Saber escuchar
Los días siguientes fueron un poco plof.
En clase cada día me lo pasaba mejor con Bel; a pesar de que se hacía la seria, no paraba de hacerme reír.
En el recreo era distinto: no sabía dónde meterme.
Me ponía los cascos, escribía frases sueltas en mi cuaderno y me prometía que al día siguiente no estaría sola durante esa media hora.
Y así pasé más de una semana, hasta que una mañana, justo cuando sonó el timbre del recreo, Bel decidió romper el hielo y me dijo:
Suerte de Bel…
—¿Bajamos?
Y esa fue la primera vez que compartimos aquella media hora. Nos reímos recordando lo borde que había sido al presentarse y mi cara de agobio con lo de los calcetines. Desde entonces, nuestra relación empezó a fluir y rápidamente descubrimos que nos complementábamos.
Una cosa que me encantó de Bel desde el primer momento fue que sabía escuchar.
Se notaba que no quería interrumpirme para soltar lo suyo.
Me miraba, asentía, dejaba que hablara sin prisas y, cuando quise darme cuenta, ya le estaba contando mi vida.
En muy pocos días ya le había hablado de lo mucho que me dolía lo de Lucy, de Pablo, de mis ganas de componer, de mi madre, de mi sueño de tener un perro, de mi padre… y del garaje.
—¡Qué buena idea! —exclamó Bel entusiasmada—. Convertirlo en un sitio para estar de tranquis.
—Bueno…, la idea no fue mía.
—Ah, ¿no?
—Fue de un amigo. Bueno, no es un amigo, es mi vecino, aunque…
—Aunque… —Bel sonrió, arqueando las cejas.
—Sí, vale, es un vecino muy mono, pero no en plan crush ni nada, ¿eh? —aclaré—. Se llama Nico.
¡Aaaaaaah!
Además de escuchar genial, Bel también hablaba por los codos.
Me contaba mil cosas de sus hermanos mayores, de las costumbres de México (el país de sus padres), de su antiguo equipo de fútbol, de los entrenamientos…
; pero nunca llegaba a nada demasiado personal.
Un par de veces empezó a hablarme de Jorge, un chico de 1.
º A con el que parecía que había pasado algo, pero enseguida se controlaba y empezaba a hablar de otra cosa, evitando el tema.
Se notaba que le dolía bastante…
Una mañana, en el recreo, cuando estábamos volviendo del baño, chocamos —literalmente— con un grupo de chicos de 1.º A.
—Hola —le dijo a Bel un chico alto con sudadera. Tenía una actitud un poco rara.
—Hola, ¿qué ta…? —respondió Bel, mirándolo con intención de seguir la conversación, pero él siguió caminando, dejándola con la palabra en la boca. Ella bajó la mirada para disimular que estaba dolida. Se volvió a refugiar en esa coraza que yo ya sabía que usaba para hacerse la fuerte.
—¿Quién es ese?
—Es Jorge —contestó seca y sin levantar la vista—. Es mi mejor amigo… Bueno, era.
No dije nada, me pareció que era mejor respetar que ella no quisiera contarlo, y nos quedamos en silencio. A lo mejor fue eso, que no le pregunté, lo que la animó a abrirse un poco.
—¿Sabes?, me he pasado todos los recreos de primaria jugando al fútbol.
Todo mi mundo giraba alrededor del balón, y en ese mundo Jorge era muy importante.
Desde los cuatro años hemos estado en la misma clase y, por las tardes, entrenábamos en el mismo equipo.
Teníamos una conexión brutal, podíamos pasarnos el balón sin mirarnos…
Pero ahora no compartimos clase, el patio no tiene campo de fútbol, y ni siquiera tenemos equipo; cuando acabamos sexto, se disolvió…
Nadie diría que antes éramos como hermanos.
—Pero algo más os habrá pasado, ¿no? —dije yo—. Si ahora ni os dirigís la palabra…
—Sí… Fue una cagada —respondió sin querer mirarme—. Ya te contaré, hoy no tengo ganas.
Pobre…
—Vale —respondí, porque insistir era como meter el dedo en la llaga.