El primer día de trabajo, me casé con el CEO Capítulo Siete
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Capítulo Siete

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(Lily)

Seguía mirándolo fijamente.

Sabía que no comía cebolla. Lo recordaba de años atrás, y no había dicho ni una palabra al respecto; simplemente le había indicado al camarero que no la pusiera. No me cabía en la cabeza.

Archer se dio cuenta. La comisura de su boca se curvó levemente. Cogió la jarra de la mesa y sirvió dos tazas de sidra de manzana caliente, luego me acercó una.

—Bebe algo caliente primero —dijo—. Vienes helada.

Rodeé la taza con las manos. El calor me llegó enseguida.

—¿Cómo lo sabías? —pregunté—. Lo de la cebolla.

—Comíamos juntos constantemente en la universidad —dijo—. Siempre le pedías al camarero que no te la pusiera. Esas cosas no se olvidan.

Bajé la mirada hacia la taza.

Tenía razón. En aquella época, los tres —Archer, Blake y yo— íbamos a los restaurantes cerca del campus varias veces por semana. Cada vez que pedía, me aseguraba de decirle al camarero: sin cebolla en el mío. Y si se me olvidaba, me quedaba allí quitando cada trocito, uno por uno.

Pero a veces tenía clases hasta tarde. Llegaba corriendo y me los encontraba a los dos ya sentados, con mi comida esperándome. Y mi plato siempre estaba limpio. Sin cebolla.

Siempre había pensado que era Blake.

Recordaba haber pensado que era un detalle por su parte. Me había hecho sentir bien. Nunca lo había cuestionado.

Giré la taza lentamente entre las manos.

Cuando Archer se fue a Europa, quedamos solo nosotros dos.

Y la cebolla volvió. Blake nunca dijo nada al respecto.

Simplemente se quedaba allí sentado mientras yo rebuscaba en mi comida, con la vista clavada en el móvil o mirando por la ventana, con esa expresión tensa e impaciente que nunca se molestaba en disimular.

Y esa misma tarde, de camino hacia aquí, había dicho algo. Había fruncido el ceño y me había preguntado por qué no podía simplemente apartarla y comer como una persona normal. Dijo que le daba vergüenza verme rebuscar así en la comida. Que todo el mundo se las apañaba, así que cuál era mi problema.

Ya venía de mal humor. Ahora, sentada aquí, su voz me resonaba en la cabeza. Me presioné la sien con dos dedos y la ahuyenté.

—Antes me pasaba media comida quitándola toda —dije, retomando el hilo.

Me miró con calma, imperturbable.

—Si no te gusta algo, lo quitas —dijo—. Ya está. Todo el mundo tiene cosas que no come.

Lo dijo como si nada. Como si fuera lo más obvio del mundo.

Lo miré de reojo.

Estaba recostado en la silla, relajado, con una mano rodeando la taza sobre la mesa. El otro brazo descansaba en el respaldo de mi silla, suelto, despreocupado, sin llegar a tocarme. No me miraba. Tenía los ojos entornados, serenos, completamente ajeno al ruido que nos rodeaba.

Desde ese ángulo, su brazo formaba una especie de arco detrás de mí. Como una barrera. Como si todo lo que quedaba al otro lado —los gritos, las risas, los niños corriendo entre las mesas— perteneciera a otro mundo.

Me pillé pensando eso y aparté la mirada de inmediato.

—¿Por qué no les pediste que añadieran picante a las brochetas? —pregunté—. ¿No te gusta?

Había mucho ruido en la zona de la parrilla. No me oyó. Se giró hacia mí y se inclinó.

Estaba cerca. Muy cerca. Su aliento me rozó el oído, cálido, y me quedé paralizada. Noté el calor donde me había rozado. Me quedé rígida en la silla, sin moverme.

Al cabo de un segundo, repetí la pregunta.

Se echó un poco hacia atrás y sonrió.

—Me gusta el picante —dijo—. Pero llevabas horas sin comer. El picante con el estómago vacío no sienta bien. Así que pedí todo suave, de momento.

No supe qué decir.

También había pensado en eso. Sin decir nada, sin darle importancia.

La comida empezó a llegar. El camarero trajo primero las costillas, luego una tanda de brochetas, y las colocó en la rejilla del centro de la mesa. Archer me acercó la bandeja.

—Empieza con estas —dijo. Había algo relajado en su expresión, casi indulgente—. Pediré que preparen el resto con picante para ti.

Llamó al camarero antes de que pudiera responder y le pidió que añadiera chile a todas las brochetas que faltaban por salir. El camarero sonrió y preguntó qué nivel de picante.

Archer giró la cabeza hacia mí, alzando levemente la barbilla.

—Tú decides —dijo.

Parpadeé. —Medio está bien.

El camarero asintió y se fue. Cogí una brocheta y le di un mordisco.

No había esperado nada de esto. No había esperado estar sentada aquí, en esta montaña, pasada la medianoche, en un asador al aire libre con alguien a quien no había visto en dos años, comiendo costillas y viendo el humo elevarse del carbón.

A nuestro alrededor, la gente hablaba a voces, los niños corrían, el fuego crepitaba y chisporroteaba. El aire olía a pino y carne a la brasa.

Comí. Escuché el bullicio. Me di cuenta de que llevaba casi una hora sin pensar en Blake.

Pasaba de medianoche cuando por fin noté el frío.

Era verano, pero aquí arriba en la montaña, el aire de la noche calaba de verdad. El viento llegaba en ráfagas, y yo llevaba un vestido por la rodilla sin nada encima. Tenía las piernas al aire y heladas. No pude evitarlo: me estremecí y apreté los pies contra el suelo, intentando entrar en calor.

Archer se dio cuenta.

No dijo nada. Se levantó sin más y dijo: —Dame un minuto —y se alejó.

Tres o cuatro minutos después, volvió. Traía una chaqueta y una manta blanca de forro polar doblada. Algunas personas de alrededor echaron un vistazo.

Primero dejó la manta, la extendió sobre el asiento de mi silla y la alisó. Luego sacudió la chaqueta —oscura, de buena calidad— y me la puso sobre los hombros. Lo hizo con cuidado, como si intentara no sobresaltarme.

Entonces se inclinó y me dijo algo en voz baja, al oído.

El calor me subió a la cara antes de que terminara de procesar las palabras. Me puse roja —rápida e intensamente, de ese rubor contra el que no se puede hacer nada.

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