El primer día de mi nueva vida (El caos de Beca 1) Team Beca
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El lunes, cuando llegamos al recreo, Andrea se acercó con una expresión rara.

—Eh… Beca —dijo bajito, tocándome el brazo y mirando hacia nuestro banco.

Seguí su mirada y lo vi: en el respaldo, alguien había escrito con rotulador negro:

No podía ser verdad

En un segundo, sentí que me quedaba sin aire, que el suelo se movía, que se me encogía el estómago y que todo el ruido del patio se detenía de golpe.

—Esto tiene nombre y apellidos —afirmó Bel, apretando los puños—. Voy a hablar con Celia, a ver quién se cree que es.

—Ni se te ocurra —saltó Noa, rápida—. Eso es justo lo que quieren.

Andrea asintió.

—Si te enfadas, les haces el favor.

—Pues que se vayan preparando —murmuró Bel—, porque esto no se quedará así.

Estaba completamente en shock…

Yo me quedé quieta, intentando que no se me notara el temblor en las manos, con el corazón a mil. Forcé una sonrisa, me tragué mi orgullo e intenté hacer ver que no estaba para nada afectada. Me senté en el banco.

—No pienso darles el gusto —dije, aunque la voz me salió rara, como si no fuera mía.

Claro que importaba. Notaba el escrito justo detrás, como si me empujara entre los omóplatos.

Andrea se sentó a mi lado sin decir nada.

Noa y Bel la siguieron y enseguida se pusieron a hablar y reír como si se tratase de un recreo más, como si el banco nunca hubiera tenido nada escrito.

Andrea empezó a contar algo absurdo del profe de Matemáticas, Bel soltó una carcajada demasiado alta y, no sé, solo con eso notaba como si estuvieran diciendo «tranqui, que estamos aquí».

Entre tonterías y disimulos, Noa sacó su estuche de rotuladores de la mochila y empezó a tunear el banco.

Yo miraba el reloj cada dos minutos y fingía reírme. Lo único que quería era que sonase el timbre y se acabase aquel maldito recreo de una vez.

Cuando sonó nos levantamos, haciendo ver que no teníamos prisas. Nos pusimos las mochilas, Noa guardó el estuche y nos hizo una seña para que mirásemos lo que había hecho con el mensaje del banco. En la cara me apareció una mueca parecida a una sonrisa.

Bel me guiñó un ojo, Andrea me tocó el hombro y Noa levantó el pulgar.

«Puedo con esto», pensé, «con esto y con todo, porque las tengo a ellas».

El resto del día fue raro. En clase de Historia fui incapaz de concentrarme; me limité a copiar lo justo, a mirar por la ventana y a fingir que todo estaba bien.

Al terminar las clases, recogí despacio. Bel se quejó sobre lo pesadas que se habían hecho las últimas horas, Andrea me esperó en la puerta y Noa apareció corriendo porque casi me dejo el abrigo en clase.

—Te acompaño al bus —dijo Bel.

—Sí, vamos todas —añadió Noa, sin darme opción a decir que no.

En la parada se quedaron conmigo hasta que llegó el autobús.

—Nos escribes cuando llegues, ¿vale? —dijo Andrea.

—Estamos 24/7 —añadió Bel.

Noa sonrió, como para darme ánimos. Yo asentí y subí al bus. Cuando arrancó, me vi reflejada en el cristal y me vino a la cabeza el primer día en la puerta del instituto, cuando llegaba tarde… Era la misma cara de agobio, solo que esta vez tenía muchas más ganas de llorar.