Sola
Al llegar a casa me esperaba un tupper sobre la encimera, con una nota de mi padre pegada al microondas:
«Tienes macarrones. Reu larga hoy. Te quiero».
Quería que me diera igual que me llamasen la Calcetines, de verdad que sí…, pero dolía. Dolía mucho. Y lo peor era sentir que ya me habían colgado una etiqueta, como si todos supieran algo de mí sin conocerme. Me superaba que se rieran de mí para sentirse especiales, para crecerse…
¿Por qué lo hacían?
Me di la vuelta en la cama, intentando no pensar, pero cuanto más lo intentaba, más vueltas me daba todo. Unos segundos más tarde, el móvil empezó a vibrar:
Andrea
Tía, ¿cómo estás?
Bel
Si quieres mañana te espero en la puerta y entramos juntas.
Noa
O borramos lo del banco del todo, lo que tú prefieras.
Yo
No, ni hablar. No pienso darles el gusto.
Andrea
Ok, pero lo que tú decidas.
Bel
Sí, lo que tú digas, jefa.
Noa
Te queremos.
Son las mejores
Yo
Gracias. En serio, gracias.
Me quedé mirando la pantalla un rato más.
Me notaba los ojos hinchados y la cabeza llena de ruido, pero pensé en mis amigas, en cómo se habían sentado conmigo sin decir nada, en cómo fingían que todo iba bien sin dejar que me apartara: Noa con sus rotuladores, Andrea apretándome la mano, Bel mirando alrededor con cara de querer morder a alguien.
Y me di cuenta de que no estaba sola, de que podía contar con ellas, y de que el instituto sería un mundo completamente distinto sin ellas.
Apagué el móvil, respiré hondo y me prometí que al día siguiente no dolería tanto la estupidez de Celia y sus amigas.
El resto de la semana pasó lentísimo, y eso que solo fueron dos días porque el jueves ya no había clase.
La gente de limpieza había dejado el banco como antes, sin rastro del maldito escrito, como si nunca hubiera pasado.
Pero, aun así, cada vez que alguien se reía, yo no podía evitar pensar que se reía de mí.
No podía evitar pensarlo…
Todo aquello todavía me hizo evitar más a Nico. Intenté no encontrármelo por todos los medios: cambiaba de dirección en el pasillo, daba rodeos absurdos por el patio y fingía buscar cosas en la mochila solo para no cruzarme con su mirada. Y claro, mis amigas no me lo ponían fácil.
—Tienes que hablar con él —me repetía Andrea cada vez que me veía esquivarlo.
—No me apetece nada.
—Pero así al menos sabrías qué le pasa por la cabeza —insistía Noa—. Tienes que dejarle claro que no quieres amigos que sean tan estúpidos como para reírle las gracias a Celia.
—Tía, díselo —remataba Bel—, peor es rayarte tú sola. Me lo has dicho tú a mí mil veces con Jorge.
Razón no le faltaba
—Y tampoco lo haces —le respondía yo.
—Bueno, no es lo mismo, Jorge no quiere hablar conmigo. No compares.
Asentía, como si les hiciera caso, pero en realidad hacía justo lo contrario, porque, parecía aposta, pero cada vez que lo veía de lejos, ahí estaba Celia, pegada a él, riéndose de cualquier cosa que dijera. Me hervía la sangre.
El miércoles, al salir del aula, sentí ese alivio de cuando sabes que algo por fin termina. Tenía un larguísimo fin de semana para resetearme. Ya estábamos despidiéndonos cuando Bel preguntó:
—Chicas, ¿cuándo quedamos para acabar el trabajo?
—Yo mañana me voy con mi padre a la montaña —comenté—, pero el sábado al mediodía ya estaré de vuelta.
—¿Os viene bien después de comer? —preguntó Andrea.
Me acordé de que el sábado, en teoría, también había quedado con Nico, pero ahora ya me daba igual. O al menos quería que me diera igual.
—Perfecto —concluyó Bel. Yo asentí.
Nos despedimos en la puerta del insti. Andrea me abrazó rápido, Bel me dio un golpecito en el brazo y Noa me sonrió.
—Desconecta un poco, ¿vale? —dijo.
—Lo intentaré —respondí.
Salí rápido para no perder el autobús, que ya estaba doblando la esquina.
Pensaba que me ahorraría el mal trago justo cuando Nico cruzó por delante de mí en su bici.
El corazón me latía tan fuerte que parecía querer salirse del pecho.
Era imposible fingir que no lo veía, así que, cuando empezó a frenar para saludarme, bajé la mirada, lo saludé con un gesto mínimo y seguí andando como si nada.
Por dentro estaba temblando.