Hablar de lo que sientes
Las chicas llegaron el domingo a las cuatro en punto. Bel y Noa venían juntas, riéndose, y coincidieron con Andrea, que acababa de bajarse del coche de su madre. Saludaron a mi padre y bajamos las escaleras del jardín hablando todas a la vez.
—¡Guau! —soltó Bel nada más asomarse al garaje.
—Tía, qué chulo —dijo Andrea.
—Aquí dan ganas hasta de ser buena estudiante —añadió Bel, toqueteando todo como si estuviera en un museo.
—En esta pared iría genial un corcho —apuntó Noa—. Y unas luces de bolitas.
—Yo tengo unas que quité de mi cuarto. Te las traigo —sugirió Andrea.
—¡Gracias! Las podríamos poner en la ventana —propuse.
—Me encanta la luz —comentó Noa—. Es perfecta para dibujar.
—Y también para el trabajo de Lengua —remató Andrea insinuando que era el momento de sacar las libretas.
Nos acomodamos alrededor de la mesa y empezamos a proponer ideas.
Al principio costó centrarnos porque Bel no paraba de hacer chistes y nos reíamos todo el rato, pero poco a poco nos fuimos organizando.
Entre bromas y propuestas, un par de horas después ya teníamos un esquema de por dónde queríamos tirar con el trabajo.
Justo cuando debatíamos sobre la profesión de la protagonista, apareció mi padre con una bandeja.
—Hola, chicas. Traigo tarta de queso casera, por si os apetece.
—¡Sí! —gritamos todas.
Montamos un pícnic improvisado en la alfombra. Comimos, reímos y hablamos de música, pelis y cosas random , hasta que, en un momento, Andrea se levantó a buscar la mochila que había dejado en el sillón y, de camino, se puso a curiosear las estanterías.
—Tienes un montón de cuadernos.
—Me los regala mi madre —contesté—. Me da pena usarlos y casi todos están vacíos.
—Este es precioso —dijo, sacando uno azul con un candado pequeñito que estaba roto—. Justo está empezado: hay algo escrito en la primera página.
—¿Sí? ¿Qué pone? —pregunté.
Me miró como pidiéndome permiso para leer en alto, y yo asentí.
A veces me rayo pensando que no podré evitar perder lo que quiero, que hay momentos o personas que se alejarán de mí, así, sin más, porque es lo que toca y punto.
Desde que Lucy se fue, no he dejado de pensar en las cosas que se rompen sin hacer ruido, y en lo fácil que es que algo se estropee y no tenga arreglo.
¡Qué intensa!
Se hizo un silencio raro, pensativo. De esos que no incomodan. Curiosamente, aunque lo que había escrito sonaba un poco intenso, no me dio vergüenza. Sentí que Andrea, Bel y Noa no me juzgarían.
—Es de cuando Lucy empezó a desaparecer —expliqué. Con ellas ya había hablado del tema y de lo mal que lo llevaba.
—Tía, escribes como una pro —dijo Bel, mirándome seria.
—Ya ves —añadió Noa—. Me ha encantado.
—Literal —confirmó Andrea—. Me parece increíble ser capaz de expresarse así escribiendo. ¿Te sale fácil?
Ay, ¡qué monas!
—Sí…, no sé… —contesté, encogiéndome de hombros—. Me gusta escribir. En casa tenemos una especie de norma: «Si no sabes cómo decirlo, escríbelo». Y a mí me funciona. Me ayuda a desahogarme.
Andrea se quedó mirando el cuaderno.
—Yo creo que no sabría ni cómo empezar. Si yo escribiera las cosas que siento…, creo que mi mundo explotaría por los aires —dijo y luego sonrió—. Por eso, la única que sabe todo lo que me pasa por dentro es mi gata… y así anda, siempre con la mirada perdida.
Las tres nos echamos a reír.
—A lo mejor, si yo tuviera un perro, tampoco escribiría —bromeé—. Lo tendría frito con mi caos.
—No, en serio —continuó Andrea, volviendo al cuaderno—, me encantaría ser capaz de expresar así lo que me pasa por dentro.
—Igual sí que puedes —la animé—. Llévatelo. A lo mejor te apetece probar. Si te sirve, genial, y si no, me lo devuelves y ya está.
Andrea dudó, pero al final lo abrazó como si fuera un regalo.
El resto de la tarde hablamos de nuestras cosas.
Bel nos contó que se había apuntado a un equipo de fútbol, solo de chicas, porque en secundaria los equipos mixtos ya no existen.
Noa, después de que le insistiéramos, sacó una libreta de su bolsa y alucinamos con sus diseños de ropa.
Andrea empezó a hablarnos del conservatorio y de que estaba tan liada con la danza que a veces soñaba con los ensayos.
Yo les conté cómo surgió la idea del garaje y sin querer me encontré hablando de Nico.
—¿Qué vecino? —preguntaron Andrea y Noa, que no sabían nada de él.
—El sonrisa perfecta —dijo Bel, sonriendo—. ¿Se llamaba Nico?
—Sí.
—Mira qué cara de tonta se le pone —rio Bel—. No puedes evitarlo, ¿no? Será guapo.
¡Qué vergüenza, Bel!
Abrí mucho los ojos, pero las chicas estaban en plan interrogatorio:
—¿Cuántos años tiene? —preguntó Noa.
—Ni idea, yo creo que como nosotras.
—¿A qué curso va? —siguió Andrea.
—Tampoco lo sé.
—¿Y en qué instituto está? —insistió Bel, divertida.
¡Vaya lío!
—No lo sé, no lo sé y no lo sé —contesté, tapándome la cara.
Las tres se echaron a reír y yo acabé riéndome también, porque era verdad: lo único que sabía de mi vecino misterioso era que se llamaba Nico, que vivía en la casa azul de mi calle, y que tenía una hermana llamada Vega, una bici llamada Frankenstein y una sonrisa perfecta con hoyuelos.
Y, a pesar de saber tan poco, me había sorprendido varias veces pensando en él.
Antes de ir a dormir, volví a pensar en la conversación con las chicas y en Nico.
Bel tenía razón: sonreía como una tonta al recordar que él había bromeado conmigo y que había pasado «mil veces» por mi casa, fijándose en si yo estaba por ahí.
¿Por qué pensaba tanto en él? Tampoco es que fuéramos amigos, ni siquiera conocidos, no sé… Luego, redacté una lista.
Lista de cosas que no sé de Nico:
1. ¿Cuántos años tiene exactamente?
2. ¿Qué música escucha?
3. ¿Le gusta el fútbol, el básquet… o pasa total del deporte?
4. ¿Le gusta el chocolate o es de los raros que prefieren el regaliz?
5. ¿Tiene perro, gato o algo tipo hurón o hámster…? (Si tiene perro me da algo).
6. ¿Sería verdad que pasaba por delante de casa para verme o lo dijo para quedar bien? Y si es que sí, ¿cuántas veces habrá pasado?
7. ¿Será así de mono con todo el mundo?
Vale, cerebro, relájate un poco.