6.
—Ah, ¿sí? —digo, y él asiente con la cabeza, con la mirada llena de fuego—. ¿Y cómo piensas hacerlo? Porque ya me has dado unos cuantos demasiado buenos durante estos meses, así que te has dejado el listón muy alto a ti mismo.
Él suelta una fuerte carcajada.
—Para empezar, ¿qué te parece si eliges tú lo que quieres hacer, que para eso es tu cumple? —me propone, alzando una ceja de forma seductora—. Yo me he lavado, así que podemos hacer lo que quieras.
Me muerdo el labio mientras me lo pienso, pero las dos opciones son demasiado tentadoras.
—¿Y por qué elegir? —digo al fin, y él esboza una sonrisa.
—Pues también es verdad.
Entonces, me besa en los labios, y yo le rodeo la espalda con los brazos para acercarlo más a mí.
Estamos los dos en bóxers, tal como solemos hacer desde que empezaron a subir las temperaturas, y el contacto de su piel contra la mía siempre basta para encenderme por completo en unos segundos.
Cuando quiero darme cuenta, estoy gimoteando mientras Marcos mordisquea mis pezones, acariciando mi erección por encima de la ropa interior Llevo la mano a la suya y compruebo que él también está duro como una piedra; ha dejado el tejido húmedo a causa de la excitación.
Sin poder evitarlo, meto la mano por dentro, recojo todo el líquido que puedo con los dedos y me lo llevo a la boca.
Por supuesto, no tardamos en perder la poca ropa que tenemos.
Tal como suele hacer, Marcos rodea nuestras pollas juntas con la mano y comienza a masturbarnos, todo ello sin dejar de mirarme a los ojos, lo que hace que mi excitación se incremente todavía más.
Es tan diferente al Marcos novato que empecé a conocer en ese hotel que, en momentos como este, casi me cuesta creer que realmente se trate de la misma persona.
A pesar de que ya me hizo correrme anoche, el simple hecho de que me esté masturbando con mi polla y su mano empapadas en su líquido preseminal hace que las sensaciones y el placer comiencen a incrementarse de forma exponencial dentro de mí, de modo que le sujeto la muñeca para detenerlo.
—Para —le pido, y él obedece al instante—. Ponte a cuatro.
Marcos hace lo que le pido, obediente, y me regala la visión de su culo en pompa frente a mí, preparado para que haga lo que quiera con él.
Y, aunque esto es algo que hacemos poco, eso no significa que no me guste, de modo que me acerco a él y hundo la cara entre sus nalgas sin perder ni un segundo.
Me apoyo sobre el colchón con la mano izquierda y agarro su polla con la derecha, y entonces comienzo a lamer, succionar y darle pequeños mordisquitos en las nalgas que hacen que se estremezca de placer, soltando prolongados gruñidos contra la almohada.
Y, aunque me encanta tenerlo bajo mi poder, que se deje someter de esta forma ante mí, mi polla palpitante no me permite seguir haciendo esto mucho más tiempo; el ansia que siento es casi animal.
Ha dejado el lubricante en la mesita de noche, así que estiro el brazo para alcanzarlo y me vierto una generosa cantidad en la mano.
Le introduzco un dedo con facilidad y después dos; le arranco un gemido que suena amortiguado contra la almohada, pero es evidente que se ha estado preparando en la ducha, porque no parece que le duela.
—¿Bien? —le pregunto para asegurarme.
—Sí. Sigue.
Introduzco un tercer dedo, y esta vez suelta un ligero gruñido y se tensa un poco.
Aguardo hasta que se relaja, y entonces continúo moviéndolos todos de dentro hacia fuera, haciendo movimientos circulares para ayudarlo a dilatar, sintiendo cómo se abre para mí, deseoso de más.
Pronto, ni siquiera la almohada es capaz de contener sus gemidos.
—¿Pruebo ya?
—Sí —responde con la voz ahogada—. Por favor, sí.
—Date la vuelta.
De nuevo, él obedece sin rechistar. Ya tenemos esta dinámica bien ensayada, de modo que él coge un cojín y yo saco de la mesita de noche una de las toallas que utilizamos para estas cosas.
La doblo y la coloco sobre el cojín para no llenarlo de lubricante, y entonces Marcos se incorpora ligeramente para colocar el culo sobre el cojín, ligeramente elevado para facilitarme la labor.
Me acerco a él y deslizo la polla entre sus nalgas, dejando que se empape del lubricante con el que lo he estado dilatando.
Acerco el glande a su orificio y presiono ligeramente, pero sin llegar a introducirlo, solo lo justo para provocarlo un poco.
—Joder, Fran —dice, con la voz ronca—. Fóllame ya.
Y eso es justo lo que hago. Aumento la presión que estoy ejerciendo contra él, y entonces noto la deliciosa sensación de su cuerpo abriéndose para mí mientras mi polla se introduce poco a poco en su interior, carne contra carne.
No solemos hacer esto porque los dos preferimos invertir los papeles, pero siempre me maravilla la deliciosa sensación de estar dentro de él, de su tensa calidez alrededor de mí, de cómo se contorsiona y me pide más sin palabras.
—¿Bien? —le pregunto para asegurarme.
—Sí. Sigue.
Continúo entrando en él, centímetro a centímetro, hasta que al fin mi ingle golpea sus nalgas.
No dejo de mirarlo ni un segundo, disfrutando de su cara de placer, su ceño ligeramente fruncido y su boca entreabierta, soltando prolongados gemidos de placer que me ponen la carne de gallina.
Lo miro con expresión interrogativa, y él asiente con la cabeza.
—Sigue —repite.
Entonces comienzo a mover las caderas de forma rítmica, primero despacio y después aumentando poco a poco la velocidad, mirándolo a los ojos en todo momento mientras entro y salgo de él cada vez más deprisa, notando cómo crece el placer dentro de mí.
Él no se toca como suele hacer cuando yo le follo; en lugar de ello, su polla se eleva sobre su vientre, dura y palpitante.
Cada pocos segundos llevo la mano hasta ella y recojo ese delicioso líquido antes de llevármelo a la boca, y cada una de esas veces, mi excitación se incrementa un poco más.
No sé cuánto tiempo paso perdido en él, pero cuando quiero darme cuenta, ya estoy notando que se acerca el punto sin retorno.
—¿Tú te quieres correr? —acierto a preguntar.
—Depende. ¿Quieres que te la meta yo también?
—Obviamente.
—Pues entonces, córrete tú.
—¿Puedo darte fuerte?
Él sonríe con picardía.
—Es tu cumpleaños, ya sabes que soy todo tuyo.
Y, como no podría ser de otra manera, le tomo la palabra.
Incremento la velocidad cada vez más, entrando y saliendo de él con fuerza y disfrutando de la sinfonía de nuestros gemidos entremezclados, hasta que sé que ya no voy a ser capaz de seguir controlándome.
Con un gruñido, le doy una última embestida y exploto al fin dentro de él, sintiendo cómo su cuerpo aprisiona mi polla hinchada mientras absorbe hasta la última gota.
Entonces, me derrumbo sobre él, agotado.
Marcos me rodea con los brazos para pegarme más a él; nuestros cuerpos están húmedos y pegajosos a causa del sudor y los fluidos, pero no nos importa.
Nuestros pechos suben y bajan en sincronía, y casi puedo sentir el torrente de sangre corriendo bajo su piel cálida y enrojecida.
Un pensamiento que suelo tener a menudo vuelve a acudir a mí: aunque el sexo con él siempre sea impresionante, de alguna manera, el momento posterior siempre consigue ser incluso mejor.
—¿Vas a querer que te folle yo? —susurra al cabo de unos minutos cerca de mi oreja, provocándome un estremecimiento por todo el cuerpo.
Después de lo que acabamos de hacer, debería sentirme satisfecho, debería estar saciado de él. Sin embargo, todavía quiero más. Siempre quiero más de él. Y, a estas alturas, ya ni siquiera me avergüenza admitirlo.
—Vale.
—¿Seguro? Si ves que no te apetece, a mí tampoco me importa quedarme sin correrme.
—No es solo porque no quiera que te quedes sin correrte, que también. Es porque quiero que me folles.
Él suelta una risita.
—A tus órdenes.
Entonces, lleva la mano hasta su propia polla semierecta, que ha quedado bajo mi vientre.
Toda la zona está empapada en su líquido preseminal, de modo que lo recoge con los dedos antes de dirigirse al espacio entre mis nalgas.
Mientras me besa y me mordisquea el cuello, poniéndome la piel de gallina, comienza a jugar con mi orificio, introduciendo solo las puntas de los dedos de forma tentadora, dejándome con ganas de más.
Mientras, noto que su polla crece debajo de mí hasta clavarse en mi vientre, y eso me excita todavía más.
Como si estuviera leyendo mis pensamientos, comienza a introducir los dedos de verdad, siempre poco a poco, siempre asegurándose de humedecerlos bien.
Lo bueno de que tengamos una vida sexual bastante activa es que ya no me cuesta nada dilatar con él, así que enseguida ya me tiene jadeando y ansioso entre sus brazos, deseoso de sentirlo dentro de mí.
Y, aunque normalmente dejo que sea él quien lleve la iniciativa, hoy nos encontramos en una posición demasiado tentadora como para no aprovecharlo, de modo que me separo un poco de él para incorporarme y me siento sobre su vientre, justo encima de su polla dura.
Él me mira con una sonrisa llena de deseo en los labios.
—¿Quieres controlar tú?
Asiento con la cabeza mientras muevo las nalgas contra su erección, arrancándole un gemido.
Entonces, retrocedo ligeramente para situarme mejor y, con ayuda de la mano, guío su polla hasta mis nalgas.
Hace tiempo que solo utilizamos lubricante cuando soy yo el activo; su polla lubrica tanto de forma natural y mi cuerpo está ya tan acostumbrado a su tamaño que no necesitamos más que eso y un poco de saliva.
Coloco su glande en el punto justo y comienzo a bajar sobre él, sintiendo cada delicioso centímetro que se introduce en mi interior.
Marcos me mira con una sonrisa y me acerca ambas manos, y yo se las cojo para estabilizarme un poco.
A continuación, comienzo a subir y bajar sobre él, dejando que su polla presione el lugar preciso que provoca una oleada de sensaciones dentro de mí, sintiendo cómo él se estremece bajo mi cuerpo.
El momento es tan perfecto que me gustaría poder alargarlo, pero ya no debe de quedarnos demasiado tiempo solos y, de todos modos, sé que él no va a ser capaz de aguantar mucho más después de lo que hemos hecho hace solo unos minutos.
Así pues, libero mi mano derecha de la suya y comienzo a masturbarme, incrementando la velocidad de mi mano al ritmo del resto del cuerpo.
—Marcos —susurro cuando siento que se empieza a acercar el momento—. Fóllame tú, ¿vale?
Él no necesita que se lo pida dos veces.
Sin contestar siquiera, a excepción de la mirada ardiente que me dirige, comienza a mover las caderas de arriba abajo con fuerza, embistiéndome una y otra vez con toda su longitud, llegando tan profundo como nos resulta físicamente posible.
Y, si la sensación de antes era intensa, esto es todavía mejor.
—Me falta poco —me avisa al cabo de unos minutos, con la respiración entrecortada.
—A mí también. Dame fuerte.
De nuevo, eso es justo lo que hace. Comienza a follarme con furia, de forma casi violenta, y ya ni siquiera me molesto por tratar de contener los gritos de placer que escapan libremente de mis labios.
Enseguida, siento que mi interior se contrae al mismo tiempo que su polla se hincha, y comienzo a correrme sobre su pecho al mismo tiempo que él lo hace dentro de mí, un chorro tras otro de puro placer líquido.
Después, nuestros gemidos se apagan y nos quedamos en silencio, roto solo por el sonido de nuestra respiración acelerada.
Marcos sonríe mientras me mira a los ojos, con la piel sudorosa y enrojecida, y está tan guapo que suelto una risita nerviosa.
Entonces, me dejo caer sobre él por segunda vez en menos de una hora, jadeando mientras trato de recuperar el aliento.
Sinceramente, no sé si este habrá sido el mejor orgasmo de mi vida, pero sin duda tiene que estar en el top.