El primer día de trabajo, me casé con el CEO Capítulo Veinticuatro
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Capítulo Veinticuatro

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(Punto de vista de Lily)

El edificio de apartamentos al otro lado de la calle no había cambiado, pero mis planes sí tenían que cambiar.

Mudarme era la primera opción. Encontrar un lugar nuevo que Blake no pudiera localizar, empezar de cero.

Pero ya había pagado el alquiler de este mes y no recuperaría la fianza.

Un piso nuevo significaba otra fianza, más los gastos de la mudanza.

Solo llevaba unos meses en este trabajo. Las cuentas no salían.

Sophie era la segunda opción. Pero su piso tenía un solo dormitorio, y ya habíamos vivido juntas en la universidad. Ella se quedaba despierta hasta las dos de la madrugada. Yo me levantaba a las seis. Aguantamos un semestre antes de casi matarnos.

La abuela era la tercera opción. Pero no vivía en esta ciudad, y no podía ir y venir desde allí todos los días. Y no quería que se preocupara por mí.

Le di vueltas a las tres opciones y siempre llegaba a la misma conclusión. Ninguna funcionaba.

Entonces apareció el rostro de Archer.

No era su dinero, ni su casa. Era que había recordado que no comía cebolla. El pastel de cumpleaños que había organizado sin que nadie se lo pidiera. La mirada en sus ojos cuando dijo «mereces algo mejor», como si de verdad lo creyera.

En los dos años que llevaba con Blake, nunca me había hecho sentir que era suficiente. Archer lo había conseguido en dos días.

Sabía cómo sonaba. Casarte con alguien a quien apenas acabas de reencontrar. Pero no se me ocurría una razón lo bastante buena para decir que no.

Cogí el móvil y marqué.

(Punto de vista del autor)

Archer estaba en medio de una reunión de alta dirección cuando se iluminó la pantalla del móvil. La miró un momento y luego levantó la vista hacia la sala.

—Dadme un minuto —dijo.

Salió, cerró la puerta de la escalera tras de sí y se quedó en el silencio del rellano. El pulso ya se le había acelerado. Miró la pantalla un segundo antes de responder.

—¿Sí?

—Lo que dijiste anoche —la voz de Lily sonaba firme—. ¿Sigue en pie?

Tragó saliva.

—Siempre ha estado en pie.

Una breve pausa.

—Archer, casémonos.

El corazón le dio un vuelco. Se quedó allí en el hueco de la escalera con el teléfono pegado a la oreja, incapaz de articular palabra. Entonces todo volvió de golpe y dijo:

—Sí. Vale. Sí.

Oyó cómo sonaba y le dio igual.

—¿Dónde estás? ¿En casa? Puedo estar ahí en veinte minutos. Podemos ir hoy.

—¿Hoy? —parecía sorprendida.

—¿Para qué esperar?

Otra pausa.

—Vale —dijo ella—. Hoy.

Ya se dirigía de vuelta a la puerta del despacho.

—¿Tienes el DNI? ¿Y los demás documentos?

—Siempre los llevo en el bolso. Por si acaso.

—Bien. Quédate ahí. Voy a recogerte.

Colgó, empujó la puerta, cruzó el despacho en seis zancadas, cogió las llaves del escritorio y se dirigió al ascensor.

Evan levantó la vista del portátil.

—Señor, la reunión...

—Termínala —dijo Archer sin detenerse.

—¿Cómo dice?

—Diles que hemos terminado por hoy.

Las puertas del ascensor se abrieron. Archer entró.

Evan se quedó en el pasillo viendo cómo se cerraban las puertas. Se dio la vuelta despacio y miró hacia la sala de juntas, llena de altos directivos que esperaban dentro. Se ajustó la chaqueta, caminó hacia la puerta y la abrió.

—Señoras y señores —dijo—, eso es todo por hoy.

(Punto de vista de Lily)

Nunca había hecho nada así en mi vida.

Yo era de las que hacían listas antes de tomar decisiones. De las que se lo pensaban. De las que leían la letra pequeña dos veces. Y ahí estaba yo, cogiendo el bolso del gancho junto a la puerta porque un hombre al que había conocido en la universidad había dicho que sí sin dudarlo ni un segundo.

Me temblaban las manos. No de miedo. De algo más parecido a lo que sientes justo antes de que caiga una montaña rusa: ese instante en el que ya te has lanzado y no hay vuelta atrás y todo tu cuerpo lo sabe.

Me quedé en el umbral y respiré hondo tres veces hasta que el corazón se me calmó lo bastante para pensar con claridad.

Veinte minutos después, el coche de Archer paró delante.

Salí y me quedé parada en la acera.

Él llevaba camisa blanca de vestir y pantalones oscuros. Yo llevaba camisa blanca de vestir y una falda clara hasta la rodilla.

Ninguno de los dos había dicho nada sobre qué ponerse.

Salió del coche, me miró, y se le curvó la comisura de los labios.

—Pensé que igual no tenías tiempo de cambiarte —dijo—. He cogido algo de camino.

Señaló con la cabeza hacia el asiento de atrás.

Miré. Había una bolsa blanca en el asiento, de una marca que no conocía.

—¿Cuándo has tenido tiempo de hacer eso?

—He parado de camino.

—¿Se puede devolver?

—No admiten devoluciones —abrió la puerta del copiloto—. Es tuya.

—Gracias —dije.

—Lily —su voz sonaba relajada, casi burlona—. Estamos a punto de ser marido y mujer. No tienes que darme las gracias por todo.

Se me escapó una risa. Porque anoche, cuando me había dado de bruces contra su pecho y él me había puesto los dedos en la frente, había dicho «somos amigos, no tienes que ser tan formal». Eso había sido hacía menos de veinticuatro horas. La palabra ya había cambiado.

Subí y cerré la puerta.

Condujo. Lo observé de reojo: cómo sujetaba el volante, el ángulo de la luz en su rostro. Pensé en lo que sabía realmente de él.

En la universidad, había sido de esas personas en las que todo el mundo se fijaba, pero de las que nadie tenía nada malo que decir. No menospreciaba a nadie. No hacía bromas a costa de otros. Trataba a todos igual, tuvieran dinero o no.

Y desde que se había hecho cargo de Hartley Technologies, la empresa había crecido más de lo que nadie en el sector habría imaginado. Había construido algo de verdad.

—Probablemente deberíamos firmar un acuerdo prenupcial —dije.

Me miró.

—¿A qué viene eso?

—Lo estuve mirando. Incluso descargué una plantilla estándar. Podrías revisar los términos cuando lleguemos, a ver si te parecen bien.

—No necesito un acuerdo prenupcial.

—Archer —mantuve un tono neutro—. La diferencia entre lo que tienes tú y lo que tengo yo es enorme. Si algún día acabamos en un juzgado de divorcios y me llevo la mitad de tus bienes, no sería justo para ti. No podría vivir con eso.

—Para —lo dijo en voz baja, pero iba en serio—. El matrimonio no es un negocio. Estamos haciendo esto porque vamos a conseguir que funcione. De eso se trata.

—Pero si no funciona...

—Si no funciona —dijo—, será porque no cumplí como marido. Te merecerías esa mitad. Así lo veo yo.

El coche fue reduciendo la velocidad hasta detenerse. Levanté la vista. Estábamos frente al ayuntamiento.

Se volvió a mirarme con un deje de ironía en la expresión.

—Aún no hemos presentado los papeles y ya estamos negociando el acuerdo de divorcio. ¿No te parece un poco prematuro?

No supe qué responder. Metí la mano en el bolso, encontré la plantilla doblada que había impreso y la hundí hasta el fondo, donde no pudiera verla.

Dijo mi nombre.

—¿Sí?

—¿Trajiste todo? ¿Todos los documentos?

—Sí. Todo.

Guardó silencio un momento. Luego preguntó:

—¿Vas a arrepentirte de esto?

Lo miré a los ojos.

—No.

Asintió una vez. Abrió la puerta, yo abrí la mía, y subimos los escalones del ayuntamiento uno junto al otro.

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