Just the way you are
—¿Se puede? —preguntó mi padre, dando golpecitos en la puerta—, ¿o es un concierto privado?
—Claro, entra —contesté, dejando de tocar.
Asomó la cabeza con el pelo alborotado y una camiseta que siempre usa para andar por casa.
—¿Puedo ayudar en algo? —se interesó, apartando con cuidado un montón de ropa de la cama antes de sentarse a mi lado. Supuse que mamá le habría contado algo de lo que habíamos hablado, porque parecía preocupado.
—Creo que no —respondí con poco entusiasmo—. A no ser que tengas una capa de invisibilidad para entrar en el instituto sin que nadie me vea.
O una varita mágica…
—Bueno —dijo guiñando un ojo—, no tengo capa de invisibilidad, pero sí… ¡una lasaña esperando en el horno!
Sonreí. Quizá el día no iba a terminar tan mal.
La lasaña estaba más buena que nunca, seguramente porque era la manera que tenía mi padre de decirme sin palabras: «Beca, estoy aquí, siempre».
Y es que él, a veces, no sabía qué decir para ayudarme; me miraba como si buscara las palabras adecuadas y, al final, se rendía con una sonrisa medio torpe que, de algún modo, lo decía todo.
Supongo que yo tampoco se lo ponía fácil porque, aunque lo adoraba, había cosas que solo sabía compartir con mi madre, y ahora que no estaba, pues, no sé… , era raro.
—Gracias, papá, estaba espectacular —le dije mientras llenaba el lavavajillas—. Subo a mi cuarto, que aún tengo que preparar mis cosas para mañana.
—Muy bien —sonrió, poniéndose las gafas—, a mí aún me queda trabajo.
Desde que mi madre se fue, él había pedido teletrabajar para estar más conmigo, así que aún estaba adaptándose a esa nueva vida, como todos.
Al entrar en mi habitación me planté frente al espejo y me propuse ser un poco menos tóxica conmigo misma: vale, aunque ahora mismo me vea horrible con cualquier cosa que me ponga, tampoco soy un orco.
No tengo nada que grite «¡mírame!». Soy…
, no sé, ¿normal? Justo lo que necesito en este momento: no llamar la atención, ni para bien ni para mal.
Además, si me esfuerzo, reconozco que hay cosas de mí que incluso me gustan: mis ojos, por ejemplo.
Son pardos y cambian con la luz, o eso dice mi padre.
También tengo una melena que, después de un buen cepillado, se ve brillante, y unas manos perfectas para tocar la guitarra.
Y bueno, según mi madre, mi sonrisa es alucinante y contagiosa…
, aunque últimamente, la verdad, sonrío más bien poco.
¡Ánimo!
De entre los pocos outfits que me quedaban más o menos bien, elegí el que me pareció mejor para esconderme si las cosas se complicaban; luego empujé todo el desorden debajo de la cama, preparé la mochila y le deseé buenas noches a mi padre.
Antes de irme a lavar los dientes, sonó un mensaje de mi madre.
Mamá
Solo quería desearte que mañana tengas un superdía.
Mamá
Aquí va nuestro tema para antes de entrar al insti.
Just the way you are Bruno Mars
Mamá
Te quiero mucho.
Yo
Gracias, mamá. Mañana te cuento qué tal. Te quiero.
Mamá
Yo más.
Cuando iba a dejar el móvil, decidí que no podía terminar el día sin escribirle a Lucy. Era tan raro que no me hubiera dicho nada sabiendo que yo empezaba las clases dos días antes que ella…
Yo
¿¿No me deseas suerte, o qué?? Mañana empiezo el insti.
Lucy
Ah, sí, suerte . Seguro que te va bien.
Yo
Te voy a echar de menos.
Lucy
Yo también. Duerme bien.
¿Qué?
¿En serio…? ¿«Duerme bien»? ¿Eso era todo lo que me iba a decir? Uf. Me tragué las ganas de ponerme en plan amiga herida, pero estaba claro que, más tarde o más temprano, tendríamos que hablar en serio.
Me dormí pensando: «Céntrate en tu primer día de insti. Mamá tiene razón al decir que todas las amistades importantes también tienen un primer día. Ahora, las cosas solo pueden ir a mejor…».
Me equivoqué.