5.
Antes siempre odiaba que mi cumpleaños cayera entre semana, pero hoy es la primera excepción desde que tengo memoria: los jueves tengo una hora menos de clase, lo que significa que puedo volver antes a casa.
Y, a su vez, eso significa que voy a poder estar algo más de una hora a solas con Marcos, mi momento más esperado de toda la semana.
Que nuestros padres hayan sido permisivos con nuestra relación no significa que podamos hacer todo lo que nos dé la gana; como es lógico, tenemos que respetar al resto de la familia, y eso significa que muchas veces no podemos dar rienda suelta a lo que sentimos tanto como nos gustaría.
Pero la hora juntos de los jueves es nuestra garantía de libertad, así que siempre nos aseguramos de aprovecharla al máximo.
Y, por supuesto, hoy que es mi cumpleaños queremos aprovecharla más que nunca.
Por eso, en vez de volver a casa en metro, tal como suelo hacer, he cogido un Uber para llegar todavía antes de lo habitual, apenas un rato después de Marcos.
Y, aunque ya estoy más o menos acostumbrado a nuestra relación y a las cosas que hacemos cuando estamos a solas, siento unas mariposas en el estómago de todos modos mientras me bajo del coche para entrar en el portal.
Cuando entro en casa parece que todo está en silencio, pero entonces oigo el sonido amortiguado de la ducha, así que voy directamente hacia el cuarto de baño que compartimos Marcos y yo para dar unos golpecitos a la puerta.
—Ya estoy en casa —lo aviso.
—¡Estoy terminando! ¿Quieres ir entrando?
Como con Marcos lo más habitual es que él adopte el papel de activo y yo el de pasivo, siempre suelo lavarme un poco antes de que la cosa se caliente entre nosotros, de modo que abro la puerta y entro en el baño mientras me quito la camiseta.
—¡Hola! —digo.
—¡Hola! Ya salgo.
Estoy deshaciéndome de los pantalones cuando el sonido de la ducha se detiene, y un segundo más tarde, la cortina se abre y me encuentro con la gloriosa visión de Marcos, mojado y completamente desnudo.
—Joder. Pues no está nada mal mi regalo de cumpleaños.
Él se ríe con cierta timidez y se pone un poco rojo; aunque ya llevamos varios meses juntos, todavía no se ha acostumbrado a que elogie su físico.
—¿No crees que estoy gordo?
—Gorda me la pones.
—Joder, qué bestia eres —responde entre risas, enrojeciendo todavía más.
Termino de desnudarme mientras él sale de la bañera y coge su toalla, pero, antes de que pueda empezar a secarse, le detengo el brazo y me acerco a él para darle un beso en los labios.
Él suelta la toalla y me abraza mientras me devuelve el beso, y la sensación de su piel mojada contra la mía, caliente por el calor del exterior, me provoca un estremecimiento que me pone la piel de gallina y me endurece los pezones.
Continuamos besándonos mientras la temperatura sube entre nosotros, y cuando quiero darme cuenta, estoy bajando la mano hasta su polla.
Sin embargo, en esta ocasión es él quien me detiene el brazo.
—Todavía no —susurra contra mis labios—. Lávate y vente a mi cuarto, ¿vale?
Una parte de mí quiere protestar, utilizar la excusa de que es mi cumpleaños para que me deje continuar, pero asiento con la cabeza.
—Vale.
Al fin y al cabo, en estos meses ya hemos hecho de todo en esta casa, y sé que cualquier cosa que hagamos va a ser mucho mejor allí que aquí.
Mientras Marcos se seca, entro en la bañera y pongo la ducha en marcha. Suelto un suspiro de satisfacción cuando el agua fresca cae sobre mi piel caliente y sudorosa; con independencia de que vaya a haber sexo ahora o no, necesitaba esto.
—Te espero en mi cuarto —dice Marcos por encima del sonido del agua, y cierra la puerta detrás de él.
Entonces, me apresuro a prepararme para lo que va a ocurrir dentro de un rato. No tardo demasiado; ya son muchos meses de práctica semanal.
Apenas diez minutos más tarde, ya estoy seco y llamando a la puerta de su habitación, que por alguna razón ha dejado cerrada.
—¿Se puede?
Dos segundos más tarde, la puerta se abre y Marcos asoma la cabeza, muy sonriente.
—Hola.
—Hola. Cuánto misterio, ¿no?
Él suelta una risita nerviosa, y entonces abre la puerta del todo para dejarme pasar. Cuando se aparta, me fijo en la penumbra de su habitación y en la luz danzarina que se refleja en las paredes, y entonces lo comprendo: ha vuelto a ponerme las velas.
Fue algo que hizo el primer jueves que pasamos solos en esta casa, y volvió a hacerlo después del viaje a las montañas, cuando decidimos seguir adelante con nuestra relación.
Desde entonces, lo ha vuelto a hacer en ocasiones especiales; como no podría ser de otra manera, San Valentín fue una de ellas.
También lo ha estado haciendo el veintiocho de cada mes, el día que sumamos uno más a los casi cinco meses que llevamos juntos.
No sé cómo lo hace, pero siempre logra pillarme por sorpresa.
Pero ninguno de esos días caía en jueves, así que por lo general aprovechaba cuando yo iba al baño o a beber agua y solo encendía las velas cuando nos metíamos en la habitación para irnos a dormir…
y otras cositas, claro. Después, las apagábamos para no morir mientras dormíamos por la falta de oxígeno.
Tendría que haberme imaginado que también iba a hacerlo en mi cumpleaños, pero supongo que después de cinco meses todavía no me he acostumbrado a lo increíble que es Marcos.
Sinceramente, no sé si llegaré a hacerlo alguna vez.
Y, aunque es la última persona en la que querría pensar ahora mismo, después del mensaje de esta mañana no puedo evitar compararlo con Raúl, en lo diferente que era la relación que teníamos; él jamás tuvo un detalle así conmigo después de casi un año de relación.
Pero no se merece que piense en él, y menos en un momento así, de modo que lo aparto de mi cabeza y observo las velas a nuestro alrededor, feliz de haber encontrado a alguien como Marcos.
Sonriendo al verme sonreír, me toma la mano y me conduce hasta su cama… aunque, en la práctica, esta ya es nuestra cama. Me acomodo junto a él mientras me acaricia la mejilla con infinita delicadeza y, entonces, me besa en los labios.
—Feliz cumpleaños —susurra, y aunque está adorable, me río sin poder evitarlo. Él frunce el ceño, extrañado—. ¿Qué pasa?
—No, nada. Es solo que ya tiene que ser como la décima vez que me lo dices desde anoche.
Él se ríe también.
—Y más que te quedan —me asegura—. Pienso compensar todos los cumpleaños que nos hemos perdido, que lo sepas.
Sé perfectamente a lo que se refiere, y no es solo el hecho de que apenas llevamos unos meses juntos.
Cuando nuestros padres comenzaron a ir en serio y nos presentaron oficialmente, a pesar de que después resultó que ya nos conocíamos, yo había cumplido los dieciocho años hacía solo unas semanas.
Pero cuando cumplí los diecinueve, nuestros padres ya le habían puesto fecha a la boda, así que tuve que aguantar un «cumpleaños familiar» que no podía apetecerme menos en ese momento, sobre todo porque acababa de pasar por una ruptura que me había hecho sufrir bastante.
Tanto Natalia como Marcos me hicieron regalos que obviamente había comprado su padre con indicaciones de mi madre, y en fin, no es que fuera borde con ellos, pero tampoco disimulé las pocas ganas que tenía de estar ahí.
Y eso por no mencionar el último cumpleaños de Marcos, que fue poco antes de la propia boda.
Decir que me comporté como un gilipollas con él en un día tan especial sería quedarme corto, así que si él cree tener razones para compensarme los cumpleaños perdidos, yo tengo todavía más.
Por suerte, todavía me quedan unos cuantos meses por delante para prepararle algo especial.
—¿Y cómo piensas compensármelo? —le pregunto, centrándome en el presente.
—Bueno, tengo alguna cosilla preparada —dice con tono misterioso.
—¿El qué?
—Ya lo verás. Pero, de momento… lo único que quiero es darte el mejor orgasmo de tu vida.