El primer día de mi nueva vida (El caos de Beca 1) Gusto musical
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Gusto musical

A las siete de la tarde aún seguía desesperada probándome ropa, y es que sentía que nada me quedaba bien. ¿Qué había pasado? ¿Todo había encogido durante el verano, o era mi cuerpo, que había decidido declararme la guerra?

Los vaqueros me apretaban y las sudaderas parecían de mi abuela; por no hablar de los mensajes de las camisetas: antes me encantaban y, de pronto, me resultaban una mezcla rara entre cursis y vergonzosos.

Vaciar el armario no fue suficiente, por lo que terminé rebuscando en un par de cajas en las que encontré ropa de cuando era pequeña: una camiseta de Hello Kitty que me regalaron cuando cumplí siete años, la sudadera superdesgastada de Stranger Things , la gorra del primer año del campamento de música y unos calcetines de unicornios con brillos que, supuestamente, me daban suerte.

Un poco desesperada, la verdad, me senté en la cama rodeada de montones de ropa; estaba claro que lo de encontrar el look perfecto para el primer día de instituto tampoco iba a ser fácil.

Intentando evadirme un poco, cogí la guitarra y me puse a tocar una rueda de acordes que me había enviado Pablo, mi mejor amigo del Music Camp .

¡Para nada!

Pablo

Hola, Beca. Te mando esto antes de que me agobie más, a ver si tú consigues ayudarme. Prueba esta rueda, son acordes menores…, ya sabes, de los tristes. Escucha:

Pablo

Pablo

Estoy intentando que suene bonito, pero nada, no lo consigo. ¿Pruebas tú a ver si te sale algo más decente?

Yo

Jajaja, ¡se intentará!

Pablo

No, en serio, tú tienes algo que yo no tengo…

Yo

¿Gusto musical?

Pablo

JAJA, muy graciosa.

A Pablo lo había conocido ese verano, en el campamento al que iba cada año desde los nueve.

Era un sitio genial porque todos los que íbamos compartíamos lo mismo: canciones, ganas de aprender y ese sueño medio secreto de dedicarnos a la música algún día..

Solo allí me atrevía a decir: «Quiero ser cantante y componer mis propias canciones»; fuera del Music Camp , ni loca.

Pablo tenía un año más que yo. Era un pro tocando la guitarra; fue conocernos y conectar superbién. Además, desde que me escuchó cantar, decía que yo tenía un don y que algún día él sería el guitarrista de mi grupo. Yo me moría de vergüenza, pero también de ilusión al oírle decirlo tan en serio.

¡Qué corte!

El último día, cuando todos estábamos con las mochilas preparadas, se acercó y me pidió el número de teléfono.

Unos días después empezamos a enviarnos mensajes.

Al principio solo nos mandábamos trocitos de canciones a medio componer, pero ahora nos escribíamos más como colegas.

Era guay saber que estaba ahí, al otro lado; sobre todo tras el distanciamiento de Lucy.

No es que fuéramos muy íntimos, al menos todavía, pero sí que lo consideraba mi amigo y una de las pocas cosas buenas que me habían pasado en los últimos meses.