Andrea
Las chicas llegaron dispuestas a trabajar a tope.
—Son preciosas, me encantan.
A partir de ahí, sacamos carpetas, libretas y rotuladores y nos pusimos manos a la obra. Lo primero fue elegir a nuestro personaje entre todas las propuestas que teníamos: una deportista, una escritora, una astronauta…
—¡Ya lo tengo! —exclamó Noa, dejando su cuaderno sobre la mesa—. Una científica que descubre un antídoto para acabar con la falta de empatía.
—¿El qué? —preguntó Bel, arqueando una ceja.
—Empatía —explicó Noa—: saber ponerse en la piel de los demás.
—Sentir lo que les pasa a los otros sería muy fuerte… —comenté.
—Sería el fin de la maldad, ¿no?
—Y de los insultos, y del bullying …
—El antídoto —siguió Noa— haría que la gente, antes de hablar mal de alguien, sintiera la emoción del otro.…
—Me gusta —dijo Andrea—. Podríamos inventarnos cómo fue el descubrimiento.
—Y hacer una presentación guay, con imágenes de cosas que nunca pasarían si la gente fuera empática —dijo Noa.
—Decidido —concluí, encantada con la idea.
La tarde se nos fue entre ideas locas, garabatos y tachones. Al final, terminamos hablando de todo un poco, incluido Nico, claro. Y Bel y Noa se empeñaron en salir «para ver si nos lo cruzábamos».
Obviamente, ¡no las dejé!
Todas estábamos de risas, la verdad… menos Andrea, que hacía rato que andaba un poco seria. De repente, sacó el cuaderno azul de su mochila y lo abrazó fuerte, cogiendo aire.
—¿Puedo leer algo? Es… una cosa que he escrito.
No paraba de mover nerviosamente la pierna; le puse la mano encima, como diciéndole «tranqui, estamos contigo» y comenzó a leer con la voz un poco temblorosa.
Hoy he sentido que me iba a romper, literalmente. A veces no puedo más…
En mi casa hay una lista invisible de cosas que tengo que hacer sí o sí: sacar las mejores notas, ensayar más, no quejarme nunca… Y lo intento, de verdad, pero por dentro me rayo porque parece que nunca es suficiente.
Tengo miedo de fallar a mis padres, así que me callo. Pero callar también cansa. Intentar ignorar cómo me siento me duele.
¿Y si no quiero estudiar Medicina? Ni siquiera sé si me apetece seguir en el conservatorio. Aunque sea lo que ellos esperan de mí… A lo mejor necesito probar algo distinto; algo que, por una vez, haya elegido yo.
Ojalá, algún día, mi madre me pregunte: «¿Qué quieres hacer?» con sinceridad. Y ojalá yo sea capaz de decir la verdad sin miedo a que no le guste mi respuesta.
En la última frase, su voz se quebró un poco y ninguna de nosotras se atrevió a hablar hasta que nos miró.
—Andrea… —susurré—. Es precioso.
—Yo creo que deberías leerles esto a tus padres —añadió Noa, casi en un susurro.
—No puedo… —murmuró Andrea.
—Bueno, no tienes por qué hacerlo ahora. El primer paso es decírtelo a ti misma. A lo mejor más adelante sí que puedes decírselo a ellos —respondió Noa.
—Sí… La verdad es que ahora me siento mucho mejor —dijo Andrea, limpiándose las lágrimas con la manga. Se me rompió el corazón al verla así; quería ayudarla fuera como fuera.
—Tía, no puedes estar toda la vida haciendo lo que quieren los demás —salté, abrazándola sin pensarlo—. Es tu vida, no la suya, punto.
Literal…
Acabamos las cuatro metidas en el mismo abrazo y sentí que estábamos ahí de verdad, una al lado de la otra, y que, de alguna manera, eso bastaba. Que, teniéndonos, podíamos atrevernos a ser nosotras mismas.
—No me dejéis ser perfecta todo el rato —pidió Andrea, mirándonos—. Si me veis apretándome demasiado la coleta, paradme, si empiezo a ordenar el estuche por colores en mitad de una merienda, dadme una colleja…
Nos echamos a reír y el ambiente se soltó un poco.
Cuando oscureció, encendimos las luces que había traído Andrea. Las habíamos puesto alrededor de la ventana, cerca del piano, y quedaban genial. Seguimos hablando hasta más tarde, y creo que todas nos quedamos con una sensación agradable en el pecho, sintiendo que estábamos en casa.
Cuando salimos del garaje, Bel cogió el cuaderno azul como si fuera a guardarlo en la estantería, pero dudó.
—Chicas… —preguntó bajito—. ¿Puedo llevármelo yo?
Sonreímos como respuesta.