El primer día de mi nueva vida (El caos de Beca 1) Dos hoyuelos
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Dos hoyuelos

La verja del jardín chirrió como siempre y mi padre, al escucharla, abrió la puerta de casa.

—Cariño, estás chorreando —dijo, acercándose a mí—. ¿Cómo ha ido el día?

—Tú qué crees —contesté agotada y bastante borde. No tenía ganas de responder preguntas ni de revivir el día.

—Pobre, venga, entra en casa y cámbiate. Puedes dejar los zapatos por aquí, así no manchas todo el suelo —sugirió, quitándome la mochila empapada del hombro—. La comida estará lista en diez minutos, voy poniendo la mesa.

—Vale —respondí sin muchas ganas.

Me senté en el porche para quitarme los zapatos y los malditos calcetines, que pesaban como piedras de lo empapados que estaban.

¡Que se acabe el día ya!

Estaba tan concentrada en mi desgracia (los dedos de los pies se me habían empezado a arrugar) que no me había fijado en que alguien se había parado frente a la verja de casa.

«Hola», escuché desde la calle.

Alcé la mirada: un chico me observaba desde la acera. Estaba agachado junto a una bici medio desmontada y me sonreía. La lluvia tampoco lo había perdonado, y encima tenía las zapatillas llenas de barro.

—Hola —dije un poco despistada. Me levanté con prisa y arrojé lejos los calcetines de unicornios.

—Perdona…, ¿no tendrás por ahí una llave inglesa? —preguntó, señalando la bici—. Se me han soltado un par de tornillos de la rueda y no hay manera de apretarlos con las manos.

Genial, pensé. Qué gran momento para hacer amigos: con el pelo pegado a la frente y cero ganas de socializar con desconocidos. Aunque los desconocidos parecieran majos. El chico, que tendría mi edad, tenía los ojos marrones y el pelo castaño un poco largo, y seguía sonriendo como si nada.

—Soy Nico —siguió él al ver que yo no decía nada—, vivo en esta misma calle, en la casa azul del final. Nos mudamos hace un par de semanas.

—Ah, qué bien…

¿Hola? ¿Podía decir algo que aportara a la conversación, por favor?

—Hoy estoy de suerte —bromeó él, levantando las cejas—: me ha pillado el diluvio volviendo de clase, me he perdido por una calle llena de barro y, para rematar, la rueda ha decidido soltarse.

—Vaya desastre —contesté con un suspiro. Al menos no era la única que había tenido un mal día.

—A lo mejor, todo es parte de un complot cósmico, pero bueno, podría haber sido peor, podrían haberme abducido unos extraterrestres, o haber llovido ácido…

Es otra forma de verlo

Lo dijo tan convencido que me dio la risa. Tenía una manera de decir las cosas, medio en broma, medio en serio, que descolocaba. No sé, era divertido.

—Si tienes una llave inglesa por ahí —añadió, acercándose a la verja—, lo arreglo en un segundo.

—Eh…, me parece que sí…, bueno, tal vez…, o sea, no lo sé, pero puedo mirar. —Me giré un momento para buscar algo que ponerme en los pies y maldecir para mis adentros. ¿Podía decir algo que no diera pena?

Tras ponerme unas chanclas que teníamos en la entrada, me acerqué a la verja y me topé de nuevo con su sonrisa. No pude sostenerle la mirada tan de cerca, así que me limité a abrir la verja.

Chill, Beca, chill…

—Me parece que tenemos una caja de herramientas en el garaje.

Entró con la bici en brazos y me siguió, mirándolo todo con curiosidad, como si el jardín fuera lo más.

Dentro del garaje olía a cerrado y había un montón de cajas amontonadas y trastos olvidados.

—¡Guau! —exclamó Nico, apoyando la bici contra la pared—. Este sitio es genial. Yo aquí montaría algo en plan chill , para pasarte horas y horas sin salir.

—¿Sí? —pregunté medio riéndome—. Pues yo solo veo trastos y polvo.

—Ya, pero tiene su rollo —contestó, encogiéndose de hombros—. Solo tienes que echarle imaginación.

Su manera de decirlo, tan natural, tan entusiasta, molaba.

Y la verdad es que tenía razón; aquel lugar tenía algo…

, no sé, único. De hecho, el garaje nunca se había usado para guardar el coche.

Durante un tiempo, mi madre lo utilizó para dar clases de piano, pero enseguida se convirtió en su refugio, un sitio tranquilo para tocar.

Ella decía que era el rincón más espacioso de la casa y que tenía una luz natural preciosa: «No es lógico que un coche viva mejor que nosotros», bromeaba.

No sé muy bien en qué momento dejó de usarlo, pero, a lo tonto, se fue llenando de cosas que no nos hacían falta y acabó pareciendo un trastero.

Mientras Nico curioseaba por el garaje, yo aproveché para buscar la llave inglesa en la caja de herramientas. Él se detuvo un momento frente al rincón donde, bajo unas mantas, se adivinaba el piano de mi madre.

—¿Tocas? —preguntó con curiosidad.

—Un poco. —Me encogí de hombros—. Pero la que toca de verdad es mi madre, es buenísima.

Él pasó los dedos por un par de teclas que quedaban al descubierto.

—A mí me va más la guitarra, estoy aprendiendo con tutoriales y eso —proseguí. Bueno, al menos ahora podía decir frases enteras.

—A mí también me flipa la música… —se interrumpió al verme con la llave inglesa—. ¡Ahí la tienes!

Intenté evitar mirarlo mientras lo ayudaba a arreglar la rueda. Entre el pelo despeinado y aquella sonrisa, no pude evitar pensar que me parecía… guapo. Cada vez que me miraba lo pensaba.

Pero era de ese tipo de chicos que son guapos más por la energía que tienen, y que ni se enteran de que gustan a la gente, y eso lo hacía peor… o mejor, no sé.

—Esta bici… —arranqué por decir algo—. ¿La has tuneado tú?

—Sí. Me la regaló mi abuela… Bueno, en realidad me la regaló a trozos: las ruedas de una bici de mi tío, el manillar de una de carreras, el sillín de mi madre. Mi abuela es así. Yo la llamo Frankenstein, a la bici, no a mi abuela, ¿eh? —me aclaró.

Solté una carcajada sin querer. La sonrisa de Nico se ensanchó, y entonces vi que se le formaban dos hoyuelos en las mejillas. Yo miré al suelo.

—Pues ya está lista —dijo él, poniéndose en pie—. Con suerte, de aquí a mi casa no me pasará nada más.

—Quién sabe, quizá te acaben abduciendo los extraterrestres —contesté de broma—. Te acompaño fuera.

—Vale. Y gracias por la llave inglesa.

Salimos del garaje y nos detuvimos delante de la entrada de casa.

—¿Te gusta esta ciudad? —dije por preguntar algo. Me sorprendí queriendo continuar la conversación, cuando al principio había tenido cero ganas.

—Pues aún no lo sé, la verdad, pero creo que me gustará. La casa es chula y hoy en clase no me ha ido mal. No conozco a nadie, pero empezar de cero mola, ¿no?

—Depende… —murmuré.

—Bueno, sí, supongo que depende —dijo, mirándome tan fijamente que me puse nerviosa—, pero yo me lo tomo como una oportunidad.

—Sí, claro —contesté un poco cortada.

—Bueno… —siguió con cara de no saber mi nombre.

—Beca, me llamo Beca.

—Pues gracias, Beca. Supongo que nos veremos pronto. Y, si necesitas algo…, estoy aquí al lado.

—Sí, claro —sonreí.

Me quedé viendo cómo se marchaba con su bici calle abajo y pensé que Nico tenía ese tipo de vibra que te deja en modo positivo sin saber por qué.

Después de un día horrible, había aparecido de repente, empapado y con esa sonrisa; no es que mi mundo se hubiese arreglado de golpe, pero, de pronto, ya no me parecía todo tan gris.

De hecho, justo cuando lo veía alejarse, salió el sol.

Literal. Lucy hubiera dicho: «Tía, eso es una señal del universo».