El primer día de trabajo, me casé con el CEO Capítulo 78
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Capítulo 78

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(Punto de vista de Lily)

Fui al armario y saqué la bolsa de regalo que había escondido detrás de mi maleta la noche anterior.

—Toma. —Se la tendí a Archer.

Miró la bolsa. Luego a mí. Se quedó con el brazo a medio levantar, como si no estuviera seguro de si debía cogerla.

—¿Es... para mí?

—Sí.

Seguía sin cogerla.

—¿Por qué?

—¿Cómo que por qué? Cógela y ya.

Cogió la bolsa, pero su expresión seguía tensa. Le dio la vuelta entre las manos, y pude ver que le daba vueltas a algo.

—¿Es por lo de anoche? —dijo, bajando la voz—. ¿Porque vine?

—Archer...

—No tienes que hacer eso —dejó la bolsa sobre la mesa con cuidado, como si la estuviera apartando—. Ya te lo dije. No vine porque quisiera algo a cambio. No me debes nada. Necesito que de verdad te lo creas.

Lo miré un momento.

Luego sonreí.

Metí la mano en la bolsa y saqué la caja yo misma.

—Lo compré el primer día que llegué —dije—. Mis colegas y yo salimos después de la cena de bienvenida. Lo vi en un escaparate y pensé que iba contigo, así que lo compré.

Le tendí la caja.

—No tiene nada que ver con lo de anoche.

Se quedó inmóvil.

Lo vi mirar la caja, mirarla de verdad esta vez. La tapa tenía pintados unos girasoles en pleno esplendor amarillo, brillantes y erguidos. Cintas de colores envolvían los lados, rematadas con un gran lazo en lo alto.

—Lo compré antes de que aparecieras en mi puerta —dije—. Así que deja de darle tantas vueltas.

(Punto de vista del autor)

El cerebro de Archer se quedó en blanco durante un segundo entero.

Repasó lo que ella había dicho. Primer día. Escaparate. Antes de lo de anoche.

No lo había comprado por gratitud. Lo había elegido para él, por iniciativa propia, solo porque había pensado en él.

Cogió la caja.

—Gracias.

—Puedes abrirla —dijo ella—. Si quieres.

—¿Puedo abrirla ahora?

—Eso acabo de decir.

La miró. Tenía los ojos abiertos de un modo que ella rara vez veía en él: casi ansiosos.

Dejó la caja sobre la mesa y deshizo el lazo con cuidado, sin tirar demasiado. Las cintas cayeron. Levantó la tapa.

Dentro, sobre una cama de terciopelo oscuro, había un par de gemelos de plata.

Los marcos eran de plata mate cepillada.

Los engarces eran de un azul marino profundo, salpicados de diminutos puntos de luz que centelleaban con cada movimiento, como un fragmento de cielo nocturno capturado y sellado bajo cristal.

Archer no se movió.

Los contempló un largo momento sin decir nada.

(Punto de vista de Lily)

Le observé el rostro y sentí un nudo en el estómago. No reaccionaba. Solo estaba... inmóvil.

—¿No te gustan? —pregunté—. No pasa nada si no te gustan. No estaba segura del color, y sé que seguramente ya tienes cientos...

—Me encantan.

Lo dijo directo, sin rodeos, sin vacilar.

—Oh. —Solté el aire—. Bien. Perfecto.

Metió la mano en la caja, los miró un momento más y volvió a colocarlos con cuidado antes de cerrar la tapa. Después se inclinó sobre la mesa y empezó a recoger las cintas, que yo daba por descartadas.

Lo vi recoger cada trozo de cinta de la mesa.

—¿Qué haces?

—Volver a envolverla.

Enrolló las cintas alrededor de la caja y las ató formando un lazo. No quedó tan perfecto como el original, pero se tomó su tiempo.

—¿Estás volviendo a hacer el lazo?

—La camisa que llevo hoy no necesita gemelos —alisó la cinta con el pulgar—. Me los pondré cuando llegue a casa.

Me quedé mirándolo.

Recogió la caja y la dejó con cuidado a un lado, lejos del borde de la mesa.

No dije nada más. De todos modos, no habría sabido qué decir.

La reunión de esa tarde terminó antes de lo que ninguno esperábamos. El equipo de la otra empresa fue fácil de tratar, y para cuando cerramos los últimos puntos, todos en la sala estaban de buen humor. A las cuatro ya estábamos en el vuelo de vuelta.

Archer iba sentado unas filas detrás de mí. No me giré a mirar. Simplemente sabía que estaba ahí.

Dos horas después aterrizamos. Mis colegas se dispersaron en la salida de llegadas, despidiéndose, quedando para el informe del lunes. Esperé a que la mayoría se encaminara hacia la cola de taxis, luego le dije a Chloe que venían a recogerme y me fui por otro lado.

Archer ya estaba fuera. Evan había enviado un coche. El conductor esperaba de pie junto a él.

Subimos.

En cuanto se cerró la puerta, el calor desapareció. Fuera había sido brutal, pleno verano, ese tipo de tarde en que el asfalto reluce y los árboles cuelgan inertes, agotados. El trayecto desde la terminal hasta el coche había sido corto, pero ya tenía la frente empapada.

Archer abrió el pequeño frigorífico empotrado en la consola y me pasó una botella fría de agua con limón.

—Bébela despacio.

La cogí y me recosté en el asiento. Por la ventanilla, la ciudad empezó a resultarme familiar de nuevo: los pasos elevados, los escaparates, la manera en que la luz caía sobre los edificios en esta zona.

Noté cómo se me relajaban los hombros. Toda la semana había sido yo quien lo mantenía todo en pie, coordinando equipos, limando malentendidos, evitando que todo se fuera al traste.

No me había dado cuenta de lo tensa que había estado hasta ese momento, sentada tranquilamente en un coche con aire acondicionado, sin ningún sitio adonde tener que ir.

Había vuelto.

La ruta hacia el centro nos hizo pasar por mi antiguo barrio. Reconocí la calle antes de ser consciente de ello.

—Hace tiempo que no paso por aquí —dije, mirando por la ventanilla.

Archer guardó silencio un momento.

—¿Quieres que paremos? Ya estamos pasando por aquí.

Me lo pensé.

—Bueno, tampoco hay nada que necesite ver. El contrato de alquiler está a punto de acabar de todos modos. —Me encogí de hombros—. Pero ya que estamos aquí, podría...

Archer no respondió enseguida.

Lo miré de reojo y lo pillé mirando por su ventanilla, concentrado en algo de fuera.

—En realidad —dijo con voz tranquila—, vayamos a casa. Podemos volver otro día. Estoy un poco cansado.

Pensé en el vuelo nocturno que había cogido para venir a buscarme.

—Sí. Vale. Tienes razón, vámonos.

Me acomodé de nuevo.

Pero Archer no se acomodó. Seguía mirando por la ventanilla. Desde donde estaba sentada, solo le veía la línea de la mandíbula y la espalda. Me incliné un poco hacia delante, intentando ver qué miraba, pero su cuerpo me tapaba la vista por completo.

El coche atravesó el cruce y se incorporó a la carretera principal. Lo que fuera que había estado observando desapareció a nuestra espalda.

—¿Qué estabas mirando? —pregunté.

Se volvió y se enderezó. Tenía el rostro sereno.

—Había un perro junto a la carretera.

—¿Un perro? —Miré hacia atrás, aunque ya estábamos demasiado lejos—. ¿Era mono?

Hizo una pausa de apenas un instante.

—No —dijo, completamente serio—. Feo a más no poder.

Parpadeé, mirándolo.

—Feísimo —añadió, con la gravedad de quien informa de un accidente de tráfico—. Me ha molestado, la verdad.

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