Entre amigas
El sábado nos lo dedicamos enteramente a nosotras. Después de un trimestre tan intenso, del sobresaliente en el trabajo de grupo (Mati nos felicitó por nuestra originalidad) y de habernos hecho amigas de verdad… era el final perfecto que nos merecíamos.
¡Vaya trimestre!
Empezamos el día con el partido de Bel. Su nuevo equipo molaba un montón y su entrenadora era brutal, de esas que te hacen creer que, aunque estés medio muerta, puedes con todo.
No paramos de animar y, en cuanto acabó el partido, mientras esperábamos a que nos recogiese la madre de Noa para ir a comer a su casa, las chicas se lanzaron a por mí.
—Bueno, Beca… —dijo Bel—, ¿vas a contarnos por fin lo del cine, o qué?
—Sí, sí, sí —insistió Andrea—. Y queremos la versión extendida.
Y nada, me tocó contarlo todo. Desde que llegué al cine, los nervios, las risas tontas, los roces de manos con las palomitas…
Son las mejores, pero qué vergüenza…
—Me contó que por Navidad se va al pueblo, a casa de su abuela —les conté más tarde—. Va todos los años. La adora.
—Qué mono —comentó Noa.
—Ya ves —asentí—. Y justo cuando nos despedíamos, pasó… el beso.
—¿Pasó? A ver, supongo que alguien se acercó y alguno lo inició… —sugirió Andrea con una sonrisa.
—¿Y? —preguntó Bel.
—¿Cómo qué «y»? —me reí—. Pues no sé. Me alucinó. Y la verdad es que no recuerdo quién empezó qué, fue cosa de los dos… Y fue mi primer beso.
—¿En serio? —dijo Noa con una sonrisa enorme.
—En serio. Aunque supongo que él ya… ya se habrá besado antes, digo.
—Tienes una cara de pasmada ahora mismo, Beca —soltó Bel—. Déjame hacerte una foto.
—¡Ni de coña!
Bel intentó sacarme la foto y al final terminamos posando las cuatro, poniendo carotas y aplicando filtros terribles. Estábamos llorando de la risa cuando apareció la madre de Noa y nos saludó desde el coche.
—Chicas, ¡hola! Os veo bien —nos dijo sonriente—. Vamos, subid.
Comimos en casa de Noa. Su madre había preparado platos veganos y todo estaba increíble, incluso el tofu, que yo pensaba que sabía a cartón. Era encantadora y adoraba a Noa; cuando estaban juntas eran como muy dulces.
Al atardecer, nos fuimos en bus hasta casa y nos instalamos en el garaje. Mi padre nos ayudó a colocar los colchones y nos dio cojines y mantas.
¡Ya era nuestro sitio!
—Gracias, papá —le dije así, de repente, porque me salió, y lo abracé—, eres lo más.
Él me sonrió y me dio un beso en la sien antes de irse.
Y ahí estábamos las cuatro, listas y dispuestas para celebrar nuestra primera fiesta juntas. Bel nos estaba amenazando con subir las fotos de aquella mañana porque no le dábamos el último trozo de pizza cuando Noa sacó algo de la mochila.
—Tengo algo para vosotras —dijo con esa timidez tan suya que conseguía que, en un segundo, las demás guardáramos silencio.
—Es para nuestro cuaderno azul —añadió, sacando una cajita con un candado y cuatro collares de los que colgaban unas llaves pequeñas—. Hay cuatro llaves, una para cada una.
Sin decir nada, pero muy emocionadas, nos los pusimos y fue como si, no sé, todo lo que habíamos vivido hubiese quedado sellado, de repente, en esas llaves.
—Chicas, sois superempalagosas… —soltó Bel con ironía.
Las chicas rieron, y yo aproveché para coger el cuaderno azul. Le puse el nuevo candado y busqué la última hoja escrita. Cuando me giré, vi que las chicas se habían acomodado sobre los cojines y me miraban expectantes.
—Solo faltas tú —indicó Noa, guiñándome el ojo.
—Vale, allá voy —respondí. Y empecé a leer lo que había escrito.
Hasta ahora siempre he escrito párrafos sueltos, estrofas de canciones, listas para ordenar mis ideas.
Pero esto es diferente, y es para vosotras y para mí.
Desde que empezó el curso, mi mundo ha dado un giro de ciento ochenta grados.
Y aunque sigo siendo la que ríe cuando está nerviosa, la que inventa canciones mientras se lava los dientes y la que llora por cualquier cosa, también soy otra.
Sigo echando de menos a Lucy ; a veces es como si me hubieran quitado una parte de mí, pero también me he dado cuenta de que podemos aprender a ser amigas de otra manera, en la distancia.
Lo de mi madre… también ha sido duro. La he echado mucho de menos. A veces pienso que estoy cambiando tanto que, quizá, cuando vuelva, ya no será lo mismo, aunque en el fondo sé que es una tontería.
Y luego estáis vosotras. Andrea, Bel, Noa: con vosotras siento que pertenezco a algo, y es que todos estos cambios los he compartido con vosotras, que habéis estado a mi lado desde que nos unieron unos unicornios con lacitos.
Y es que, al final, sí que me dieron suerte…
Gracias a ellos no he estado sola. He encontrado unas amigas que me escuchan, que me hacen reír cuando todo se me hace bola y que han mezclado su caos con el mío.
Unas amigas con las que, sin darme cuenta, he creado algo único .
Cuando acabé de leer, todas sonreíamos.
—Beca —dijo Bel—, eres una tía increíble.
—Literal —añadió Andrea.
Noa me abrazó fuerte, soltando un gritito. La abracé de vuelta y luego coloqué el cuaderno en una estantería cerca del piano.
—¿Os parece bien si lo dejo aquí?
Esta vez el cuaderno se quedaba en el garaje, y con él, nuestros secretos, nuestras confesiones y todo lo que aún no sabíamos decir sin escribirlo antes.
El resto de la noche transcurrió entre risas, chocolate, chucherías y muchos gritos, porque nos pusimos a ver una película de terror.
—Tía, Andrea, de verdad…, ¿tenía que ser esta peli? —dijo Noa, escondiéndose bajo la manta.
—¡Obvio! —contestó Andrea—. Es top.
—Yo ya aviso que voy a tener pesadillas —añadí, abrazando un cojín.
—Bah, exageradas. —Bel dio un manotazo al aire—. Pero si gritáis, hacedlo cerca del oído de Andrea, que es la que nos ha obligado a verla.
—Obligado no…, convencido —rectificó Andrea, y las cuatro estallamos en carcajadas.
Después de la peli, el ambiente cambió, nos quedamos revueltas en los edredones. Todo estaba en silencio y hablábamos en susurros.
—Yo todavía no he besado a nadie —confesó Noa—. He tenido mil crushes , pero siempre son en plan imposible.
—Yo tampoco —añadió Andrea con cara de asco divertido—. Es que ni me lo planteo. Un beso… Tía, me da grimita. Puaj.
Las cuatro reímos a la vez.
—Yo, además de Jorge —contó Bel sin mirarnos—, este verano le di un pico a un amigo de mi primo, pero fue un poco tonto.
¡Qué fuerte!
—¿Y fue distinto al de Jorge? —preguntó Andrea.
—Superdiferente. Con él sí que me gustó, pero me dio miedo; no quería confundir el cariño con otra cosa y que todo cambiara. Y de ahí vino todo lo de después… Pero bueno…
A mí ya se me cerraban los ojos. Oí que Noa se levantaba a apagar las luces.
—Ojalá todas las noches fueran así —dijo.
¡¡Ojalá!!
—Y que nunca falten los unicornios —añadió Andrea con voz soñolienta.
—Ni las llaves —dijo Bel, tocando el collar.
—Ni vosotras —susurré yo, y estoy segura de que sonrieron en la oscuridad.
En ese momento, me di cuenta de que el caos también podía ser el lugar más bonito del mundo: éramos distintas, pero encajábamos a la perfección.