El primer día de trabajo, me casé con el CEO Capítulo 43
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Capítulo 43

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(Punto de vista de Lily)

—Trabaja en el negocio de su familia —le dije a mi abuela—. Tecnología, creo. La verdad es que no conozco todos los detalles. Ahora somos familia, así que ya iré enterándome con el tiempo.

Las palabras me salieron antes de darme cuenta.

Mi abuela levantó la vista. Una sonrisa fue dibujándose poco a poco en su rostro.

Repetí mentalmente lo que acababa de decir. Ahora somos familia. Archer lo había estado repitiendo toda la tarde, y por lo visto se me había metido en la cabeza sin darme cuenta.

—¿Qué? —dije.

—Nada. —La sonrisa de mi abuela se ensanchó—. Solo que lo has pillado bastante rápido.

—No he pillado nada.

—Lo dijiste como si llevaras años diciéndolo.

—Lo dije una vez.

Ladeó la cabeza y me miró con esa expresión suya, la que decía que sabía perfectamente lo que pasaba y lo estaba disfrutando cada segundo.

Apreté los labios y aparté la mirada.

Observó a Archer por la puerta de la cocina. Seguía en el fregadero, sin prisa, fregando los platos como si fuera lo más natural del mundo.

—Su familia —dijo—. ¿Tienen dinero?

Asentí.

No pareció sorprendida.

—Se nota. Por cómo se mueve, cómo se comporta. Eso no se compra. Es algo con lo que creces.

Hizo una pausa.

—Y si decide que no quiere que trabajes, ¿qué? Que te quedes en casa, que él se encarga de todo. Como en las series.

—Él no haría eso.

—No es lo que te he preguntado.

Me lo pensé.

—Pues no aceptaría.

Me miró un buen rato. Luego alargó la mano y cogió la mía.

—Bien —dijo—. Escúchame, Lily. Pase lo que pase, tienes que poder valerte por ti misma. Tu carrera, tus ingresos. Eso es lo único que es realmente tuyo. Todo lo demás —la casa, el matrimonio, todo— se sostiene sobre eso. Si no tienes esa base, no tienes nada.

No dijo el resto en voz alta. No hacía falta.

Sabía a qué se refería. Daba igual cuánto dinero tuviera él o lo fiable que pareciera. No podía entregar lo único que me permitía mantenerme en pie por mí misma.

Le apreté la mano.

—Lo recordaré.

Asintió una vez, satisfecha, y me soltó.

Luego se recostó en el cojín y preguntó:

—Entonces, ¿cuándo es la boda?

Me incorporé.

—Precisamente quería hablarte de eso.

Arqueó una ceja.

—¿Te acuerdas de que te dije hace unos días que había pasado el período de prueba?

—Me acuerdo.

—Solo llevo unas semanas con contrato fijo. Apenas tengo días de vacaciones acumulados.

Hice una pausa.

—Y aunque consiguiera juntarlos, pedir dos semanas libres justo después de que me hayan hecho fija va a quedar fatal.

Mi abuela se echó a reír.

—¿Qué? —dije.

—Tus compañeros van a pensar que te has buscado a alguien con quien casarte solo para pillar las dos semanas libres.

—Eso es justo lo que me preocupa.

Me dejé caer hacia atrás.

—Y nadie en el trabajo sabe ni siquiera que tengo pareja. Excepto Chloe. Todos los demás creen que estoy soltera. Si de repente aparezco con marido, va a ser el cotilleo del siglo.

—Así que quieres esperar.

—Quiero esperar a que termine mi proyecto actual. Me incorporé al equipo a mitad de camino. Si me voy antes de que acabe, no es justo para el resto del equipo, y a mi reputación tampoco le va a sentar bien.

Mi abuela se quedó callada un momento.

—¿Archer sabe que estás pensando en esto?

—Todavía no.

Sonreí.

—Quería hablarlo contigo primero. Saber qué opinas. Luego podemos ir a decírselo juntas.

Hizo un gesto con la mano.

—No me metas en esto. Sois jóvenes, arregladlo vosotros dos.

—Quiero contártelo. A partir de ahora voy a contártelo todo. Lo importante, lo que no lo es, todo.

—Eso es mucha cháchara.

—Y te encanta.

Intentó hacerse la molesta. Pero se le marcaron las arruguitas de los ojos y no pudo contener del todo la sonrisa.

Para cuando terminamos de cenar y fregamos los platos, la incomodidad de antes se había disipado por completo.

Mi abuela y Archer habían cogido confianza.

Hablaban con soltura en la mesa: ella le hacía preguntas, él respondía sin ponerse tenso ni formal, y en algún momento ella había empezado a rellenarle la taza de café sin que él se lo pidiera.

Después de cenar, volvimos al salón. Mi abuela dejó la taza, miró a Archer y dijo, sin más:

—La habitación de Lily solo tiene una cama individual. No cabéis los dos. ¿En qué habitación quieres dormir esta noche?

Me quedé completamente inmóvil.

Archer también.

Ninguno de los dos había hablado nunca del tema. En casa dormíamos en habitaciones separadas. Nunca había surgido, nunca había hecho falta hablarlo. Y ahora mi abuela acababa de decirlo en voz alta, con naturalidad, como si estuviera preguntando si quería más café.

—Voy a... voy a buscar agua —dije.

Me levanté y fui a la cocina. Abrí el frigorífico, me quedé mirando al vacío, lo cerré. Luego llené un vaso del grifo y me quedé junto a la encimera bebiéndolo despacio.

El agua al caer en el vaso hacía suficiente ruido como para no oír lo que Archer decía en la otra habitación. No intenté escuchar. Bebí casi todo el vaso, esperé a que el calor de las orejas se me pasara, y volví al salón.

—¿Habéis decidido? —pregunté.

Archer asintió. Señaló hacia el pasillo.

—La habitación de al lado de la tuya. Si te parece bien.

Mi abuela asintió como si fuera lo más razonable del mundo.

—Tiene sentido. Estáis casados.

Me miró.

—Ve a buscar las sábanas de repuesto del armario. Las del estante de arriba.

Archer se levantó.

—Te ayudo.

Mi abuela lo despidió con un gesto.

—Ve con ella.

Me siguió por el pasillo.

Abrí el armario trastero y estiré el brazo hacia el estante de arriba. Las sábanas dobladas estaban apiladas con esmero; mi abuela siempre las había guardado así. Bajé un juego, me di la vuelta y casi las dejé caer.

Archer estaba de pie en el umbral. No lo había oído acercarse. Estaba apoyado contra el marco, con las manos en los bolsillos, mirándome.

—Me asustaste —dije.

Se apartó del marco y se acercó. Me quitó las sábanas de los brazos antes de que pudiera decir nada.

—Yo hago la cama —dijo.

Las llevó a la habitación del otro lado del pasillo y empezó a extender la sábana bajera sobre el colchón. Sus movimientos eran pausados.

—Parecía que tenías algo que decir —dijo, alisando una esquina—. En el salón. Por eso te seguí.

Fruncí el ceño.

—No tenía nada que decir.

Metió la otra esquina y luego me miró.

—No dejabas de mirarme —dijo—. Pensé que a lo mejor querías decir algo.

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