3.
El calor es algo curioso.
En invierno, cuando hace frío, hay pocas sensaciones mejores que acurrucarte bajo la manta y esperar a que la temperatura de tu cuerpo suba poco a poco, o que tomarte algo calentito, sintiendo cómo cada sorbo te reconforta el estómago y absorbiendo ese calor como si fuera lo más preciado del mundo.
Cuando Marcos y yo nos abrazamos, su temperatura corporal siempre parece estar ligeramente por encima de la mía, pero el suyo es un calorcillo agradable, incluso ahora que el verano ya se acerca y las temperaturas han comenzado a subir con cada día que pasa.
Pero ahora, estando en el metro en hora punta durante una mañana de finales de mayo, el calor es una puta mierda. Así de claro.
El día de mi cumpleaños no podría haber empezado mejor, pero tengo que decir que el trayecto hasta la universidad me lo está amargando con creces.
Es solo media hora, sí, pero tener que estar completamente rodeado de gente con el calor que hace dentro del vagón, todos apretados como sardinas en lata, es suficiente para fastidiarle la mañana a cualquiera.
Cuando salgo del metro y puedo respirar por fin, me saco el móvil del bolsillo y veo que tengo unos cuantos mensajes nuevos.
El primero es de Marcos, deseándome feliz cumpleaños otra vez, así que respondo con una ristra de emojis pastelosos que me daría vergüenza enseñar a mis amigos.
Después, entro en el grupo que creé con mis primos hace unos meses, cuando pasó todo el drama con Víctor y su familia.
Vic
Eyyy, feliz cumple, primo
Vero
Fraaan!!!
Muchas felicidades
Vic
Nos vemos el finde!
Me apresuro a responder, sonriendo. Vero y yo tenemos la misma edad y siempre nos hemos llevado genial; en muchos sentidos, prácticamente ha sido mi mejor amiga durante toda mi vida.
Pero Víctor es más pequeño y nunca habíamos tenido una relación demasiado estrecha, hasta estas últimas navidades, cuando decidió abrirse más conmigo.
Desde entonces han pasado muchas cosas en su vida, más cambios de los que ni él mismo se imaginaba, y ahora estamos más unidos que nunca.
El último mensaje es de mi tía, la madre de ambos, con quien también he pasado mucho más tiempo de lo habitual durante estos últimos meses.
Le doy las gracias por felicitarme, y después compruebo las notificaciones de Instagram.
La primera de ellas es una foto en la que me ha etiquetado Alejo, mi mejor amigo.
Cuando la abro, me detengo en mitad de la calle sin poder evitarlo, sonriendo como un tonto.
En realidad no se trata de una sola foto, sino de muchas: Alejo ha recopilado fotos nuestras desde que éramos pequeños y mientras crecíamos juntos a lo largo de los años, hasta llegar al presente.
Una excursión escolar junto a niños de los que ya apenas me acuerdo, los dos concentrados en nuestras Nintendo DS mientras echábamos un combate Pokémon, jugando a la pelota en la playa esa vez que me fui de vacaciones con su familia, celebrando mi cumpleaños en el parque de atracciones…
Y así hasta llegar a las más recientes, con fotos de nuestra graduación, comiéndonos un helado durante ese verano, los dos riendo junto a Álex después del décimo intento de hacernos una selfie decente, y por último, una foto de hace apenas un par de meses que nos sacó la propia Álex espontáneamente mientras nosotros estábamos concentrados en algo que yo le estaba enseñando en el móvil.
Cuando termino de ver las fotos de nuestra amistad a lo largo de los años, tengo los ojos llenos de lágrimas, y eso que todavía no he leído el pequeño texto que ha escrito debajo:
20 años ya, y la mayoría los hemos pasado juntos. Que vengan muchos más, y que yo esté contigo para verlos. Gracias por ser el mejor amigo que nadie podría desear. Se te quiere.
Ahora sí, las lágrimas se derraman por mis mejillas, nublándome la visión. Tengo que frotarme los ojos para poder ver la pantalla en condiciones y escribir un comentario en la publicación.
Te quiero, idiota
Tengo unos cuantos mensajes más, así que continúo respondiendo mientras camino hacia la facultad, incapaz de dejar de sonreír.
Estoy a punto de guardarme el móvil de nuevo en el bolsillo cuando recibo una nueva notificación. Parpadeo un par de veces, incapaz de creer el nombre que estoy viendo en la pantalla.
Me detengo en seco y mi sonrisa desaparece de golpe.
Es Raúl. Mi ex.