La cicatriz
El domingo fue uno de esos días en los que no apetece salir del pijama: hacía mucho frío, olía a lluvia y, encima, mi padre estaba preparando chocolate caliente… ¿Qué más se podía pedir?
Estuve toda la mañana tocando el piano y pensando que mi madre estaría en casa en unas pocas semanas. ¡Qué ganas!
Grabé un vídeo tocando y se lo envié con un mensaje: «Te echo de menos, mamá».
No tardó ni un minuto en llamarme:
—Ay, mi vida, ¡qué bonito suena! —dijo con esa voz que siempre me hace sonreír—. ¿Eso lo has compuesto tú?
—Más o menos —contesté—. Pablo me mandó unos acordes y estuve probando cosas.
—Está precioso. Me encanta escucharte así —hizo una pausa y añadió—: ¿Qué tal el fin de semana? ¿Qué tal ayer con tus amigas?
—Pues genial. Tengo muchas ganas de que las conozcas.
¡Se caerán genial!
—Ya queda nada, Beca. Muy poquito.
Al colgar sonreí, mirando la pantalla. Caí en que todavía no le había contado nada sobre Nico. Me ponía nerviosa cómo podía reaccionar y qué opinión tendría de él. Si ni siquiera yo tenía una idea de quién era…
No me salía decírselo…
Después de comer me puse a ordenar un poco mi cuarto y es que, desde que me pasaba casi todo el tiempo en el garaje, lo tenía un poco abandonado. Justo cuando estaba terminando empecé a oír unos ladridos afuera.
—¡Beca! —me llamó mi padre desde el jardín—. Hay un chico con cinco perros que pregunta por ti.
¿¿WHAT??
El estómago me dio un vuelco: ¿Nico? ¿Con cinco perros? Me puse a buscar ropa entre el caos de mi habitación: no me apetecía que me pillara, otra vez, con una sudadera vieja y el pelo en plan espantapájaros.
—¿Beca? ¿Qué le digo? Está esperando…
¡¡No, por favor!!
Resoplé, me puse lo primero decente que pillé, me hice una coleta que disimulaba un poco los enredos, respiré hondo y bajé las escaleras con el corazón a mil.
Allí estaba Nico, con cinco correas enredadas entre los brazos y su sonrisa con hoyuelos. En cuanto abrí la verja, todos los perros —menos una galga altísima que me miraba de arriba abajo como evaluándome— se lanzaron hacia mí sin pensarlo.
—Eh, chicos, despacio —rio Nico—, que la vais a asustar.
—¿Asustar? —dije mientras una cachorra con una mancha blanca en la frente me lamía la nariz—. ¿Cómo voy a asustarme de esta cosita?
—Ella es Samba —dijo, pasándome su correa—. Pasaba porque… quería preguntarte si te apetece venir al parque con nosotros.
Dudé un segundo, pero la verdad es que me apetecía un montón. Me negué a oír la voz negativa de mi mente, que me recordaba que Nico era amigo de Celia, y di un paso adelante.
—Vale —contesté, intentando sonar natural.
El resto del equipo eran Menta, la galga desconfiada; Bongo, un bulldog que parecía vivir en cámara lenta; Pistacho, un mestizo atigrado con muelles en las patas; y Canela, una veterana bajita de orejas caídas.
—Nuestro barrio mola —comentó Nico mientras echábamos a andar—. El parque está un poco dejado, pero me gusta que la gente se salude, que todos se conozcan. Llevo aquí poco más de tres meses y ya me llaman por mi nombre en todos lados.
—Sí, es como un pueblito —respondí.
—Se parece al mío, pero sin vistas al campo —dijo.
Lo miré, preguntándome qué tipo de pueblo sería, y él se animó a seguir charlando—: Mi abuela tiene una casa en un pueblo pequeñísimo, con caminos de tierra y gallinas que se creen las dueñas de todo.
Los veranos los paso allí y siempre vuelvo con energías renovadas y las piernas llenas de picaduras.
Nico siguió dándome detalles de su pueblo, del que hablaba con cariño, y me comentó que volvería en las vacaciones de Navidad. Me gustó que echara de menos esa parte de él, pero que también le alegrara haberse mudado. Nico parecía incapaz de tomarse las cosas de forma negativa.
¡Ojalá yo!
Nada más entrar en el parque, Pistacho y Samba decidieron que yo era su juguete favorito y en dos segundos tenía las correas liadas alrededor del cuerpo.
—¡Noooo! —grité, intentando no caerme.
Samba se coló entre mis piernas, perdí el equilibrio y me agarré a Nico justo cuando él intentaba soltar a Pistacho.
«Al menos no nos hemos caído», pensé justo cuando Menta, la galga, tiró con fuerza.
Después de un par de vueltas torpes, acabamos cayendo en plancha sobre la hierba, con las caras pegadas.
Estábamos tan cerca que sentí su respiración y el corazón se me volvió loco.
Por suerte, en vez de apartarse corriendo o morirse de vergüenza, a Nico le dio un ataque de risa que me contagió.
—¿Estás bien? —preguntó entre carcajadas.
—Creo que sí —dije, desenredándome las correas.
Aún estábamos sentados en la hierba cuando me fijé en una pequeña cicatriz en su ceja.
—¿Y esa marca? —pregunté.
—Ah, esta —comentó, tocándosela—. Me la hice con ocho años. Estrenaba bici, me lancé por una cuesta y me comí una piedra. Volé por los aires y acabé con la ceja abierta. Desde entonces, en el pueblo me llaman Nico Voltereta.
—Pobre —respondí medio riéndome—. Pero me encanta el apodo.
Nico se encogió de hombros y me dedicó una sonrisa pícara.
—Bueno, si a ti te gusta, presumiré de él.
Después de decir aquello, Nico apartó su mirada de la mía y se puso a observar a los perros, que iban a su bola.
Por un instante, pensé que aquel domingo sería el mejor día de diciembre.