2.
Veinte minutos más tarde, ya estamos los dos en la cocina, desayunando con los pies unidos bajo la mesa. Voy por la mitad de mis cereales cuando aparece Natalia por la puerta.
—¡Feliz cumple, Fran!
—¡Muchas gracias!
Entonces se acerca para darme un abrazo, muy sonriente, y yo se lo devuelvo con ganas.
Hace menos de un año la consideraba una cría y no soportaba la idea de tener que vivir con ella cuando nuestros padres se casaran, pero ahora se ha convertido prácticamente en una hermana de verdad…
salvo por el pequeño detalle de que también es mi cuñada, claro.
Levanto la mirada y veo a mi madre, acercándose también a mí mientras sonríe ampliamente.
—Felicidades, cariño.
—Gracias, mamá.
Ella también me abraza, y me doy cuenta de que tiene lágrimas en los ojos. Me acaricia la mejilla, como cuando era pequeño, y por un momento es como si volviera a tener siete años.
—Veinte años ya… parece mentira.
Oigo una mezcla de nostalgia y orgullo en su voz, y no puedo evitar sentir un nudo en la garganta.
Mi madre siempre se ha esforzado para que mis cumpleaños fueran especiales, pero teniendo en cuenta que tuvo que cuidar de mí ella sola durante los años difíciles de mi adolescencia, no se puede decir que lo tuviera fácil.
Y, aunque yo era el último que quería tener esta familia, ahora que estoy rodeado de ellos y que tengo a Marcos, me doy cuenta de que este cumpleaños tiene muchas posibilidades de ser el más feliz desde que tengo memoria.
—¡Felicidades, chavalote!
Levanto la mirada y veo a Antonio entrando en la cocina con una sonrisa, como si me hubiera leído la mente.
Se acerca a mí y me da un abrazo de lado, que logro devolverle sin incomodidad.
Durante estos últimos meses, después de lo que pasó con el hospital y de que aceptara mi relación con Marcos, he estado haciendo un esfuerzo consciente por acercarme más a él, y eso incluía aceptar sus abrazos y hasta iniciar alguno por mi cuenta de vez en cuando.
Aunque al principio me resultaba bastante extraño después de haber crecido sin padre, ahora que me he acostumbrado tengo que admitir que es agradable poder tener algo parecido a esa figura paterna que no he tenido durante buena parte de mi vida…
salvo por el pequeño detalle de que también es mi suegro, claro.
Pero, aunque la dinámica familiar que tenemos entre todos no sea la más normal del mundo precisamente, lo cierto es que está funcionando mucho mejor de lo que esperaba cuando comenzó todo esto.
—Muchas gracias.
—De nada —responde antes de dirigirse a su hijo—. Marcos, ¿te falta mucho? Tenemos que irnos.
—Termino enseguida —contesta él. Lo observo mientras se come de un bocado lo que le queda de tostada y se bebe el resto del café de un trago antes de ponerse en pie—. Ya está. Me lavo los dientes, voy a por mis cosas y listo.
Entonces, me hace una caricia en el brazo, me lanza una sonrisa fugaz y se marcha a toda prisa de la cocina.
Natalia se sienta en su asiento habitual para desayunar mientras mi madre se sirve una taza de café de la cafetera que he preparado para todos mientras Marcos se duchaba y se prepara unas tostadas.
Se está sentando también cuando vuelve a aparecer Marcos por la puerta, con la mochila colgada a la espalda.
—Bueno, pues ahora sí que me voy.
—Adiós, cariño —le dice mi madre—. Que tengas un buen día.
Estoy a punto de levantarme para acompañarlo al pasillo y darle un beso de despedida a escondidas, tal como solemos hacer, cuando él me sorprende cruzando la cocina directamente hacia mí.
Lo miro mientras se acerca con una sonrisa tímida, y apenas tengo tiempo de reaccionar antes de que me dé un beso en los labios.
Es breve, pero me deja ligeramente aturdido de todos modos.
Es la primera vez que hace algo así, y no puedo evitar pensar que esto también es una especie de regalo de cumpleaños.
Aunque el resto de la familia acepta nuestra relación, todavía nos cuesta hacer esta clase de cosas delante de los demás, gestos tan simples como un casto beso en los labios, como los que se dan nuestros padres sin el menor atisbo de vergüenza.
Tenemos su beneplácito para dormir juntos, y cuando estamos con los demás también solemos estar bastante pegados y hasta nos abrazamos o hacemos alguna caricia, pero los besos todavía se nos resistan.
Cuando llega el momento de ir a clase por las mañanas, siempre hacemos lo mismo: mientras su padre coge las llaves y el abrigo en la entrada, yo salgo de la cocina con Marcos y aprovechamos ese breve momento en el pasillo para abrazarnos y darnos un beso de despedida.
Pero nunca nos habíamos besado delante los demás.
Hasta hoy.
—Oooh, ¡qué monos! —nos interrumpe Natalia, rompiendo el momento, y nosotros nos separamos entre risas nerviosas. Miro a Marcos, incapaz de dejar de sonreír, y veo que está tan rojo como tengo que estarlo yo a juzgar por el calor de mis mejillas.
—Venga, parejita —dice Antonio, con su habitual sonrisa bonachona—. Que vamos a llegar tarde.
Le da un beso a mi madre, otro a Natalia, y entonces me da unas palmadas en el hombro antes de salir de la cocina.
—Bueno… pues adiós —se despide Marcos—. Por la tarde nos vemos.
—Vale. Adiós.
Lo observo mientras sale por la puerta, pero siento que me falta algo, a pesar del beso. Y, cuando quiero darme cuenta, estoy corriendo detrás de él. Lo alcanzo antes de que doble la esquina del pasillo que da al recibidor.
—¿Qué pasa? —susurra para que no pueda oírnos su padre.
—Es que con un besito y ya está no me basta —confieso, muerto de vergüenza.
Él sonríe ampliamente. Sabe bien a lo que me refiero, así que me abraza con fuerza y vuelve a besarme en los labios, de una forma mucho más profunda que hace un momento.
—Felicidades —me susurra al oído, poniéndome la piel de gallina—. Te quiero.
—Yo también te quiero.
Me da un beso más, pero ya hemos apurado demasiado el tiempo y no queremos desatar la furia de Antonio, de modo que nos separamos y él se marcha con su padre mientras yo vuelvo a la cocina, con la cara incandescente.
Cuando entro, Natalia me mira con una ceja en alto. Es evidente que sabe perfectamente para qué he salido.
—Puede que seáis monos —dice—, pero anda que no sois empalagosos.
Mi madre se ríe mientras yo enrojezco todavía más.
—No seas mala —le riñe—. Ya verás cuando te toque a ti.
—¿A mí? Yo no voy a ser tan cursi cuando tenga novio, eso está claro.
Siguen hablando entre ellas, pero desconecto de la conversación mientras me termino los cereales. Todavía tengo el pulso y la respiración un tanto acelerados; Marcos siempre es capaz de causar ese efecto en mí.
Y no quiero que esta sensación se termine nunca.