La clase de 1.ºB
Me desperté superdescansada y, solo dos segundos más tarde, entré en modo pánico: ¡joder, la alarma!
—¡Papáááá! —grité, pegando un salto—. ¡Es tardísimo!
—Cariño, lo siento, lo siento… —respondió mi padre desde su habitación—, pero no pasa nada, te llevo yo, aún podemos llegar a tiempo.
Me vestí y en cero coma ya estaba sentada en el coche, medio zombi, con el cepillo en la mano y a medio vestir. Mira que mi lista de «maneras espantosamente horribles para empezar el insti» era larga, pues esta ni me la había planteado.
«Llego tarde, llego tarde, llego tarde…», me repetía mientras pasaban los minutos y el coche no avanzaba ni un metro.
—Mi amor, esto está imposible —admitió mi padre, frenando en seco—, ¡bájate y corre!
—¿En serio?
—Es al final de esa calle —me dijo, señalando una avenida empinada—. Venga, ¡dale caña!
Me bajé del coche bufando y eché a correr.
Después de lo que me parecieron cien kilómetros en cuesta, llegué al instituto muerta y sudada.
Era un edificio enorme y con una puerta de cristal donde me vi reflejada en alta definición con mi cara de dormida y el pelo en plan «me he peleado con mi perro y he perdido».
Por no tener, no tenía ni perro, así que ni esa excusa valía.
Ya me gustaría…
Pero lo cierto es que allí estaba y, como no tenía pinta de que fuera a caer un meteorito que me salvara de entrar, no me quedaba otra que vivir el momentazo de llegar tarde a clase el primer día. Genial.
Al lado de la conserjería, en un tablón lleno de horarios, leí mi nombre:
Rebeca Hernán Blume – 1.º B
—Buenos días. ¿El aula de 1.º B? —pregunté al conserje.
—¿Acaso se te han quedado pegadas las sábanas? —dijo sonriente—. 1.º B es en la primera planta; cuarta puerta a la derecha.
Subí las escaleras con las piernas todavía temblando de la carrera y con ganas de salir corriendo en dirección contraria.
El pasillo era larguísimo y en las paredes había agujeros de las chinchetas de cursos anteriores y paneles de corcho aún vacíos.
Cuando llegué a la puerta de mi clase, conté hasta tres y llamé con los nudillos.
—Pasa —invitó una voz amable.
Al abrir la puerta, noté que todo el mundo tenía los ojos puestos en mí. Juro que sentí como si alguien gritara por un megáfono: «¡MIRAD, AQUÍ ESTÁ LA QUE LLEGA TARDE Y NO CONOCE A NADIE!».
¡Horrible!
La clase estaba llena, obvio, porque la gente normal llegaba puntual a la primera clase del insti. Pupitres de dos en dos, mochilas colgadas de las sillas, chicos murmurando… y yo de pie en la puerta con el corazón latiendo a mil por hora.
Literal
—Buenos días —saludó la profesora sonriente y sin dejar de mirarme.
—Eh…, soy Rebeca Hernán Blume —dije con la voz a medio gas y, nada más escucharme, pensé: «¿Qué haces, Beca? Nadie dice los dos apellidos…Te acabas de presentar como si fueras la abogada de alguien».
Todo genial
—Pues bienvenida, Rebeca. Yo soy Mati —respondió la profe con voz de «tranquila, yo también pasé por esto»—. Hay un sitio libre en la cuarta fila, al lado de… ¿Isabel?
Una chica alta en la cuarta fila asintió con gesto serio. ¡Qué largas pueden hacerse cuatro filas de mesas! Avancé al ritmo del «criiii, criiii, criiii» que hacen las deportivas solo cuando hay silencio.
—Hola, Isabel —murmuré al sentarme.
—Me llamo Bel, no Isabel —corrigió cero amigable y escaneándome de un vistazo.
Me quedé en silencio un segundo, tragando saliva. Bel tenía una mirada directa y un tono que imponía… Todo lo contrario que yo en aquel momento.
—Ah…, vale, perdón —susurré prometiéndome que, en futuros intentos de hacer amigas, evitaría poner voz de ardilla deprimida.