El primer cumpleaños (El chico de al lado 2.5) 7.
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Aunque siempre nos cuesta salir de la cama para irnos a la ducha después del sexo, no nos queda más remedio que hacerlo si no queremos que nuestra familia nos encuentre llenos de fluidos corporales.

Por suerte, las duchas con Marcos siempre son un momento especial; es así desde esa primera ducha juntos en el hotel de Canarias, cuando me enjabonó y me lavó con tanto cariño que, si no me hubiera sentido tan confuso por todo lo que estaba pasando entre nosotros, tendría que haberme dado cuenta de que Marcos ya había empezado a sentir algo por mí.

Las duchas juntos y su cariño siempre me recuerdan ese momento, esa magia de los primeros días, esa torpeza y ese deseo mientras comenzábamos a conocernos cada vez más.

Cuando volvemos a la habitación, las sábanas siguen húmedas a causa del sudor, de modo que las cambiamos antes de volver a meternos en la cama.

—¿Qué tal está yendo el día de tu cumple? —me pregunta al cabo de unos segundos, acariciándome la espalda con suavidad mientras yo me abrazo a su pecho, los dos delante del ventilador encendido.

—¿Sinceramente? Está siendo el mejor cumpleaños que recuerdo.

—Me alegro —susurra antes de darme un beso en la cabeza.

A mi pesar, el mensaje de Raúl vuelve a aparecer en mi mente. Sin poder evitarlo, recuerdo cómo fueron mis dos últimos cumpleaños; a fin de cuentas, los dos estuvieron marcados por él.

En el del año pasado, nuestra ruptura estaba demasiado reciente, así que lo último que me apetecía era una fiesta.

Fui a la facultad, como cualquier otro día, y después Álex y Alejo me llevaron a comer a nuestro chino de confianza.

Y, aunque se esforzaron por hacerme feliz, yo me pasé casi toda la comida con un zombi, sin participar apenas en la conversación por mucho que ellos trataran de animarme.

Y tener que cenar con Marcos y su familia esa noche cuando lo único que quería hacer era quedarme llorando en la cama tampoco mejoró la situación que digamos.

El cumpleaños anterior tampoco fue especialmente memorable; de hecho, fue bastante patético.

Para entonces, Raúl y yo acabábamos de empezar.

Yo estaba muy ilusionado con la relación y con todas las primeras veces juntos, y tenía muchas ganas de pasar mi cumpleaños con él.

El problema era que, aunque íbamos al mismo instituto, al principio llevábamos nuestra relación en secreto, lo que significaba que jamás me daba ni un triste beso al llegar por las mañanas.

Siempre aprovechábamos los recreos para quedarnos encerrados en clase y liarnos, pero esas eran las únicas muestras de afecto que me dedicaba.

Sin embargo, como estábamos en segundo de Bachillerato, ese año mi cumpleaños cayó justo después de haber terminado las clases.

Durante esos días, casi todos mis compañeros de curso quedábamos en grupitos para ir a la biblioteca a estudiar para los exámenes de acceso a la universidad.

Recuerdo vagamente que Marcos siempre se sentaba solo en un rincón; ninguno de sus amigos de entonces se molestaba en ir a estudiar, y ahora sé que en esa época ya había empezado a distanciarse de ellos.

Por nuestra parte, Alejo y yo íbamos siempre a nuestra bola, los dos solos.

Raúl, mientras tanto, tenía un grupito de otras seis o siete personas que ocupaban siempre la misma mesa.

Cuando le propuse que quedáramos antes de ir a la biblioteca para desayunar juntos, él me dijo que no, que habría peligro de que alguien nos viera.

Todavía no sé a qué venía tanto secretismo; tal vez en esa época también estaba poniéndome los cuernos con otro chico como hizo antes de dejarme.

Tampoco quiso que nos tomáramos la tarde libre para estar juntos en mi casa porque teníamos que estudiar, y a ver, en eso tenía razón.

Pero dolía de todos modos, sobre todo porque también habríamos podido estudiar juntos.

Sin embargo, cuando ya llevábamos un par de horas en la biblioteca, recibí un mensaje suyo diciéndome que fuera al lavabo.

Solíamos hacerlo a menudo; como nadie sabía lo nuestro, siempre quedábamos dos o tres veces al día en los baños para liarnos un rato.

Ese día estaba enfadado y quería negarme, pero también estaba sensible y las ganas de verlo eran demasiado fuertes, así que accedí.

Una vez en el baño, después de los besos habituales, Raúl sacó de su mochila una cajita mal envuelta en papel de regalo.

—Felicidades —dijo, y yo sonreí de oreja a oreja. Dadas las circunstancias, no me esperaba que fuera a hacerme un regalo, la verdad—. Ábrelo ahí dentro, ¿vale? —añadió, señalando los cubículos.

Entonces, me dio un beso rápido y se marchó.

Extrañado, hice lo que me pedía y me encerré en uno de los cubículos, suponiendo que no querría que nadie supiera que me había hecho un regalo; al fin y al cabo, nuestra relación era secreta. Rompí el envoltorio, y entonces abrí la caja negra que había debajo y me quedé a cuadros.

Era un dildo.

Un dildo de tamaño mediano, hecho de lo que parecía un plástico semirrígido de color azul oscuro.

Verlo me llenó de bochorno, y justo en ese momento alguien entró en los lavabos, así que agradecí estar lejos de miradas indiscretas.

Junto al dildo había una nota escrita con la letra de Raúl, cuatro simples palabras: «para que vayas practicando».

Y, aunque en parte me excitaba el significado de esas palabras, no podía evitar sentirme triste por el hecho de que mi primer cumpleaños con novio hubiera quedado reducido a unos besos a escondidas en el baño y un dildo de regalo con el que pretendía que practicara para follarme.

Debería haberme dado cuenta entonces de que lo nuestro no tenía futuro, pero supongo que estaba demasiado enganchado a él como para pensar de forma más o menos objetiva.

—Oye, Fran —dice Marcos de repente, sacándome de mi ensimismamiento—. ¿Estás bien?

—¿Qué? Sí, ¿por?

—No, nada. Es que estabas como raro.

—No es nada, solo estaba pensando.

—¿Puedo preguntar en qué?

—A ver, tampoco es nada importante. Es solo que… ¿recuerdas a Raúl?

Él se tensa un momento antes de asentir lentamente con la cabeza. Durante estos meses le he contado todo lo que pasó con Raúl en su día, y decir que le tiene tirria sería quedarme corto.

—Sí.

—Bueno, digamos que mis últimos cumpleaños fueron un poco mierdosos gracias a él. La cosa es que hoy… —Me detengo un instante, sin saber si debería continuar. Marcos se pone rígido, expectante.—. Me ha mandado un mensaje.

—Ah. —Hay todavía más tensión en esa palabra que en todo su cuerpo—. ¿Para felicitarte?

—Sí.

—Bueno. ¿Y tú qué le has dicho?

—Nada —respondo—. No sé si debería hacerlo, la verdad.

—Bueno, siempre puedes mandarlo a la mierda y así te quedas a gusto —sugiere con voz traviesa, y noto en su cuerpo que la tensión está empezando a desvanecerse—. O lo dejas en visto, para que sepa lo que se siente.

—Sí, supongo. Pero en fin, que no es nada, ¿vale? Es solo que me he puesto a pensar en todo, y bueno, digamos que las comparaciones son odiosas.

—¿Por? —pregunta con un tono de fingida inocencia que calo al instante.

—¿Me vas a hacer que te lo diga?

—No sé de qué estás hablando —me asegura con esa voz falsamente angelical.

Giro la cabeza para mirarlo a los ojos mientras respondo.

—Porque eres el mejor novio del mundo. Porque estar contigo es lo mejor que me ha pasado en la vida. Y porque pasar mi cumpleaños a tu lado es mejor de lo que jamás me habría podido imaginar.

Noto que se me calientan las mejillas mientras lo digo, pero él también enrojece mientras desliza los dedos por mi cara, acariciándome con cariño.

—Te quiero —susurra.

—Y yo a ti —respondo, y me acerco a él para darle un beso.

En ese momento, oigo la puerta de entrada cerrándose, y así es como sé que ya ha llegado parte de la familia a casa. Normalmente mi madre es la primera en llegar, así que me incorporo un poco para ir a saludar. Sin embargo, Marcos me sujeta del brazo antes de que pueda hacerlo.

—Espera —me pide, y me mira con esos ojos de cachorrito que siempre logran desarmarme por completo—. Que tengo ganas de mimos y cuando estamos comiendo no podemos.

—Vaaaleee… —respondo, como si no estuviera deseándolo yo también.

Y así, vuelvo a acurrucarme contra él, alejando los malos pensamientos de mi cabeza y disfrutando de su compañía, del aroma y el calor de su cuerpo, de su respiración y los latidos de su corazón bajo mi mano, de sus dedos deslizándose suavemente por mi espalda.

Conforme van pasando los minutos, oigo ruidos en la cocina y el salón mientras el resto de la familia prepara la comida, pero me siento tan a gusto aquí con él que estoy empezando a amodorrarme.

Unos golpes en la puerta me despiertan de repente.

—Chicos, ¿estáis ahí? —Es la voz de mi madre—. Ya está la comida.

—Sí —contesta Marcos, incorporándose un poco—. Ahora vamos.

—Jo —me quejo—. Pensaba que iba a tardar más en hacer la lasaña.

—A lo mejor dejó las cosas medio preparadas antes de irse a trabajar —sugiere él.

—Sí, supongo.

—Pues venga, vamos.

Me cuesta separarme de Marcos, pero me obligo a hacerlo después de un largo beso. Estamos los dos en bóxers después de la ducha, así que nos apresuramos a vestirnos antes de salir.

—Voy al baño, ¿vale? —le digo cuando salimos—. Ve yendo tú.

—Vale.

Nos damos un beso más, conscientes de que no vamos a poder hacerlo hasta después de comer, y él se marcha por el pasillo mientras yo entro en el cuarto de baño.

Cuando termino, me lavo la cara para quitarme de encima el amodorramiento de antes.

Mientras me miro al espejo, me doy cuenta de que no soy capaz de dejar de sonreír.

Después de cómo fueron los dos últimos cumpleaños y viendo cómo está siendo este, no se me ocurre que pueda haber ninguna forma de mejorar este día.

Tras salir del cuarto de baño, avanzo por el pasillo en dirección al salón, que es donde siempre comemos. La puerta está cerrada, tal como solemos hacer desde que empezó el calor para que no se vaya el aire acondicionado. Llevo la mano al pomo para abrirla, y entonces…

—¡Sorpresa!