Capítulo veintiséis
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(PDV de Lily)
Con Blake, pasé dos años dudando de mí misma.
Recibía una llamada y salía de la habitación, y yo le escrutaba el rostro buscando algo —un destello, una señal— y luego me pasaba la hora siguiente preguntándome si lo que había visto era real o si eran solo paranoias mías. Nunca lo supe. Todavía no lo sé.
Pero Archer acababa de darme todo aquello que me quitaba el sueño. Sin lagunas. Sin vacíos que rellenar con los peores escenarios posibles.
Apoyé la mano abierta sobre la rodilla y miré por la ventana.
Así se sentía la estabilidad. No lo había sabido hasta ahora. Y por primera vez, creí de verdad que lo nuestro podía funcionar.
Archer se acercó a la entrada de mi edificio y aminoró la marcha.
Fui a abrir la puerta.
—Espera.
Su voz me frenó en seco.
Levanté la vista. Archer observaba la caseta de seguridad junto a la entrada.
Aparcado al lado había un deportivo rojo con el motor en marcha.
Las ventanillas subidas, el aire acondicionado encendido.
A través del cristal apenas distinguía a alguien en el asiento del conductor, recostado con los brazos cruzados detrás de la cabeza.
No le veía la cara. Pero conocía esa matrícula.
—Parece que alguien te espera —dijo Archer.
Su tono era ligero, casi desenfadado. Casi.
Ninguno de los dos pronunció el nombre de Blake.
Miré a Archer. Tenía los ojos clavados en el coche rojo. No había movido un músculo, su expresión seguía igual, pero la mano en el volante se había quedado inmóvil. Los nudillos, blancos de la tensión.
—¿Quieres ir a saludarlo? —preguntó.
Su voz sonaba tranquila. Despreocupada. Como si me preguntara si quería parar a por un café.
Volví a mirar el coche.
—No —dije—. Entremos por el aparcamiento subterráneo.
Archer asintió y arrancó de nuevo.
(PDV del autor)
Rodeó el edificio hacia la entrada del garaje. Al pasar junto al coche rojo, echó un vistazo por la ventanilla. Blake estaba tumbado con el asiento echado hacia atrás, los brazos cruzados detrás de la cabeza, los ojos cerrados. Dormido como un tronco.
Los dedos de Archer tamborilearon sobre el volante.
Pensó en tocar el claxon. Un bocinazo seco.
Ver a Blake despertarse de golpe, mirar a su alrededor y entonces ver...
¿qué? El coche de Archer alejándose. Archer, que sabría perfectamente que Lily iba sentada a su lado.
Su esposa. Podría haber bajado la ventanilla y decírselo a la cara: Ahora es mía.
No pienso irme a ninguna parte. Deberías asumirlo y dejar de aparecer.
Pero no lo hizo.
Miró a Lily y dejó pasar el momento.
Entraron en el garaje subterráneo y aparcaron. El motor se apagó. Bajaron del coche y caminaron juntos hacia los ascensores. El pasillo estaba vacío. Sus pasos resonaban en el hormigón.
Archer pulsó el botón. El ascensor zumbaba en algún lugar por encima de ellos.
—Te da miedo encontrártelo —dijo Archer.
Lily volvió la cabeza.
—No me da miedo. Es que no quiero verlo.
Archer la miró.
Los hombros se le relajaron un poco. Era una distinción sutil —miedo frente a simple negativa— pero importaba.
—¿Te ha estado molestando últimamente? —preguntó.
—Ha venido esta mañana.
Archer clavó los ojos en su rostro.
—Esta mañana.
—Sí.
Hacía unas horas. Había estado en su puerta hacía unas horas. Archer mantuvo la expresión impasible y miró las puertas del ascensor. Lily tenía la mirada serena al decirlo: sin ansiedad, sin titubeos. Un simple hecho. Cada vez que sentía la irritación trepar, mirarla conseguía aplacarla.
El ascensor llegó con un suave timbre. Las puertas se abrieron.
Entraron. Lily pulsó el botón de su piso. Las puertas se cerraron.
—Múdate conmigo —dijo Archer.
Lily se quedó inmóvil.
Se quedó allí un segundo, sin decir nada. Archer le observó el rostro: lo había oído, lo había entendido, lo estaba procesando. Vio el momento exacto en que asimiló sus palabras.
Dejó que se le curvara la comisura de la boca.
—¿Qué pasa?
(PDV de Lily)
Apreté los labios.
—¿No es un poco precipitado? —dije—. ¿Vivir juntos ya?
Archer se llevó la mano al bolsillo interior de la chaqueta. Sacó el certificado de matrimonio, lo desplegó y me lo puso delante.
Me quedé mirándolo. Nuestros nombres. Nuestras fotos.
—Ya tienes el certificado —dijo—. ¿Y todavía crees que es demasiado pronto?
Ni siquiera me había fijado en cuándo se lo había guardado.
Intenté otra táctica.
—Es que... no quiero ser una molestia.
—No serás ninguna molestia —dijo sin pestañear—. Contigo allí, la casa estará menos vacía.
Guardó el certificado en la chaqueta.
—Y piénsalo: si Blake sigue apareciendo por aquí, acabará afectando a tu trabajo. A tu rutina. A todo.
Me miró a los ojos.
—Dijiste que no querías verlo. Pues deja de ponérselo fácil. Vente a mi casa. No sabrá dónde buscarte.
El ascensor seguía subiendo. Archer se había apoyado en la pared, una mano en el bolsillo, observándome con esa mirada serena y paciente tan suya. No me estaba presionando. Solo... esperaba.
Y odiaba que tuviera razón.
—¿Cuándo te vendría bien? —pregunté—. Para mudarme.
—Cuando sea.
Lo miré.
—Eso no es una respuesta.
—Cuando estés lista —dijo—. Sin prisa.
Eso era peor. Las opciones abiertas me resultaban más difíciles que los plazos. Nunca sabía dónde terminaban.
Pareció darse cuenta.
—O podríamos hacerlo ahora mismo.
—¿Ahora?
—¿Hay alguna razón para no hacerlo?
Bajé la mirada al suelo. Lo pensé.
No se equivocaba. Ya me lo había planteado hacía semanas: si nos casábamos, acabaríamos viviendo juntos. Era pura lógica. Lo había aceptado. Creía que me había preparado.
Pero ahora que estaba pasando de verdad, toda esa preparación parecía inútil. Sentía el pecho oprimido. No sabía qué hacer con las manos.
—Quizá mañana —dijo Archer.
Levanté la vista.
Su voz sonaba relajada, como si me estuviera ofreciendo una salida.
—Mañana sigue siendo pronto, pero no es hoy.
Lo pensé unos segundos.
—Vale —dije—. Mañana.
—Muy bien.
Lo dijo con naturalidad, como si acabáramos de decidir dónde cenar. No le dio mayor importancia.
El ascensor fue frenando hasta detenerse. Las puertas se abrieron en mi planta.
Salí. Archer se quedó dentro, sujetando la puerta con una mano.
—Te escribo mañana por la mañana —dijo.
—Vale.
Las puertas se cerraron entre nosotros.
Me quedé en el pasillo mirando las puertas cerradas del ascensor un instante.
Mañana.
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