El primer cumpleaños (El chico de al lado 2.5) 1.
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El primer cumpleaños (El chico de al lado 2.5)

El primer cumpleaños (El chico de al lado 2.5)

Por Mike Lightwood

© inepub.com

1.

Un leve movimiento junto a mí me saca ligeramente del estado de inconsciencia del sueño.

Tras el instante de confusión inicial habitual, enseguida mis sentidos se activan para captar el tacto y la calidez de su cuerpo, el aroma de su piel, los movimientos cuidadosos con los que siempre me despierta por mucho que se esfuerce cada día por no hacerlo.

Es Marcos, levantándose para ir a clase después de haber pasado la noche durmiendo juntos. Como todas las noches.

Marcos, mi novio. Qué fuerte.

Ya han pasado varios meses y todavía me sigue pareciendo surrealista, pero no se trata de ningún sueño.

Esto es la realidad, la pura realidad, y no podría ser más perfecta.

No sé si es posible que exista algo mejor que dormirme todas las noches abrazado a él y despertar todas las mañanas a su lado, pero yo todavía no lo he descubierto.

Estamos en su cama, como viene siendo habitual desde hace meses; la mía ya solo la utilizo durante el día, cuando quiero tumbarme a leer algo, a estudiar o simplemente a estar perdiendo el tiempo con el móvil.

Desde que le contamos la verdad al resto de nuestra familia y, por alguna especie de milagro extraño, ellos decidieron aceptar nuestra relación, Marcos y yo dormimos todas las noches en su cama, que es más grande que la mía y por lo tanto nos permite dormir más cómodos.

Y menos mal, porque ahora que ha llegado el calor, me he dado cuenta de que dormir abrazados no es tan bonito como cuando estábamos en invierno; esas son las cosas que las películas no te cuentan.

Pero después de estos meses ha llegado un punto en el que la simple idea de volver a dormir en camas separadas me resulta casi imposible de concebir, así que agradezco que la suya nos permita estar cómodos.

—Perdona —susurra mientras estira un poco los brazos. Ahora que no tiene que preocuparse por no hacer ruido, suelta un prolongado bostezo que me contagia al momento, y los dos nos reímos—. Siempre te despierto antes de tiempo.

—Si es el precio que tengo que pagar a cambio de dormir contigo, no me voy a quejar —respondo con una sonrisa perezosa.

Él sonríe también y se agacha para darme un leve beso en los labios.

—Buenos días, Fran.

—Buenos días, Marcos.

Entonces, me mira con las cejas ligeramente levantadas.

—Todavía no te has dado cuenta del día que es, ¿verdad?

Parpadeo un par de veces, todavía un poco adormilado, y entonces lo recuerdo: es mi cumpleaños. Mis labios se curvan en una nueva sonrisa.

—Felicidades —añade, y vuelve a besarme.

—Gracias —respondo contra sus labios.

En realidad, ya me felicitó anoche, justo a las doce en punto, y hasta logró adelantarse al mensaje habitual de Alejo.

Y, bueno, digamos que también me hizo un pequeño regalo antes de dormir, uno con el que se esforzó tanto para que me gustara que me vi obligado a taparme la boca con la almohada para no hacer ruido.

Al fin y al cabo, esa es una de las pocas reglas que nos han impuesto sus padres: nada de ruidos con los que podamos molestar al resto de la familia.

Y, aunque me parece un trato justo, he de admitir que a veces me resulta demasiado difícil, sobre todo cuando en estos meses Marcos se ha convertido en todo un experto en darme placer.

—¿Sabes cuál sería el mejor regalo que podrías hacerme? —le pregunto.

—Pues no sé si quiero saberlo, porque ya tengo tu regalo preparado —dice, con cara de fingida preocupación—. Voy a quedar como el culo si el mío es peor.

—No seas idiota —respondo entre risas—. Lo digo en serio.

Él asiente con la cabeza, fingiendo seriedad.

—A ver, sorpréndeme.

—No irte. Quedarte aquí conmigo y no salir de la cama en todo el día.

Marcos se ríe.

—Me encantaría. Pero tenemos que ir a clase, ya lo sabes. —Hago mi mejor imitación del Gato con Botas de Shrek , y él se ríe todavía más—. Es lo que hay.

—¿No podemos quedarnos al menos cinco minutos abrazados? ¿Porfa?

Se muerde el labio, y puedo ver claramente su dilema.

Desde que contamos nuestra relación en casa, hemos establecido una rutina que llevamos varios meses siguiendo para poder pasar todo el tiempo posible juntos; después de todo, los días en la universidad se nos hacen interminables.

Él sigue levantándose primero, pero ahora su padre lo lleva en coche a la facultad, así que ya no hace falta que se despierte tan temprano como cuando empezamos a vivir en la misma casa, allá por octubre del año pasado.

Mientras Marcos se ducha y se viste, yo me quedo unos minutos más en la cama, y entonces él me termina de despertar con mimos y nos vamos a la cocina para desayunar juntos.

Cuando terminamos, él se va con su padre, y entonces yo me voy a la ducha y me preparo para irme también.

No se me ocurre una mejor forma de comenzar el día, la verdad.

El problema es que su mañana está cronometrada prácticamente al segundo, sobre todo porque su padre siempre insiste en salir con tiempo de sobra para no pillar atasco, y mi lado racional sabe que pasarse cinco minutos en la cama conmigo significa que no le va a dar tiempo a todo para estar listo a su hora.

Estoy a punto de decirle que no se preocupe, que se vaya a la ducha, cuando Marcos responde.

—Bueno, vale —dice con una sonrisa, y abre los brazos para que me acurruque contra su pecho ancho y cálido. Su vello espeso me produce un agradable cosquilleo en la mejilla—. Pero solo cinco minutos, ni uno más.

—¿En serio? ¿Te dará tiempo a prepararte luego?

—Sí, me ducho rápido y ya está, pero me tienes que hacer un favor a cambio. Mientras estoy en la ducha, necesito que me vayas preparando tú el desayuno, ¿vale? Que si no, no llego ni de coña.

—Eso está hecho.

Y, sin decir nada más, me dejo envolver por sus brazos, inspirando su aroma y decidido a saborear al máximo todos y cada uno de los segundos que nos quedan juntos antes de tener que separarnos.

Aunque ya han pasado varios meses, todavía me cuesta creer la suerte que tengo.