El primer día de trabajo, me casé con el CEO Capítulo 60
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Capítulo 60

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(Lily)

Era la voz de Vivian, colándose por la rendija de la puerta.

Me di media vuelta y me fui.

(Narrador)

Diana estaba sentada tras su escritorio, hojeando un documento. No alzó la vista enseguida. Cuando lo hizo, su voz sonó neutra.

—¿Tienes algún problema con eso?

Vivian se mordió el labio.

—Bueno... sí. Más o menos.

Diana dejó el documento sobre la mesa.

—Entonces, ¿por qué no dijiste nada en la reunión? Dejé claro que quien tuviera preguntas podía plantearlas en ese momento. Tú te quedaste callada.

Vivian bajó la mirada.

—No quería dejar en evidencia a Lily. Ni arruinar nuestra amistad.

Diana la miró fijamente.

—Amistad —repitió. La palabra le salió seca, como si la leyera de un letrero que no se creyera—. Tú y Lily.

Vivian asintió, muy seria.

Diana la observó un buen rato. Luego se reclinó un poco en la silla.

—Voy a preguntarte algo directamente. Lo que de verdad quieres saber es por qué elegí a Lily para este viaje y no a ti. ¿Me equivoco?

Vivian alzó la barbilla.

—Sí. La verdad es que no lo entiendo.

—Porque Lily es empleada fija —dijo Diana—. Tú no.

Se hizo el silencio.

Vivian abrió la boca y volvió a cerrarla.

Diana se levantó y se metió una mano en el bolsillo de la americana.

—La política de la empresa es clara. Los empleados en período de prueba no pueden recibir asignaciones fuera de la oficina. Y tú sigues en el tuyo.

Vivian se recompuso enseguida.

—Vale. Pero ¿por qué Lily en concreto? ¿Entre todos los empleados fijos?

Diana esbozó una leve sonrisa.

—Eso me corresponde decidirlo a mí como jefa de departamento. Ningún otro empleado fijo puso objeciones. Y no tengo por qué explicarte cómo evalúo a mi equipo.

No fue duro, pero el mensaje quedó claro: Vivian todavía no estaba en posición de cuestionar esas decisiones, y ambas lo sabían.

Vivian se puso colorada. Cerró los puños a los costados.

Se hizo un silencio.

Entonces respiró hondo y preguntó:

—¿Por qué soy yo la que cubre el trabajo de Lily mientras está fuera?

Diana rodeó el escritorio y la miró a los ojos.

—¿No quieres hacerlo?

Vivian titubeó. La respuesta sincera era que no, no quería. El proyecto de Lily estaba en su fase final. El trabajo de verdad —los entregables clave, lo que realmente importaba— ya estaba hecho. El otro equipo se había llevado todo el mérito. Y ahora a ella le tocaba recoger los platos.

—La verdad es que no —dijo Vivian.

Diana no se inmutó.

—Entonces termina de decir lo que quieres decir. No me hagas perder el tiempo.

Vivian se irguió.

—Si hago esto, si cubro el trabajo y ayudo a cerrar el proyecto, ¿tengo que devolvérselo todo a Lily cuando vuelva?

Diana la miró un momento.

—No —dijo—. Si lo haces bien, te quedas en el proyecto. Del resto me encargo yo.

A Vivian se le iluminó la cara.

—Gracias —dijo enseguida—. Lo haré bien. Te lo prometo.

Abrió la puerta y salió con paso ligero, sin poder disimular del todo la expresión de su cara.

La puerta se cerró tras ella.

(Lily)

Ya estaba a tres pasos por el pasillo.

No había sido mi intención escuchar nada de aquello. En cuanto reconocí la voz de Vivian a través de la puerta, me di media vuelta y me fui. Para mí, el asunto terminaba ahí.

Vivian quería competir. Allá ella. Lo mío era hacer mi trabajo, hacerlo bien y seguir adelante. Paso a paso.

Volví a mi escritorio y dejé el informe junto al teclado. Ya se lo llevaría a Diana más tarde.

En los días siguientes, la actitud de Vivian hacia mí cambió a algo que no sabía bien cómo definir.

Cada vez que nos cruzábamos en el pasillo o coincidíamos en la máquina de café, sonreía y me saludaba como si fuéramos amigas de toda la vida.

La sonrisa parecía cálida en la superficie.

Pero por debajo había un destello de satisfacción, como si ya supiera cómo iba a acabar todo esto.

No lograba entender qué pretendía. Así que hice lo de siempre: a veces le devolvía el saludo, a veces pasaba de largo como si no la hubiera visto.

A ella no parecía importarle. Si no le respondía, se daba la vuelta y saludaba a Chloe con la misma sonrisa de oreja a oreja.

Eso incomodaba visiblemente a Chloe. Las dos habían coincidido en el mismo grupo de proyecto, y según Chloe, habían chocado constantemente. Que Vivian se mostrara de pronto tan cálida y amigable le daba escalofríos.

Cada vez que aparecía Vivian, Chloe me pasaba el brazo por el hombro y nos llevaba en dirección contraria, sacando cualquier tema de conversación mientras nos alejábamos.

Una tarde se acercó a mi oído después de alejarnos de uno de esos encuentros.

—Oye, algo bueno te pasa últimamente —dijo—. Llevas unos días de buen humor de verdad. ¿Qué hay?

Lo pensé. —Cosas del trabajo, probablemente.

—Claro.

Bajó la voz.

—Me he enterado de que Vivian va a hacerse cargo de tu equipo de proyecto mientras estés fuera. Y mira, la conozco. No es de las que te guardan el sitio y te lo devuelven cuando vuelves. Para cuando regreses de Riverside, se habrá acomodado como si fuera suyo.

No dije nada.

Chloe me miró. —¿No te preocupa?

—La verdad es que no.

Negó con la cabeza lentamente, como si no supiera si admirarme o preocuparse.

La noche antes de partir, estaba en mi habitación haciendo la maleta. Archer estaba sentado en el borde de la cama, observándome doblar la ropa.

Miró la ropa que había dejado preparada y dijo: —Llévate un par de chaquetas más. Dicen que mañana va a llover en Riverside.

Alargó la mano hacia la mesita de noche, cogió un paraguas plegable y lo metió en una esquina de la maleta.

Me detuve. —Gracias.

No le quitó importancia como hacía a veces. Simplemente lo aceptó, con naturalidad, y se levantó de la cama.

Ya casi había llegado a la puerta del baño cuando se detuvo.

—Te preparo las cosas del baño —dijo—. Dime qué necesitas.

—El limpiador facial, el gel de baño, el protector solar, mi neceser de maquillaje.

Pensé un momento.

—Y los dos pintalabios que hay en la mesa.

—Entendido.

Se dio la vuelta y entró en el baño.

Me quedé allí, con un jersey doblado en las manos, y vi cómo su espalda desaparecía por la puerta.

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