El team Celia
—¿Has visto eso? —preguntó otra voz detrás de mí.
—¿Son unicornios?
—Qué friki.
Me giré despacio: un grupo de chicas, de esas que disfrutan ridiculizando a los demás, se reían bajito y me miraban mal.
En ese momento me hubiera encantado esfumarme…, pero ni siquiera pude plantarles cara; así que me limité a ponerme roja como un tomate.
—Celia, tía, déjala en paz —dijo una voz seca y contundente detrás de mí.
Me giré; era Bel. Tenía un pie subido al banco y los brazos cruzados con un gesto desafiante. Me sorprendió verla así, pero sentí tanto alivio que pude volver a respirar.
—Si no he dicho nada —respondió la tal Celia, tocándose un mechón de pelo como si todo aquello le diera igual. Estaba claro que se conocían de antes, aunque no me sonaba haber visto a esa chica en clase.
—Se os ve venir a kilómetros —soltó Bel.
—A las raras también… y más si os juntáis —contestó otra del grupito. Todas ellas, sincronizadas, se rieron como si lo hubieran ensayado frente al espejo.
Bel se la quedó mirando sin pestañear, impasible. Ostras, qué envidia me dio. Ojalá yo tuviera esa fuerza para defenderme.
—Y a ver qué haces este año, porque lo de jugar al fútbol con «los chicos» se te ha acabado. Ya me dirás con quién te vas a juntar… Conmigo no, desde luego.
Ufff
Con un gesto mínimo de la mano, Bel dejó claro que pasaba de seguirle el rollo.
—Pues a mí me encantan tus calcetines —dijo la chica de la coleta alta, que había llegado sin que me diera cuenta.
¿Quién lo diría? A primera vista parecía tan perfecta, tan…
, no sé, tan rollo influencer , que me cuadraba muchísimo más verla en el grupo de las «guais» que defendiéndome a mí, la de los calcetines de unicornios brillibrilli.
Celia y sus amigas se miraron y decidieron irse, como si les diera pereza seguir perdiendo el tiempo con todo eso.
Mi cara debía de parecer un cuadro: estaba completamente out con lo que pasaba. ¿Por qué se metían en la discusión para defender a alguien que no conocían de nada?
—Gracias —solté, intentando esconder mis calcetines con el bajo del pantalón.
—De nada —contestó Bel mientras empezaba a sonar el timbre—. Son así, tú ni caso. Van de guais desde primaria, se creen las dueñas del patio. Por suerte, han caído todas en 1.º A y no tenemos que aguantarlas en clase.
Bel se despidió con una última mirada cómplice y se marchó. Entonces vi a la chica del moño-nido, sonriéndome desde lejos. Sentí como si me dijera con la mirada: «tranqui, yo también soy rara».
Cuando entré en clase, casi todo el mundo estaba sentado. Las chicas que me habían defendido me sonrieron y, al sentarme en mi pupitre, Bel me miró descaradamente los calcetines.
—¿Siguen ahí? —dijo con una sonrisa divertida.
—Sí, me los he dejado… Es que me los he puesto por equivocación, obvio, y estoy deseando llegar a casa para quitármelos y esconderlos en el fondo del cajón —respondí bajito—. Pero… quitármelos era como darles la razón.
¡Paso!
Bel arqueó las cejas, sorprendida, y se puso a lo suyo, todavía sonriendo.
Tras varias presentaciones de asignaturas, por fin sonó el timbre: primer día superado.
—Hasta mañana, Bel —dije al levantarme.
—Hasta mañana, Rebeca.
—Me llamo Beca, no Rebeca —contesté sonriente, imitando el tono con el que me había saludado ella por la mañana.
—¡Beca! Menos mal, porque «Rebeca» suena como Isabel, a reina de Inglaterra o algo así, y no te pega mucho.
Me reí bajito, sorprendida de que me soltara algo así sin filtros.
Por si fuera poco, al salir del instituto empezó a llover a lo bestia. Corrí hasta la parada del bus, pero, por supuesto, no había forma de protegerse de la que estaba cayendo, por lo que me toco esperar bajo la lluvia. En menos de un minuto ya estaba chorreando como una fregona.
Celia y sus amigas pasaron por delante con el pelo pegado a la cara, pero riéndose, felices, como si la lluvia fuera parte del plan.
Y yo allí, con mis calcetines de unicornios, cubriendo la mochila con las manos para que no se me mojaran los libros y el móvil…
La cabeza solo me daba para pensar en bucle: «Gracias universo, gracias, por esta bienvenida tan épica a mi nueva vida».