El primer día de mi nueva vida (El caos de Beca 1) Noa
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Noa

—¿Qué tal…? —preguntó muy tímida cuando se acabó la presentación.

—Brutal —comenté yo—. Tengo un amigo al que también le encanta todo lo de audiovisual. Siempre está trasteando con ediciones y cosas así.

—¿Es el del Music Camp ? —curioseó Bel.

—Sí, Pablo. Es este —respondí, enseñándoles una foto de él con la guitarra al hombro.

—Tía, qué guapo —soltó Bel al instante.

—Es majísimo —sonreí—. Con él comparto toda mi parte musical. Me anima un montón con eso. A veces cantábamos juntos en el campamento.

—Jo, qué suerte —dijo Andrea—. A mí me encantaría escucharte.

Las tres me miraron en plan «venga, cántanos algo» y yo me puse roja al instante.

—No canto delante de gente fuera del Music Camp —confesé—. No sé por qué, pero solo allí me sale natural.

Se hizo un silencio corto y vi a Noa juguetear con la cremallera de su estuche antes de sacar el cuaderno azul de la mochila.

—Yo tengo cosas que nunca he compartido con nadie —comentó, sujetándolo entre las manos. Estaba un poco nerviosa, pero sin pensarlo demasiado lo abrió y respiró hondo—. Vale…, ¿os parece bien si lo leo?

—Nos parece perfecto —contestó Bel casi en un susurro.

Noa sonrió, tragó saliva y comenzó a leer.

No sé muy bien cómo empezar esto. Supongo que nunca había escrito algo tan de verdad.

Mi madre no es mi madre biológica. Me adoptó cuando tenía tres años, y, aunque no recuerdo nada de antes, sé que en cuanto llegué a su vida todo encajó.

Nos encanta hacer cosas juntas. Por el contrario, en el cole no hablaba con mucha gente.

No encontraba mi sitio, pero tenía a mi madre y eso me bastaba. Hasta ahora.

Este año es distinto. Por primera vez, tengo un grupo. Un grupo de verdad. No sé si sabéis lo fuerte que es eso. Sentir que alguien te espera para ir al recreo. Que puedes mandar un mensaje y te responden al momento. Que puedes decir que estás mal y te apoyan.

A veces me da miedo. Miedo de meter la pata, de que un día deje de funcionar, de no saber cuidar algo tan bonito.

Pero me gusta cómo somos: imperfectas, distintas, un poco caóticas.

Y me doy cuenta de que no necesito esconderme tanto…

Supongo que eso es lo que significa tener amigas: poder ser tú, sin miedo a que te vean.

Cuando levantó la cabeza, el silencio fue total. Solo se oía el zumbido del portátil y la lluvia fina golpeando la ventana. Noa cerró el cuaderno despacio.

Bel se inclinó hacia ella, le dio un pequeño empujón con el hombro y dijo:

—Te entiendo tanto… —hizo una pausa y bajó la voz—. Yo también tenía un grupo, el de fútbol, pero no era lo mismo. Nos sentíamos unidos por el equipo, pero no hablábamos de cosas tan… profundas.

—A mí me pasa lo mismo —continuó Andrea—, en el conservatorio tengo amigas, pero… cuesta relajarse. Nadie se muestra del todo, pero aquí sí. Siento que puedo ser yo sin tener que hacerlo todo perfecto.

Me quedé mirándolas, sin saber muy bien qué decir.

—Yo tampoco tenía grupo —dije al final—. Solo a Lucy. Y cuando se fue, me quedé sintiendo que me faltaba algo. Pensé que ya no volvería a tener algo igual…, pero ahora os tengo a vosotras y es distinto.

¡Formábamos un grupo increíble!

—Distinto, en plan bien —recalcó Bel, sonriendo.

—Distinto y caótico —rio Andrea.

—Y real —remató Noa.

Nos miramos y nos entró la risa floja, esa que te sale cuando estás a punto de llorar, pero prefieres reírte porque el momento es demasiado bonito para ponerse triste.

Entonces Andrea sacó el móvil y abrió nuestro chat de WhatsApp.

—Vale, esto hay que sellarlo oficialmente.

—¿El qué? —pregunté.

—Nuestra amistad, tía. Se acabó lo del nombre de grupo en WhatsApp: «Trabajo Lengua».

—¿Y ahora cómo se va a llamar? —dijo Bel.

Andrea nos enseñó la pantalla de su móvil:

Nos echamos a reír y aplaudimos sin planearlo.

—Perfecto —aprobó Noa—. Es totalmente nosotras.

—Sí —añadí—. Un caos, pero del bueno.

¡Totalmente!