Los calcetines de la «suerte»
El aula en sí no era nada especial, pero tenía unos ventanales enormes por los que entraba mucha luz y, no sé, eso daba buen rollo.
Mati me pareció simpática desde el minuto uno.
Llevaba el pelo recogido en una coleta floja y unos pendientes que tintineaban cuando giraba la cabeza.
Tenía una voz suave, pero que se oía en toda el aula.
Nos contó que, además de ser nuestra tutora, sería la profe de Lengua, y que estaría ahí para cualquier cosa que necesitáramos.
Luego habló del cambio que suponía el instituto, de cómo iba a ser el curso, de las salidas que teníamos previstas, de que aprenderíamos mucho más allá de las asignaturas…
y yo, contra todo pronóstico, empecé a relajarme un poco.
Escuchándola, hasta me pareció que el año podía estar bien.
En algún momento, con disimulo, me puse a estudiar a mis compañeros; básicamente quería saber si todo el mundo tenía ya su grupo montado y si yo iba a ser la única pringada sin nadie con quien hablar.
Se notaba un montón que muchos se conocían de antes, como los chicos de primera fila, que cuchicheaban entre ellos, o cuatro chicas que no paraban de sonreírse y pasarse notas como si llevaran toda la vida juntas.
De repente, un par de filas delante de mí, algo rodó por el suelo.
—Perdón —susurró una chica.
—No te preocupes —respondió su compañera, recogiendo el lápiz que se le había caído.
Me quedé pillada observándolas. Aunque solo las veía de espaldas, parecían polos opuestos.
Una estaba sentada superrecta, con una coleta alta perfecta, y la otra tenía una pierna recogida sobre la silla y un moño deshecho, tipo nido (solo faltaba que salieran volando un par de pajaritos).
La de la coleta, superaplicada, tomaba notas de todo lo que decía la profesora, mientras que la del moño se distraía dibujando algo en su cuaderno.
Me dieron curiosidad; quería saber qué pasaba dentro de sus cabezas.
Sonó el timbre; la profe nos dijo muy sonriente que procesáramos toda la información que nos había dado y que al día siguiente nos veríamos otra vez.
Había llegado el gran momento: el primer recreo del primer día de instituto. Las tripas me sonaban de los nervios y supongo que también del hambre, porque, con el caos de esa mañana, no había desayunado.
Vaya plan…
Mientras todos salían disparados, Bel se agachó a buscar algo debajo de su mesa. Cuando se levantó, tenía un balón en las manos; lo miró como dudando y lo volvió a dejar bajo el pupitre.
—Para qué me lo voy a llevar… Qué estupidez.
Bel parecía…, no sé, distinta al resto. Llevaba pantalones cortos deportivos y una camiseta muy ancha de algún equipo; parecía más preparada para jugar a fútbol que para su primer día de la ESO.
Durante la tutoría me había parecido que era de esas chicas fuertes, que van de frente y que no se callan, pero al verla con la pelota entre las manos, tuve la sensación de que por dentro no era tan dura como aparentaba.
La verdad es que me gustó verla así: su lado más real me hizo pensar que ella tampoco estaba teniendo el mejor primer día de insti.
En el patio, todo el mundo —o esa era mi impresión— se llamaba por sus nombres, se daba abrazos, hablaba de las vacaciones y yo… yo iba deambulando sin más hasta que encontré un banco medio escondido.
Después de varios minutos eternos intentando parecer ocupada sin parecer desesperada, se me ocurrió hacer como que me ataba los cordones y…
¡Horror! ¡Noooooo, no podía ser verdad!
¡Llevaba puestos mis calcetines de unicornios de la suerte! Los que a los ocho años no me quitaba ni para dormir.
¿Cómo me habían entrado? ¿Estaban hechos de tela ultraelástica? Me quedé mirándolos en estado de shock .
—Ostras, vaya calcetines… —oí cuchicheos a mis espaldas.