Capítulo veintisiete
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(Punto de vista del autor)
Blake llevaba más de una hora sentado en su coche.
Tenía el asiento reclinado, los brazos cruzados detrás de la cabeza, los ojos cerrados. No dormía. Solo esperaba. Llevaba toda la mañana esperando, y Lily aún no había aparecido.
El móvil vibró. Owen.
Contestó.
—¿Dónde estás? —preguntó Owen.
—Sigo fuera de su edificio.
Una pausa.
—Vuelve a casa.
Blake frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Tú vuelve a casa.
—Owen, ¿qué pasa?
—Te lo explico cuando llegues. Solo... vuelve.
Blake apartó el teléfono y miró el techo del coche. La voz de Owen había sonado rara. No urgente exactamente, pero tensa. Como si se estuviera conteniendo.
Blake pensó en Lily. En cómo había hecho que en recepción le impidieran subir. En cómo había dejado de contestar sus llamadas. En cómo lo había mirado la última vez que la vio, como si ya estuviera en otro sitio.
El móvil volvió a vibrar. Un mensaje de Owen. Luego otro. Y una foto.
Blake se incorporó.
Se quedó mirando la imagen en la pantalla. Apretó la mandíbula.
Escribió rápido. Qué es esto. De dónde lo sacaste.
Owen respondió. Creo que esta vez ha terminado contigo de verdad.
Blake contestó. Dices tonterías.
Arrancó el coche.
Cuando Blake llegó a casa, Cole y un par de chicos más estaban desparramados en el sofá del salón, mandos en mano, con un juego de carreras en la tele. Nora estaba en el sillón, mirando el móvil, sin prestar mucha atención.
Cole gruñó.
—Venga ya, ¿en serio? —echó la cabeza hacia atrás—. Lo tenía.
—No lo tenías —dijo uno de los otros.
Nora levantó la vista un momento.
—Vaya.
Su mirada se desvió hacia la caja de cartón en la mesita, junto a la chaqueta de Owen.
—¿Qué hay en la caja?
Cole echó un vistazo.
—La mandó Lily.
Nora levantó la vista.
—Espera, ¿no habían cortado?
Cole se encogió de hombros.
—Ni idea —se recostó en los cojines—. ¿Cortar? —se rio—. Lo dudo. Los Mercer están forrados. ¿Crees que va a dejar escapar eso? Solo está jugando. Haciéndole sudar un poco.
Nora no dijo nada. Miró hacia la puerta cerrada del dormitorio, en lo alto de las escaleras.
Dentro del dormitorio, Blake estaba de pie junto a la caja, en el suelo, con los brazos cruzados.
—¿Qué quiere? —dijo.
Owen se apoyó en el marco de la puerta.
—Ábrela y lo verás.
Blake se agachó y abrió las solapas. Se quedó paralizado.
Dentro, cuidadosamente guardados, estaban todos los regalos que le había hecho a Lily durante su relación. Un collar. Una pulsera. Un globo de cristal que había comprado en una tienda de souvenirs. Algunas cositas más. Todo devuelto, intacto, exactamente como se lo había dado.
Se levantó despacio.
—Está jugando.
—¿Tú crees?
—Quiere que vaya detrás de ella. Eso es todo —la voz de Blake sonó gélida—. Me pasé toda la mañana esperando frente a su edificio y ni siquiera bajó. Ahora llego a casa y me encuentro esto —soltó una risa seca—. Se cree que esto va a funcionar conmigo.
Salió del dormitorio.
Owen se enderezó.
—¿Adónde vas?
Blake no contestó. Fue por el pasillo hasta el trastero y abrió la puerta. En el estante de arriba, justo donde la había dejado hacía meses, había otra caja de cartón. La bajó.
Pesaba más de lo que esperaba.
La llevó al dormitorio y la dejó en el suelo. Seguía envuelta. El lazo seguía atado. Nunca la había abierto.
La miró un momento, luego cogió el móvil para llamar a un mensajero. Si ella quería jugar así, vale. Se lo devolvería todo.
Owen se agachó antes de que Blake pudiera pararlo. Arrancó el envoltorio de uno de los paquetes.
Una caja. Owen le dio la vuelta, y su expresión cambió.
—Espera —levantó la vista—. ¿Esto es Kiton?
Blake bajó la mirada.
Owen le tendió la caja. Blake la cogió y la abrió.
Dentro había una corbata. Seda oscura, costuras impecables, ese peso que te dice enseguida que no es barata. Blake pasó el pulgar por el borde.
La dejó y metió la mano en la caja. Empezó a sacar cosas. Owen se acercó a ayudar, abriendo paquetes uno a uno, dejándolo todo en el suelo.
Una segunda corbata. Una pajarita. Unas gafas de sol. Unos zapatos de vestir de piel.
Vaciaron la caja entera sin decir nada. Cuando terminaron, el suelo estaba cubierto de papel de regalo y cajas abiertas.
Owen se sentó sobre los talones. Miró todo lo que había extendido ante ellos.
—Te mandó más de lo que tú le mandaste a ella —dijo—. Mucho más —miró a Blake—. ¿De dónde sacó el dinero para todo esto?
Blake no respondió.
Lo sabía. Siempre lo había sabido, en algún rincón de su mente.
Lily había compaginado dos trabajos a tiempo parcial durante casi toda la carrera.
Nunca le había pedido nada. Al principio de su relación, él se lo había ofrecido una vez, sin darle importancia: le dijo que podía pasarle algo de dinero, para que no anduviera tan agobiada.
Ella lo había mirado como si hubiera dicho algo raro.
—Puedo ganarme mi propio dinero —había dicho ella—. No estoy contigo por eso.
Él le había creído entonces.
Pero luego los demás empezaron a hablar. Sus amigos, gente con la que coincidían en fiestas, conocidos que sonreían y preguntaban, medio en broma, si ella estaba con él por el dinero. No fue nada concreto. Fue simplemente... constante. Y con el tiempo, dejó de llevarles la contraria.
—¿Sabes qué es curioso? —dijo Owen. No esperaba respuesta—. Todo el mundo decía siempre que ella estaba contigo por tu dinero. —Señaló las cosas del suelo—. Pero viendo esto... no creo que eso fuera verdad.
Blake no dijo nada.
Owen siguió hablando.
—De hecho, yo también tengo algunas cosas en casa. Cosas que ella te regaló. Las dejaste en mi coche un par de veces, ¿te acuerdas? Te pregunté si las querías y dijiste que las tirara o lo que fuera.
Blake levantó la vista.
—¿Todavía las tienes?
Owen se quedó callado un momento.
—No. Las tiré.
Blake volvió a bajar la vista.
Los zapatos. Las corbatas. Las gafas de sol. Todo seguía ahí, en perfecto estado, aún en su embalaje original. Ella había elegido cada uno de esos regalos, los había pagado de su bolsillo, los había envuelto con sus propias manos.
Se quedó allí plantado, sin decir nada.
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