El primer día de mi nueva vida (El caos de Beca 1) Bel
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Bel

—Bueno…, he escrito algo —dijo casi en un susurro.

No sé cómo escribir estas cosas. No soy de contar lo que siento. Soy más de hacerme la fuerte. Y hasta hace poco, la verdad, aparte de hacérmelo, pensé que lo era.

No es por nada en especial. No me siento presionada o mal cuando comparto lo que siento.

Pero me hace sentir incómoda, como si fuera un papel que no me toca.

Así que me trago las lágrimas, aprieto los dientes y me repito: «Tú puedes con esto, hay gente que pasa por cosas peores».

Y me pongo esta especie de coraza que me sirve para actuar como si nada me doliera y todo me resbalara.

Últimamente las cosas han cambiado un montón.

Me siento muy triste muchas veces. Y ahora lo sé: no soy invencible.

A veces, me gustaría no ser «la fuerte» todo el rato.

Quiero aprender a quitarme la coraza sin sentirme débil.

A hablar con mis nuevas amigas sin mi coraza y agradeceros por estar ahí, aguantando esta distancia que pongo a veces.

No sé qué hubiera sido de mí este curso sin vosotras.

Al terminar, Bel nos miró con los ojos enrojecidos.

Noa fue la primera en abrazarla y enseguida la seguimos Andrea y yo, rodeándola, sosteniéndola con ese gesto.

Ella suspiró y sonrió con timidez, sorprendida de haberse mostrado tal como era.

—Tía —le dije sonriendo—, yo creo que una es más fuerte cuando dice lo que siente.

—Tú siempre tan filosófica —contestó la Bel de siempre.

Y nos echamos a reír.

—Bel, tía…, cuéntanos, sin coraza, y solo si quieres —le sugerí, aprovechando el momento—, ¿qué pasó con Jorge?

Bel se pasó una mano por la cara y respiró hondo.

—Antes del verano… nos dimos un beso. Y estuvo súper, pero me quedé rayadísima, porque era él, ¿sabes?

Mi amigo de siempre. Y me dio miedo… Pensé que eso lo iba a liar todo, que yo lo que necesitaba era que siguiera siendo mi colega, el de cada entrenamiento, el de todos los partidos, yo qué sé…

Así que, como soy idiota, hice lo que mejor se me da: hacer como si nada y callarme.

Ostras…

Se quedó un instante en silencio, mirando al suelo y puso una sonrisa triste.

—Al final, se estropeó igual. Ahora apenas me habla, como si todo le diera igual, y eso… duele, uf, sí duele —admitió, tratando de contener las lágrimas.

—Bel, te entiendo tanto… —susurré, abrazándola—. Yo aún no sé dónde colocar lo de Lucy. Es una mierda…

Bel asintió y me apretó con fuerza.

—Chicas… —dijo Noa—, al menos vosotras habéis tenido algo así, una amistad que valió la pena. Yo nunca he tenido a nadie tan cerca.

—Y yo casi tampoco —añadió Andrea, menos dramática—. Entre el conservatorio y los ensayos, no me da para más.

Nos quedamos en silencio unos segundos, pensando en lo diferentes que éramos y, a la vez, que eso seguramente nos había acercado.

A punto de salir del garaje, Noa se quedó mirando el cuaderno azul, toqueteando el candado roto, pensativa.

—¿Puedo llevármelo? —preguntó al fin.

Las demás sonreímos. No hacía falta decir nada: queríamos saber qué quería contarnos.

—Os acompaño hasta la parada —dije, apagando las luces del garaje —. Así me despejo después de tanta intensidad.

—¿No será que quieres encontrarte con alguien? —bromeó Bel, dándome un codazo.

Ja, ja…

—Qué va —hablé bajito—. Estoy rayada con Nico… Es verdad que es majísimo, pero siento como que no lo conozco del todo, no sé… ¿Y si él también se ríe a mis espaldas?

—Ni de coña, Beca —contestó Bel, poniendo los ojos en blanco—. Ese chico no tiene nada que ver con ellas.

En ese momento el bus dobló la esquina y las tres se despidieron a la carrera.

De vuelta a casa, iba pensando en preparar algo rico con papá, ver una peli, dejar la mente en blanco y pasar de los calcetines.

Calma, Beca…