La cita
Andrea
Bel
¿O con dos?
Noa
¿Como cuando vamos al baño del insti?
Bel
JAJAJA.
Noa
Yo estaría atacada de los nervios.
Yo
Gracias por tranquilizarme. Y no es una cita.
Andrea
La CITA irá genial.
A ver…
Cita… ¿En serio tenía una cita? ¿Yo? Seguía sin tener claro que Nico no estuviera tratándome como a una amiga más.
Es que era majísimo con todo el mundo… ¿Por qué ir al cine juntos tenía que ser especial?
A ver, que yo quería que lo fuera. Intentaba no ponerme en plan catastrófico, pero, cuanto más se acercaba el viernes, más me comía la cabeza.
¿Y si al final no podía? ¿Y si todo era un desastre?
¿Y si no sabía de qué hablar o nos aburríamos?
Ay, no…
Habíamos quedado en ir juntos al cine, pero, en el último momento, Nico me escribió para decirme que tenía que acompañar a su hermana a casa de una amiga.
Cuando llegué a la puerta del cine, ya pensaba que me iba a dar plantón, que llegaría tarde, que no podía ser que ese día saliera bien, que volvería a casa sola.
Al menos la ciudad estaba bonita. Las calles ya estaban decoradas con las luces de Navidad, los escaparates tenían guirnaldas y en la entrada del cine colgaban bolas gigantes de un árbol de Navidad.
Cada minuto que pasaba era una eternidad. No sabía si fingir que miraba el móvil o caminar de forma natural. ¿Natural? ¿Cómo podía parecer natural si estaba de los nervios? Miraba el móvil, me tocaba el pelo, me apoyaba en la pared, caminaba dos pasos y retrocedía…
Y entonces apareció él, con una sonrisa más tímida de lo normal. Y estaba…, no sé, me pareció que estaba guapísimo. Llevaba una bufanda y tenía las mejillas un poco sonrojadas.
—Hola, Beca, perdona… ¿He tardado mucho?
—No…, si acabo de llegar —mentí, tragándome los doce eternos minutos que llevaba esperando.
Toda la rabia se me pasó cuando Nico sacó de la mochila un paquetito de chocolatinas.
—¿Cómo sabías que me encanta el chocolate?
—¿Intuición? —rio—. No lo sabía, pero es que a mí también me encanta. Mi madre dice que siempre que llegas tarde, has de hacerlo llevando algo.
¡Qué mono!
No pude evitar sonreír y me relajé un poco.
Entramos y compramos palomitas. Él quería dulces y yo saladas, así que acabamos compartiendo un cubo mitad y mitad. Nos reímos y entramos a la sala, casi vacía.
Mientras esperábamos a que empezara la peli, charlamos sobre varias cosas: Vega y Stranger Things , los perros, el fin de semana…
Me alegré de notar que no nos callábamos, que teníamos temas en común y que, a pesar de que me ponía nerviosísima tenerlo tan cerca, me sentía cómoda con él, como que podía ser yo misma.
Yo había dejado el cubo de palomitas entre los dos, y de vez en cuando, cuando él encontraba alguna palomita salada entre las dulces, ponía como cara de asco y me la daba.
Solté un par de carcajadas justo cuando las luces se apagaron. Nico me miró divertido.
—Nos están mirando mal por tu culpa —susurró.
Yo puse los ojos en blanco, pero no dejamos de hablar hasta después de los anuncios, cuando la película empezó.
Lo que pasó después… Técnicamente vimos la peli, pero si hubiesen proyectado Bambi o Spiderman , yo no habría notado la diferencia.
Lo único que recuerdo son los roces de nuestras manos en el cubo, el calor que me subía por el brazo cada vez que nuestros codos chocaban y el miedo a que alguien (él) pudiera oír lo fuerte que me latía el corazón.
¡AHHHHH!
Al salir, caminamos hasta la parada del bus, hablando de películas, canciones y luego de cosas más tontas.
Me flipó que no calláramos en ningún momento, era como si hubiéramos necesitado ese rato a solas para conocernos y entendernos mejor.
Cada vez que me contaba algo nuevo, sentía algo…
, no sé, muy especial. Y quizá me di cuenta en ese momento: quizá las chicas tenían razón, quizá estaba en una cita… y quizá Nico me gustaba. Muchísimo.
—El domingo me voy al pueblo —comentó—. Tengo ganas de ver a mi familia, sobre todo a mi abuela.
Se me encogió algo dentro. Lo entendía: yo tenía muchísimas ganas de ver a mi madre, pero… significaba que estaría muchos días sin verlo.
—Ya ves. Me pasa lo mismo con mi madre, que viene a pasar las fiestas. Llega la semana que viene.
—Ah, claro. Qué guay. —Por un instante, pensé que quizá él también pensaba que dos semanas y pico sin vernos era mucho tiempo, pero aparté ese pensamiento de mi mente. Bajamos del bus y caminamos despacio. Ninguno tenía prisa por llegar, pero la verja de mi casa apareció igual.
—Pues ya estamos —dijo Nico, parándose frente a mí.
Yo no quería irme.
¡Que este día no termine nunca!
—¿Y quién paseará a los perros estos días?
—Ya lo he arreglado con los dueños —respondió.
—Te echarán de menos —solté, sin atreverme a añadir «y yo también».
Nico clavó sus ojos en mí.
—¿Y tú? —preguntó.
Me quedé en blanco. ¿Qué? Me dieron ganas de echar a correr, de preguntarle: «No te he oído bien, ¿puedes repetirlo?». De hecho, estaba segura de que había dicho otra cosa, que yo me estaba quedando sorda de escuchar tanta música con los cascos, porque…
—¿Me echarás de menos?
Yo le devolví la mirada y…, no sé, me sentí fuera de mi cuerpo. Decidí no reprimirme, no decir medias verdades. Recordé lo que decían las chicas: tenía que ser yo misma, decirle la verdad.
—Sí —contesté bajito.
Nico sonrió, tímido, pero sin bajar la mirada. Le aparecieron los hoyuelos en las mejillas.
Nos quedamos callados. Todo estaba quieto, como si el mundo esperara. Estábamos cerca, pero, a pesar de eso, avancé un paso. Él se inclinó un poco. Mi corazón iba a mil por hora, pero yo no me moví del sitio.
Sentí un escalofrío. Nuestros labios se rozaron torpes al principio, apenas un toque. Me hizo cosquillas, me entró la risa, y justo cuando pensé que iba a estropearlo, él me colocó un mechón de pelo detrás de la oreja y me besó de nuevo, más suave.
Fue dulce, nervioso y muy real.
Mi primer beso.
Nos separamos despacio. Tenía calor en la cara y, uf, el corazón a mil. Él también sonreía con las mejillas encendidas.
—Mañana… ¿nos vemos? —susurró Nico.
—No sé si podré… Por la mañana voy al partido de Bel y luego las chicas se quedan a dormir —respondí con un gesto de «ojalá pudiera». Quería verlo antes de que se marchara, y más después de… aquello.
No sé ni cómo podía hablar…
—¿Fiesta de pijamas?
—Sí, para celebrar el trimestre… y el diez en el trabajo de Lengua.
—Bueno, pues nos escribimos —sonrió.
—Claro —susurré.
Nico dudó antes de irse, como si quisiera decir algo más, pero al final se despidió con una sonrisa.
No creí que pudiera subir las escaleras hasta mi habitación, pero lo conseguí. Me tiré en la cama con una sonrisa tonta imposible de quitarme de los labios. Y, por supuesto, un montón de mensajes de Andrea, Noa y Bel.
¡Me temblaban mucho las piernas!
Andrea
Beca, spill the tea.
Bel
¿¿Cómo ha ido??
Noa
No la agobiéis, dejadla respirar.
Noa
Pero cuéntalo cuando estés más tranquila, si puede ser antes de que me vaya a dormir.
Yo
Pues… digamos que ya no me acuerdo de la peli.
Andrea
AAAAAAAAH.
Andrea
Bel
JAJAJA, lo sabía. Golazo.
Noa
Ay, qué bonito.
Andrea
Vale, ¿y? ¿DETALLES, por favor?
Yo
Ha sido…, no sé, raro y genial a la vez. Increíble.
Andrea
Estoy chillando en mi habitación. Cherry me mira raro.
Andrea
Bel
JAJAJAJAJA, lloro.
Yo
A ver…, nos hemos dado un BESO.
Yo
Antes de despedirnos.
Yo
Porque se va al pueblo.
Bel
Andrea
QUÉÉÉÉÉÉ.
Yo
Es que no me lo creo todavía. Hoy no voy a poder dormir.
Noa
BECAAAAAAAAAAAA.
Bel
¿Ha estado bien?
Yo
Sí… Nico me encanta. No puedo dejar de sonreír como una tonta.
Andrea
Mañana nos lo cuentas BIEN.
Yo
Vale.
Bel
Y también me animáis en el partido, ¿eh?
Andrea
¡Obvio!
Yo
Trato hecho. Detalles de la cita, fiesta futbolera y luego pijamada.
Al meterme en la cama, seguía recibiendo mensajes de mis amigas. No podía parar de reír a carcajada limpia con sus comentarios, pero lo hice de golpe cuando me escribió Nico.
Nico
¿Estás dormida?
Yo
Casi.
Nico
Vale…, pues buenas noches entonces.
Yo
Buenas noches.
Nico
Y… gracias por no seguir evitándome.
Yo
Gracias por ser Nico Voltereta Calcetines.
Nico
Jajaja.
Yo
Que duermas bien.
Nico
Tú también, Beca… Que sueñes con unicornios.
Esa noche no había forma de dormir. Habían pasado tantas cosas en tan pocos días que necesitaba ordenarlas, así que apliqué el mantra familiar: «Si no sabes cómo decirlo, escríbelo». Pero esta vez no hice una lista.
¡Normal!
Cuando por fin me entró sueño, me metí en la cama con una idea dándome vueltas sin parar: ojalá pudiera repetir ese primer beso con Nico un millón de veces.