Lluvia
El viernes, el cielo anunciaba un chaparrón épico. Me puse una sudadera con capucha y los cascos para escuchar en bucle la canción que mi madre me había enviado esa mañana.
Al llegar a la parada del bus, el corazón se me paró en seco: Nico estaba apoyado en la marquesina, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida en algún punto del suelo. En cuanto me vio, sonrió con sorpresa, y yo noté como si me hubieran cambiado los huesos por gelatina.
—¿Tú aquí? —dije, intentando sonar casual.
—¿Y tú? —respondió con media sonrisa—. Voy a empezar a pensar que me sigues.
Ay, no…
—Qué bobo —contesté un poco cortada—. Pensaba que eras de los que van en bici incluso cuando caen meteoritos.
—Mmm, eso aún no lo he probado. —Se rio—. Por mí lo haría, pero a mi madre no le hace ninguna gracia que vaya en bici lloviendo. No quiere que me pase como el primer día de clase.
Subimos al autobús. Yo iba primera, así que fui hacia el final, y mi corazón dio un vuelco al ver que Nico se sentaba a mi lado.
—¿Qué escuchas? —preguntó, señalando mis cascos.
—Una canción que me ha mandado mi madre —expliqué—. Vive fuera por trabajo y, no sé, es su forma de estar cerca. Me manda una canción cada mañana.
—Qué bien —dijo sincero—. La mía no me manda canciones, pero sí unos memes horribles.
—Eso también cuenta —reí.
Me puse el pelo detrás de la oreja y Nico siguió el gesto con la mirada.
—¿Y qué tal en tu nueva ciudad? —pregunté, nerviosa.
—Muy bien, la verdad. Y el cambio de instituto, genial. Este está más guay. Y encima estás tú —contestó tan normal, y yo me quedé dudando por si lo decía en broma o en serio.
—¿Echas de menos tu vida de antes? —dije cambiando de tema.
—Un poco, vivíamos en un pueblo pequeño, con calles estrechas y casas de piedra. Allí todo el mundo se conocía. Jugábamos a fútbol en la plaza y en verano nos bañábamos en el río. Pero mi madre quería un cambio de aires… y a mi hermana también le encanta esto.
—¿Y tu padre? —pregunté, y, al ver su expresión, pensé: «Muy bien, Beca, aplauso por bocazas».
Soy una bocazas…
—Mi padre murió hace dos años —respondió bajito.
El bus se había llenado de gente, pero por un momento todo sonó a silencio. Yo iba a soltar el típico «lo siento», pero él levantó la mano como diciendo «tranqui».
—No te disculpes —sonrió, pero de otra manera, como más frágil—. Prefiero que lo hayas preguntado. Venga, de verdad, no te preocupes. Sonríe.
—Pero…
—Sonríe —dijo, llevando las manos a las comisuras de mi boca.
—Vale —cedí, siguiendo el gesto de sus dedos y poniendo mi mejor sonrisa forzada.
—Lo haces fatal —bromeó mientras me imitaba y los dos nos echamos a reír.
Nos quedamos un momento mirándonos a los ojos y fue, no sé, si me pongo muy cursi, diría «un momento mágico» en el que mis latidos debían escucharse en mil kilómetros a la redonda.
Seguimos charlando; yo me moría de ganas de saber más de él y sentí que me soltaba un poco.
En realidad, era fácil estar con él. Se interesaba por mí; me preguntó por mis padres, si siempre había vivido en el barrio…
hasta que bajamos del bus y nos encontramos con Celia.
—¡Nico! —dijo, ignorándome por completo. Ni un hola, ni una mirada. Cero.
—Ey —saludó él, mientras ella se colocaba a su lado, pegadísima, dejándome fuera de la conversación.
Yo me quedé un paso por detrás, haciendo como que miraba el móvil y, entre el bullicio de la entrada al instituto, me fui alejando poco a poco. Nico se despidió con un gesto.
En el recreo, Andrea nos comentó que estaba un poco agobiada con el trabajo de Lengua.
—Chicas, si no nos ponemos ya, no lo terminaremos ni de broma. Luego empiezan otra vez los exámenes…
—Pues mañana tarde de garaje en mi casa —propuse.
Así alegraba los ánimos
Salí de clase, no sé si ilusionada, nerviosa, o las dos cosas a la vez, pensando que igual coincidía con Nico en el bus.
Cuando me acerqué a la parada, mi ilusión se desinfló: Nico estaba allí, pero otra vez rodeado de Celia y sus amigas.
Debía de estar contándoles algo muy gracioso, porque todas se reían a coro.
«Paso», pensé y, como una tonta, me escondí detrás del quiosco hasta que llegó el siguiente bus.
Esa tarde me la pasé tirada en el sofá, intentando escribir algo que no fueran frases sueltas.
Desde que Andrea nos leyó lo que yo había escrito sobre Lucy, quería transformarlo en una canción…
, pero nada. Cero inspiración. Al menos tenía el consuelo de las chicas, que no paraban de hablar en el grupo.
Andrea
Chicas, no siento los pies, las puntas nuevas me están torturando.
Bel
JAJAJAJA, ¿pero no era que las bailarinas sois delicadas y elegantes?
Andrea
Yo no.
Noa
A mí me duele solo de pensarlo.
Yo
A mí me duele la cabeza de tanto escribir. Llevo dos horas con frases random y no me sale nada bonito. Voy a salir a que me dé el aire.
Bel
Traducción: a ver si veo pasar a mi vecino.
En realidad, un poco sí…
Yo
¡Callaaaa!
Andrea
¿Vecino detectado? JAJAJA.
Yo
Para nada. Voy a buscar inspiración.
Noa
Jajaja. Qué poética.
Bel
Yo voy al entrenamiento, ¡¡¡que llego tarde!!!
Andrea
Que marques mil goles.
Noa
Y que no te rompas nada.
Bel
Gracias, sois unas cracks.
Andrea
Oye, recordad: mañana en casa de Beca, sí o sí.
Yo
Confirmado. Traed ideas y buena vibra.
Yo
Y Noa, puedes traer galletas de tu madre, si te sobran.
Noa