El primer día de mi nueva vida (El caos de Beca 1) No puedo con todo
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No puedo con todo

Desde que sabía que Nico iba a mi insti era incapaz de ir empanada por los pasillos. Quería que nuestro tercer encuentro no fuera como los dos anteriores, y no me pillara en mi mundo, despistada y con cara de zombi.

—Beca, tía, no seas tonta, acércate de una vez.

—Sí, claro, para que piense que lo estoy stalkeando .

—Pero, Beca, tía —dijo Noa—, si os lleváis bien. Y ha sido él quien ha empezado la conversación las dos veces que habéis hablado, por cierto…

—Paso; además, siempre está con gente —contesté.

—Ya, pero podrías saludarle igual —sugirió Andrea.

—Ni de broma, y menos si está Celia.

Aquello de ir por el instituto como si fuera un agente secreto no duró mucho, porque unos días más tarde, cuando salía de clase de plástica, distraída mientras guardaba unos dibujos en la carpeta, doblé la esquina y casi choqué con él.

—¡Beca! ¡¿Qué haces aquí?! —exclamó alucinado.

—¿Nico? —exclamé yo. Me sorprendió verlo ahí; mi cabeza daba vueltas, pero intenté parecer convincente—: ¡¿Qué haces tú aquí?!

Vaya cuadro

—Pues ir al insti.

Él sonrió incrédulo. Yo estaba un poco cortada, pero él parecía no notarlo.

—Qué fuerte, Beca. En serio…

Nico seguía mirándome y yo… yo intentaba no parecer ni demasiado nerviosa, ni demasiado emocionada, ni demasiado nada. Me fijé en sus ojos, preguntándome si los había visto tan de cerca. Eran marrones como los recordaba, pero con un toque verdoso, y las pestañas…

¿Yo? ¿Tranquila?

Agarré la mochila con más fuerza. Casi todo el mundo había entrado en clase, y él y yo estábamos prácticamente solos en el pasillo.

—Me alegra un montón verte aquí. ¿Nos vamos viendo? Qué fuerte que no nos hayamos visto hasta ahora, ¿no?

—Pues sí —respondí con una media sonrisa y continué mi camino como si el corazón no se me estuviera saliendo del pecho—. Nos vemos. ¡Chao!

Podría haber dicho «a mí también me alegra verte» o «¿sabes que tu idea para el garaje me inspiró un montón?», pero no lo hice porque soy así: la reina del momento perdido.

Le saludé con la mano y me volví, notando su mirada en mi espalda.

Ese mismo día, nos dieron las notas de los exámenes de la evaluación inicial.

A mí me fue bien. Normal, sin dramas. A Noa y a Bel, más o menos igual.

Bueno, a Bel, en inglés, mal. De hecho, lo había suspendido, pero ella se lo esperaba y se lo tomó a risa.

La que no se lo tomó bien fue Andrea; no entendíamos nada: había sacado sobresaliente en todo menos en Lengua, que tenía un siete.

—Un siete —repetía con cara de funeral.

—Pero si está genial —decía Noa, sin entender el drama.

—No. No está genial. No para mí. Mi madre va a pensar que me he relajado, que no estoy al cien por cien, que ya me he distraído, que…

Sonó el timbre de final de clase y Andrea guardó los apuntes tan rápido que ni la vimos levantarse. Nos miramos y salimos detrás de ella.

La encontramos en el baño, frente al espejo, con las manos apoyadas en el pecho y los ojos llenos de lágrimas. Respiraba entrecortado, como si le costara coger aire.

—Andrea… —empecé a decir, pero ella negó con la cabeza.

—No puedo. No puedo con todo.

—Andrea, calma, respira… —dijo Bel, poniéndole una mano en el hombro.

—Estamos aquí contigo —le aseguró Noa, tomándola de las manos—. Respira, respira hondo…

Andrea le hizo caso y, poco a poco, su respiración se fue calmando.

—Gracias —murmuró con la voz todavía temblorosa—. Es que… a veces siento que, si no soy perfecta, todo se va a ir al traste. Un siete, en casa, es un desastre; no lo van a entender.

—Pues que no lo entiendan si no quieren —respondió Bel.

Qué injusto…

Andrea se secó las lágrimas con la camiseta y, sin pensárselo, nos abrazó muy fuerte.

Y justo en ese momento, lo sentí clarísimo: dejamos de ser solo compañeras y pasamos a ser algo más, un equipo o, no sé, algo que empezaba a parecerse mucho a una amistad de verdad. De las que dejan huella.