La Calcetines
Y llegó la primera excursión de todo primero. Era viernes e íbamos a visitar una exposición sobre Roma en un museo que estaba a media hora caminando. A mí no me apetecía nada pasar un día entero con Celia y su séquito, por más que estuviera Nico… o, a lo mejor, por eso mismo.
¿Por qué se juntaba con ella?
De camino, Jorge ignoró a Bel y pasó de largo.
Ella iba delante de mí, y, sin verla, podía imaginarme perfectamente su cara.
Iba a decirle algo justo cuando oí que alguien me saludaba: era Nico, que me sonreía.
El corazón se me aceleró y lo saludé de vuelta, pero unos compañeros suyos lo llamaron y él se despidió rápido.
Durante la exposición, él estuvo al principio con su grupo, pero al oír a Noa explicarme algo sobre las esculturas romanas se acercó curioso y se puso a nuestro lado.
—Sabéis… —empezó a decir. Noa me alzó una ceja, divertida, y yo quise darle un pisotón amistoso, pero de pronto estábamos todos escuchando a Nico.
No iba de listillo, para nada; simplemente sabía un montón de historia y era guay escucharlo.
Noa y Andrea estaban encantadas con él y, aunque intentara disimularlo, yo también.
Me gustaba que se acercara a nosotras, como si estuviera cómodo con nuestro grupo.
Bel, en cambio, lo escuchaba a medias y caminaba seria, intentando disimular la decepción por lo frío que había estado Jorge con ella.
Verla así me descolocó: ella, la que siempre parecía una roca, la que le plantaba cara a todo, la que siempre tenía una broma preparada, tenía los ojos brillantes y un gesto de rabia contenida.
Paramos a almorzar en una plaza en la que nos fuimos repartiendo entre los bancos, el suelo y los portales.
Nico acabó sentado a mi lado, junto a mis amigas y algunos de 1.
º A. No sabía si había sido casualidad o si él les había convencido de sentarse cerca para seguir charlando.
Noa, Andrea y Bel se quedaron hablando, dándonos espacio, y se lo agradecí un montón.
Nico sacó su bocata de la mochila y, al hacerlo, se le cayeron unos papeles al suelo.
—Ah, mira —dijo, mostrándomelos.
—¿«Cuidador de perros»? —leí en voz alta.
—Sí —respondió—. Me encantan los perros y he pensado que puede ser una forma de sacarme algo de dinero.
Sin poder evitarlo, sonreí. Que le gustaran los perros era algo que, no sé, lo acercaba a mí de manera especial.
—Me parece un planazo, Nico. A mí también me encantan. Llevo toda la vida pidiéndoles a mis padres que adoptemos uno.
Nico sonrió y arrancó una de las tiritas del cartel.
—Ten —dijo, dándomela—, por si sabes de alguien que necesite paseador… o por si quieres escribirme.
¡¿QUÉ?!
Me quedé paralizada, con el papelito en la mano. Tragué saliva. Sin embargo, vi que Bel se apartaba del grupo de pronto. No pude ignorarlo: parecía muy agobiada.
—Ahora vuelvo —murmuré y fui tras ella.
Noa y Andrea me miraron, pero les hice un gesto con la mano de «tranquis, ya voy yo».
—Ey, ¿qué pasa? —pregunté, acercándome.
—Nada —contestó, girándose para limpiarse las lágrimas con la manga.
—No lo parece…
—Jorge ahora pasa de mí —soltó sin mirarme—. De mí y de todo, vaya, incluso del fútbol.
Su voz sonaba seca, como si intentara disimular lo dolida que estaba.
—¿Me quieres contar qué te pasó con él?
—¿Para qué? Si eso ya da igual —dijo, evitando mi mirada. Se tomó un par de segundos para calmarse y volvió al grupo transformada en la Bel de siempre.
Me quedé quieta, entendiendo que, seguramente, a Bel no le era fácil abrirse con los demás. Solo esperaba que algún día pudiera contárnoslo, para apoyarla tanto como ella nos apoyaba.
A las tres menos cuarto ya estábamos de vuelta en el instituto.
Algunos nos quedamos charlando en la entrada hasta que a las tres sonó el timbre y empezó a salir todo el mundo del edificio.
Entonces sucedió. Bel y Andrea ya se habían ido; Noa y yo estábamos hablando de unos rotuladores que le encantaban y, de repente, oímos una voz a nuestras espaldas:
—Sí, sí, estaba hablando con la Calcetines.
Noa se giró indignadísima, tan rápido que casi tropieza, pero no vio quién lo había dicho. Había gente por todos lados y el murmullo del pasillo lo mezclaba todo. Tal vez fueron tres chicas que pasaron riéndose, tal vez una amiga de Celia que hablaba con un chico.
Yo me quedé congelada, como si me hubieran echado un cubo de agua helada por dentro. La Calcetines. ¿En serio? ¿Hablaban así de mí en 1.º A? Me agobié mucho. Sin decir nada, Noa me cogió de la mano y me acompañó a la parada del bus.
Allí vimos a Nico con algunos de su clase. Y yo… yo me quedé quieta. No quería que me viera, no quería subir al mismo bus que él. ¿Y si él también me llamaba la Calcetines? ¿Y si sabía que me llamaban así y se reía con los de su clase?
Noa, que ya sabía leerme la cara, se quedó conmigo hasta que todos desaparecieron.
—¿Estás bien?
—Otra vez los malditos calcetines… ¿Cómo puede ser?
—Porque son idiotas, Beca —dijo Noa tan enfadada que ni parecía ella—. No merece la pena que les dediques ni un segundo más.
—Todo es una mierda.
—Venga, tía, no digas eso solo porque esas te hayan puesto un mote cutre.
—¿Y si él también me llama así?
—Qué dices, Beca… — Noa sonrió un poco—. Yo creo que Nico te aprecia bastante.
Noa me miró con una sonrisilla, pero no fue suficiente. Nos despedimos con un abrazo y yo subí al bus. Me senté junto a la ventana y saqué del bolsillo la tira con el teléfono de Nico; al mirarla sentí un cosquilleo raro en el estómago.
Pf, es que vaya situación…
Ojalá Noa tuviera razón.
Guardé el número en mis contactos.
En casa seguía rayada y, mientras merendaba, abrí el chat del grupo y comenté lo sucedido.
Andrea
¿Perdona? ¿Qué les pasa a esas? Qué rabia.
Noa
Solo saben meterse con la gente.
Bel
Qué pesadas… Están tan aburridas que se dedican a eso.
Suerte que las tengo a ellas
Andrea
Literal. Que se busquen un hobby o algo.
Andrea
Pero, oye, Beca…, ¿tú estás bien?
Bel
Sí, tía, en serio. ¿Te has agobiado?
Yo
Un poco, la verdad.
Noa
Igual mañana ni se acuerdan, ya verás.
Bel
Ojalá. Pero si no se cansan, les digo cuatro cosas, palabrita.
Andrea
¡Me sumo, Bel! No estás sola, ¿vale?
Yo
Lo sé. Gracias, de verdad. Sois lo más.
Noa
Calcetines power.
Yo
Jajaja, callaos.