Capítulo 73
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(Lily)
Después de cenar, Archer recogió la mesa. Apiló los recipientes vacíos, dobló las bolsas de papel y lo llevó todo a la basura de una sola vez.
Aproveché para acercarme al termostato.
—¿De verdad vas a encenderlo? —preguntó desde el otro lado de la habitación.
—Tengo calor —dije.
Mi mirada había vuelto a posarse en su camisa.
La mancha húmeda se había extendido más; la tela blanca se le pegaba al cuerpo, y la luz de la lámpara lo iluminaba desde un ángulo que empeoraba las cosas.
O las mejoraba, según cómo se mirase. El algodón mojado se le ceñía a los costados, y a través de él podía distinguir el contorno de su cintura, la leve definición de los músculos debajo.
Aparté la mirada.
—Está bien —dijo—. Pero no lo pongas muy bajo. Luego volverás a tener frío.
—Lo sé.
—Veinticuatro grados. Empieza por ahí.
—Vale.
Se apoyó en el borde de la mesa del comedor, con los brazos cruzados sin tensión, y me miró con una ceja ligeramente arqueada.
—¿Qué miras? —preguntó.
Su voz sonaba despreocupada. Pero había algo debajo, un matiz que hizo que el pulso se me acelerara.
—Nada —dije, demasiado rápido.
No dijo nada. La comisura de la boca se le curvó levemente.
—¿Ya tiraste todos los recipientes? —pregunté, desviando la mirada hacia la encimera a propósito—. Me pareció ver uno en la mesa.
—Los tiré todos.
—¿Seguro? Porque me pareció que...
—Lily. —Pronunció mi nombre en voz baja—. Ya no queda ninguno.
Asentí y seguí mirando la encimera.
—Voy a ducharme —dijo—. Espérame aquí.
La puerta del baño se cerró tras él con un chasquido.
Volví a sentarme en el sofá.
Pues claro que iba a esperar aquí. ¿Adónde iba a ir si no? No iba a seguirlo.
El pensamiento me asaltó antes de que pudiera evitarlo, y me incorporé de golpe.
Apoyé las manos sobre las rodillas y me quedé mirando la mesa de centro.
Llevaba así todo el día. Pequeños pensamientos, fugaces y absurdos, y en todos aparecía Archer de alguna forma. No sabía qué me pasaba. Llevaba horas así y tenía que parar.
Me quedé allí sentada, regañándome en silencio un buen rato.
El móvil vibró en el cojín, a mi lado.
La abuela.
Contesté enseguida.
—Lily. —Su voz sonaba cálida y familiar—. ¿Te ha venido la regla este mes?
Siempre se acordaba. Llevaba una libretita con las fechas apuntadas con su letra cuidadosa, y cada mes, sin falta, me llamaba unos días antes para recordarme que me lo tomara con calma, que bebiera mucho líquido y que descansara.
Siempre le decía que sí, que claro, que tendría cuidado. Y luego me saltaba una comida o me quedaba despierta hasta muy tarde pensando: solo esta vez, no pasará nada.
Nunca salía bien.
—Sí, me vino —le dije.
—¿Te duele?
—Ya no.
—No me mientas.
—No te miento. Antes fue horrible, pero me tomé algo y usé la manta eléctrica. Ya está mucho mejor. —Me llevé la mano al bajo vientre. El dolor agudo y asfixiante de la tarde había desaparecido. Lo que quedaba era un dolor sordo, llevadero—. En serio, abuela. Estoy bien.
Se quedó callada un momento. —¿Has comido?
—Sí. Una comida de verdad.
—Bien. —La oí suspirar—. Bien, entonces.
Una pausa. Luego su voz bajó un poco, cautelosa, medida.
—¿Qué tal van las cosas con Archer?
—Bien —dije.
—Solo quiero saber que estás bien. Es lo único que necesito.
Me moví en el sofá y noté el peso sobre los hombros. Tenía la rebeca encima, con los dos lados subidos hasta el cuello. No recordaba habérmela puesto.
Entonces lo recordé. Antes de entrar al baño, Archer la había cogido del reposabrazos y me la había echado sobre los hombros sin detenerse.
Había bajado la velocidad del ventilador del aire acondicionado, subido la temperatura a veinticuatro grados y me había dicho que no me quitara la rebeca porque no debía pasar frío con la regla.
Lo había dicho todo con el mismo tono que usaba para decirme que ya había tirado los recipientes.
Como si fuera simplemente algo que había que hacer.
—Es bueno conmigo —le dije—. No tienes que preocuparte.
Soltó una risita. —Todavía no estoy ciega. Veo cómo te trata. No tienes que defenderlo.
—No lo estoy defendiendo. Solo...
—Estás haciendo exactamente eso. —Se la oía satisfecha.
Pensé en la primera vez que lo conocí. El campamento en la cima de la colina, a altas horas de la noche. Me había puesto su chaqueta sobre los hombros sin decir una palabra. Me había cubierto las piernas con una manta. Sin darle importancia.
Siempre había sido así. Incluso en la universidad, antes de conocerlo de verdad, me había parecido alguien estable. Tranquilo sin ser frío. De esas personas que actúan sin más.
—Es buena persona —dije—. De verdad que es buena persona, abuela.
—Lo sé —dijo sin más—. ¿Está ahí contigo?
Miré hacia el baño. La puerta de cristal esmerilado estaba empañada por el vapor; el agua resbalaba por el interior del panel en finos regueros.
—Está aquí.
—¿Puedo hablar con él? Solo un minuto. Tengo algunas cosas que quiero decirle.
—Puede que tengas que esperar un poco. Está... —me detuve—. Está en el baño. Aseándose.
—Está bien. Sin prisa.
El agua dejó de correr.
La puerta de cristal esmerilado se abrió deslizándose.
Archer salió con una toalla enrollada a la cintura y nada más.
El agua le bajaba por el pecho y seguía la línea de sus abdominales, perdiéndose en el borde de la toalla. Sus hombros eran más anchos de lo que la camisa mojada había dejado entrever. Todo lo demás estaba tan marcado como había imaginado, y más.
Me quedé mirándolo.
Olvidé por completo que tenía el teléfono en la mano.
—¿Lily? —la voz de la abuela sonó por el altavoz.
Volví en mí de golpe.
—Perdón, abuela, ¿querías hablar con él? Acaba de salir.
—No hay prisa —dijo—. No tiene que ser hoy. Podemos...
Archer cruzó la habitación en un par de zancadas. No me quitó el teléfono. Se limitó a inclinarse, tan cerca que pude sentir el calor que irradiaba, y habló en dirección al teléfono que yo sostenía.
—Sra. Harper —su voz sonaba tranquila, pausada—. Buenas noches.
La respuesta de la abuela se oyó por el altavoz, cálida y complacida.
Mantuve la vista al frente. No lo miré.
Estaba bastante segura de que mi cara ya lo había dicho todo. Y por cómo se curvó la boca de Archer, apenas un poco en la comisura —esa sonrisa tranquila y satisfecha que casi nunca dejaba asomar—, él también lo sabía.
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