirar a Archer.
«¿Este es el que es demasiado educado para decir que no?», pensó. «Este hombre no está siendo educado. Este hombre está coladísimo».
Había leído suficientes novelas románticas para saber la diferencia. Había hecho suficientes comentarios mentales al margen de historias de amor de ficción como para reconocer lo que estaba viendo en ese momento.
Y lo que estaba viendo no era a un hombre dando largas con delicadeza.
Observó cómo los ojos de Archer seguían a Lily mientras esta se giraba para tirar el envoltorio vacío en una papelera cercana; la ternura de su expresión era tan vulnerable que casi dolía presenciarla.
«Lily Harper», pensó Sophie, «¿a qué demonios estás esperando? Acércate a él y bésalo hasta que ninguno de los dos pueda pensar con claridad».
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