Capítulo 77
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(Punto de vista de Lily)
Aflojé el paso.
Con casi una hora antes de tener que salir, no había razón para seguir moviéndome como si el edificio estuviera en llamas. Abrí el grifo a velocidad normal. Me eché el limpiador facial sin prisas. Dejé que el agua se calentara antes de meter las manos.
Archer estaba apoyado en el marco de la puerta, observándome.
Vi su reflejo en el espejo. Tenía esa expresión suya: mitad exasperado, mitad divertido.
—Lávate y ven a comer —dijo.
Me di la vuelta.
—¿Compraste el desayuno? ¿Cuándo has salido?
—Después de que te durmieras —se apartó del marco de la puerta—. Está en la bolsa térmica. Todavía caliente. Tómate tu tiempo.
Me quedé mirando el umbral vacío después de que se fuera.
Había bajado a comprar el desayuno mientras yo dormía. Lo había metido en una bolsa térmica para que no se enfriara. Y no había dicho nada.
Volví al espejo y terminé de lavarme la cara.
Lo de Archer era que se movía rápido. Todo lo que hacía era limpio y decisivo: sin dudas, sin arrastrar los pies.
En el trabajo yo era igual. No dejaba correos sin contestar, no retrasaba plazos, no dejaba las cosas a medias.
Pero en cuanto terminaba el trabajo, volvía a ser yo misma.
Le daba al botón de repetición tres veces cada mañana.
En invierno, salir de debajo de las mantas era un auténtico sacrificio.
Mi cuerpo tenía su propio ritmo y se negaba a que lo apresuraran.
Desde que habíamos empezado este viaje, la frase que Archer me decía con más frecuencia era alguna versión de «tranquila, ve más despacio».
Era de los que no podían quedarse quietos. Y nunca me había hecho sentir que necesitaba seguirle el ritmo. Ni un solo comentario sobre mis hábitos, ni una sola mirada impaciente. Parecía poca cosa. Pero había estado con suficientes personas como para saber que no lo era en absoluto.
Me sequé la cara y salí.
Ya lo había sacado todo. En la mesa había un tazón de avena caliente, una crema de champiñones, un cruasán de mantequilla y un bagel de salmón ahumado con queso crema. Me acercó la avena cuando me senté.
—Come esto primero. Está caliente.
La acerqué.
—Gracias —cogí la cuchara—. Mi estómago... en realidad está bien esta mañana. Como si hubiera desaparecido del todo. Normalmente me dura otro día entero.
Emitió un sonido suave. Se le movió la comisura de la boca.
—Bien.
Comimos sin hablar mucho. La avena todavía humeaba. La removí despacio, sin prisa.
—¿A qué hora entras? —pregunté.
—A las nueve, las diez. Cuando sea.
Asentí y seguí removiendo. Entonces se me ocurrió algo y levanté la vista.
—¿Evan no vino en este viaje?
—No.
Me quedé pensando. Evan estaba prácticamente pegado a Archer en todo momento. Nunca había visto a Archer en un evento de trabajo sin él cerca.
—¿Trajiste a alguien más? ¿Otro asistente, o un conductor?
Archer estaba cortando el bagel. No levantó la vista.
—No. Solo yo.
Se detuvo.
Lo vi quedarse inmóvil un segundo. Dejó el cuchillo.
—En realidad, hay otros... solo que se están quedando en otro hotel.
Lo miré.
Lo había dicho demasiado tarde. Y lo sabía.
—Así que anoche —dije despacio— viniste aquí solo. Porque me oíste decir que tenía cólicos.
No lo negó. No intentó corregir la historia. Solo me miró y dijo:
—Estaba preocupado por ti.
No dije nada.
Había conducido solo, en medio de la noche, hasta otro hotel, porque mencioné por teléfono que me dolía. Y luego se quedó. Se sentó conmigo durante horas.
—No tenías que hacer eso —dije. Me tembló la voz—. Podrías haberme llamado. Enviado un mensaje. Me las estaba apañando bien sola.
—Lo sé.
—Entonces por qué...
—Necesitaba ver con mis propios ojos que estabas bien —lo dijo sin más—. Eso es todo.
—Pero...
—No hay peros, Lily.
Pensé en él apareciendo en mi puerta. En cómo casi creí que estaba soñando. En cómo se quedó toda la noche, con la mano trazando círculos lentos en mi espalda, sin parar hasta que me dormí.
Se me empezaron a llenar los ojos de lágrimas.
—¿Por qué eres tan bueno conmigo? —se me quebró la voz en la última palabra.
(Punto de vista del autor)
Archer dejó el tenedor.
Alargó la mano por encima de la mesa y cogió la de ella. Lily lo miraba con los ojos ya enrojecidos, y él le sostuvo la mirada sin apartarla.
—Necesito que escuches esto —dijo—. Lo que hago por ti no es por lástima. No es un impulso. Es algo que elijo, cada vez, porque quiero.
Ella abrió la boca. Él continuó.
—Tú eres la razón. No una idea de ti, no lo que creo que deberías ser. Tú, tal cual eres —mantuvo la voz firme—. No tienes que sentir que me debes nada. No tienes que preguntarte si lo mereces. Lo mereces.
—Archer...
—Tienes cualidades que yo sencillamente no tengo —dijo—.
Tu manera de tratar a la gente. Tu paciencia cuando todo se tuerce.
Crees que vales menos de lo que vales. No es así —hizo una pausa—.
No quiero que me des las gracias. No quiero que busques cómo devolvérmelo.
Solo quiero que lo aceptes. Es lo único que te pido.
Lily lo miró fijamente.
Había aguantado hasta esa última parte. Las lágrimas llegaron antes de que pudiera detenerlas y le resbalaron por el rostro una a una.
Desde que estaba con Archer, había llorado más que en años. No de tristeza. De algo más parecido al alivio. Bastaba con que él la mirara de cierta forma, que dijera algo, y la deshacía por completo.
Archer se levantó. Cogió unos pañuelos de la caja que había en el borde de la mesa y rodeó la mesa hasta donde estaba ella. Se agachó frente a ella y le presionó los pañuelos suavemente contra el rostro.
—Oye. Deja de llorar.
—No estoy llorando —tenía la voz tomada.
Él soltó una risa queda. No discutió.
Le limpió el rostro con cuidado, luego se enderezó, le cogió la mano y la ayudó a levantarse.
—Vamos —dijo, guiándola hacia el baño—. Agua fría. Se te van a hinchar los ojos si entras así.
—Estoy bien.
—Agua fría, Lily.
Él se quedó en la puerta mientras ella abría el grifo y se presionaba un paño frío contra los ojos. No se movió hasta que terminó. Lily salió con el rostro húmedo y la nariz todavía un poco rosada.
Volvieron a la mesa.
Terminaron el desayuno sin darle más vueltas: la avena, el bagel, lo que quedaba del cruasán. La comida se había mantenido caliente. La habitación estaba en silencio.
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