El primer cumpleaños (El chico de al lado 2.5) 8.
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Me quedo boquiabierto mientras miro a las personas congregadas en el salón, todos mis seres más queridos.

Mi madre, Marcos, Natalia y Antonio. Álex y Alejo, mis mejores amigos.

Mis primos Vero y Víctor, y también su madre.

Hasta han venido mis amigos de la universidad, Sandra, Luis y Carlota, a pesar de que ya nos hemos visto en clase. Y todos han venido aquí por mí.

Estoy tan sorprendido que no sé ni qué decir.

—Se ha quedado flipando —le dice Alejo a Álex entre risas.

—¡Di algo! —me anima mi madre, muy sonriente.

—Joder… —acierto a decir—. ¿Y esto?

—Dale las gracias a tu novio maravilloso —dice Vero, señalándolo con un gesto de la cabeza.

Marcos baja la mirada, algo avergonzado.

—¿Todo esto es cosa tuya? —le pregunto, incrédulo.

—Pensaba que te haría ilusión —responde con una sonrisa tímida; está claro que se siente algo incómodo al tener todos los ojos clavados en él.

—Muchísima —le prometo. Entonces recuerdo lo que ha hecho él por la mañana en la cocina, y decido ser valiente yo también.

Cruzo el salón, caminando directamente hasta él, coloco ambas manos sobre sus mejillas, y le planto un beso en los labios delante de todo el mundo.

Los demás aplauden y gritan a nuestro alrededor, y siento las mejillas prácticamente incandescentes, pero no me acobardo—. Gracias —susurro contra su boca.

—De nada —responde, con la cara tan roja como la mía.

A continuación, las personas que no había visto todavía se acercan a mí para felicitarme. El primero es Alejo, claro, que me da un abrazo enorme.

—Feliz cumple, tío.

—Gracias. Y gracias por venir.

—De nada —responde sin soltarme, y continúa en voz más baja—: Me alegra poder verte feliz en tu cumpleaños, para variar. Te quiero.

Me aparto de él y lo miro con los ojos muy abiertos, incrédulo.

—¿Qué has dicho?

—No pienso repetirlo.

Nos separamos entre risas y entonces se acerca mi tía, seguida por mis primos, para abrazarme por turnos.

—Muchas gracias por venir —les digo con sinceridad; después de todo lo que ha pasado con ellos este año, me hace muy feliz tenerlos aquí.

—De nada, cariño —responde mi tía, sonriente. A continuación, me susurra al oído—: Te he hecho una tarta. Después la sacamos.

—Gracias, tita.

Las tartas de mi tía son legendarias, así que la espero con ganas.

—Feliz cumple, Fran —me dice Víctor mientras me abraza.

—Gracias, enano.

—¿Estás seguro de eso?

Se aparta de mí para ponerse recto y, efectivamente, ahora es apenas un centímetro más alto que yo.

—Joder, ¿qué le das de comer? —le pregunto a su madre, y todos reímos. Entonces, estiro el brazo para revolverle el pelo a Víctor mientras lo miro con una sonrisa—. Pero ya te lo dije hace tiempo: siempre serás mi enano.

Y, aunque esto no se lo digo, estoy muy orgulloso de la persona en la que se está convirtiendo. Después de unos meses complicados para él, ha crecido y ha madurado mucho.

A continuación es Vero quien se acerca a mí y me rodea con los brazos, dándome un abrazo largo y lleno de cariño.

—Me alegra verte tan feliz —me susurra al oído.

Con perdón de Álex, ella es mi mejor amiga desde que somos pequeños, y sabe mejor que nadie cómo han sido mis últimos cumpleaños. Ha estado siempre a mi lado, en los momentos buenos y en los malos, y está claro que se alegra de forma genuina al verme tan bien.

—Gracias, Vero. Te quiero.

—Y yo a ti.

Cuando nos separamos, tengo los ojos húmedos, pero trato de disimularlo mientras miro a los demás. Y, aunque ya he estado con Álex y los demás en la uni, ellos se acercan también para darme un abrazo en grupo.

—Venga, basta de abrazos. Que se enfría la comida —interviene mi madre. Sin embargo, ella también se acerca para abrazarme—. La lasaña te la haré para cenar —me susurra al oído—. Que, con todos los que somos, no me habría dado tiempo a terminar a tiempo.

Se refiere a nuestra tradición familiar, la de hacerme lasaña para comer en el día de mi cumpleaños.

Al mirar la mesa, veo que está a rebosar, con cinco o seis pizzas de tamaño familiar y varias cestas de pan de ajo y palitos de mozzarella.

Probablemente sea lo siguiente mejor a la lasaña de mi madre, así que no me voy a quejar.

Nos sentamos como podemos alrededor de la mesa, más abarrotada que nunca, y comenzamos a comer con ganas.

Y, aunque tengo hambre y la comida está buenísima, no puedo evitar distraerme constantemente con la gente que tengo a mi alrededor, las personas que más quiero en el mundo.

Ni siquiera necesito que me hagan ningún regalo; con este momento que estoy viviendo con ellos es más que suficiente.

A veces me abruma la cantidad de sensaciones, pero Marcos está sentado a mi lado y ha entrelazado el pie con el mío, lo que en cierto sentido sirve para anclarme un poco a tierra.

Cuando terminamos de comer, mi madre y Antonio se levantan para recoger los platos y despejar un poco la mesa.

—¿Te ha gustado la sorpresa? —me dice Marcos en voz baja, muy sonriente.

—¿Tú qué crees? Me ha encantado —le aseguro—. Eres el mejor.

—Qué va. Es lo que te mereces, ni más ni menos.

—Te quiero —digo sin poder evitarlo, y enrojezco ligeramente al darme cuenta de que tal vez me hayan oído los demás.

—Yo también te quiero —responde, y me da un apretón de cariño en la mano.

De pronto, las luces se apagan y levanto la mirada, extrañado.

—Cumpleaños feliz…

Es la voz de mi madre, que está entrando por la puerta con la descomunal tarta que ha preparado mi tía, seguida por Antonio con una pila de platos en las manos.

Las velas encendidas le iluminan la cara mientras canta, y enseguida todos se suman a ella para cantar al unísono.

Me pongo todavía más rojo, dando gracias a la oscuridad por ocultar el color de mis mejillas.

Entonces, mi madre deja la tarta frente a mí mientras terminan con la canción. Y, aunque estoy demasiado lleno después de comer, cuando la veo se me hace la boca agua al instante.

—Joder, tita. Esta vez te has superado. Gracias.

—De nada, cariño.

—¿Unas palabras del cumpleañero antes de soplar las velas? —propone mi madre.

Pero nunca se me ha dado muy bien ser el centro de atención, y hablar en público se me da todavía peor.

—Es que no sé qué decir.

—Tú di lo primero que se te pase por la cabeza —me anima Marcos, y me aprieta la mano por debajo de la mesa.

—Pues mira, ya que tú has organizado todo esto, tengo una pregunta. Estoy contentísimo con la fiesta, ¿pero los planes del resto del finde siguen en pie? Porque yo ya me había organizado, y ahora sería un poco bajón cancelarlos.

Todos rompen a reír estruendosamente alrededor de la mesa.

—Tranquilo, todo sigue en pie —me asegura Marcos con una sonrisa—. Esto solo es un extra.

—Eso sí, no esperes que te prepare otra tarta el domingo —me advierte mi tía—. Que no sabes cuánto he tardado en hacerte esta.

De nuevo, todos ríen.

—No te preocupes, tita —le digo mientras bajo la mirada hasta las velas que forman el número 20—. Con esta es más que suficiente, muchas gracias. —Levanto la vista para dirigirme a los demás—. Y ahora en serio… muchas gracias a todos por venir. Os quiero mucho.

Los demás comienzan a aplaudir, y eso hace que enrojezca todavía más.

—Venga, cariño, sopla las velas —me apremia mi madre—. Que se van a derretir sobre la tarta.

—¡No te olvides de pedir un deseo! —me recuerda Marcos.

Otros años, años peores, siempre tenía cosas que desear en momentos como este. Siempre había personas o cosas que echaba de menos, siempre había algo que quisiera, y nunca tenía dudas a la hora de pedir un deseo. Pero este año, por primera vez, siento que tengo todo lo que quiero en mi vida.

Mientras me inclino sobre la tarta, feliz y rodeado de la gente que más quiero, tan solo se me ocurre una cosa que pueda desear: seguir rodeado de estas mismas personas el año que viene.

Entonces, soplo las velas y dejo que el humo se lleve mi deseo flotando.