La carta imposible #2
El objeto no es el arma. El objeto es el espejo.
Lo que muestra ya estaba en quien lo mira.
La diferencia entre las personas está en si pueden vivir con lo que el espejo les muestra.
Los que pueden, custodian el objeto. Los que no pueden, lo destruyen o lo entierran o mandan a otros a destruirlo o a enterrarlo.
Felipe IV mandó quemar la copia española porque no podía vivir con lo que el espejo le mostraba.
Luis XV mandó enterrar la copia francesa por la misma razón.
Yo mandé matar a Marta Serra porque la verdad de lo que ella producía hacía que la verdad de lo que yo producía resultara insuficiente, y la insuficiencia era lo que yo no podía vivir.
Todo eso, todo lo que hice, era el intento de destruir el espejo porque no podía vivir con lo que el espejo mostraba.
Los espejos no se destruyen destruyendo lo que reflejan.
Lo que le digo a quien encuentre esta carta es lo que no pude decirle a Valeria Serra en el momento en que podría haberla escuchado: el único ritual que vale no es el del culto del ojo ni ningún otro que use a una persona para completar algo que otra persona quiere.
El único ritual que vale es el de quien custodia algo que no le pertenece para que quien lo necesite pueda encontrarlo.
La obra encontrará a su guardiana cuando el mundo vuelva a arder.
Y la guardiana tendrá el mismo rostro que la primera.
No el mismo cuerpo, no el mismo tiempo: el mismo rostro.
Que es la manera en que la condición se hereda: no la persona sino la expresión.
El gesto de quien escucha lo que los demás no escuchan.
Clara leyó la traducción completa tres veces.
Luego fue al cajón del escritorio donde guardaba las fotografías de su trabajo en el MNAC y las pocas fotos personales que conservaba.
Buscó la fotografía que sabía que estaba ahí: la que le había enviado hacía años la estudiante doctoral que investigaba la familia Serra-Durán para su tesis, que había encontrado en los archivos de Barcelona un retrato al carboncillo de una mujer de unos veinte años, sin nombre en el reverso, con la nota: probable Serra, siglo XVII.
Clara puso la fotografía del retrato junto a la fotografía suya de los años cuarenta, la que tenía en el MNAC de una jornada de catalogación.
La mandíbula. Los ojos ligeramente separados. La expresión seria y concentrada con algo detrás que no era tristeza sino lo que viene justo antes de la tristeza.
El mismo rostro.
Clara estuvo mirando las dos fotografías durante un tiempo que no calculó.
Luego dobló la traducción de la carta y la guardó en el bolsillo.
Fue al armario del dormitorio. Sacó la caja de madera con el fragmento.
La puso bajo el brazo.
Salió a la calle.
La carta de Aldrovanti confirmó también algo que Clara había sospechado desde la primera lectura del diario de Valeria Serra pero que no había podido verificar de ninguna otra manera: que el culto del ojo no era una organización con estructura jerárquica y propósito unificado sino un conjunto de personas que habían llegado al mismo rastro por distintos caminos y que compartían la convicción de que el objeto y la línea familiar a la que pertenecía debían estar juntos para que ocurriera lo que el culto creía que debía ocurrir.
Lo que el culto creía que debía ocurrir era el ritual de los frescos del siglo doce: la figura central trabajando, el círculo formándose sin que nadie lo pidiera, el efecto completo de la condición amplificado por la presencia del objeto.
Lo que Aldrovanti había entendido en sus veinte años de reflexión era que ese ritual ya había ocurrido.
Había ocurrido en la sala de presentaciones del castillo del Barón de Cabrils en 1651 cuando Valeria Serra presentó el relieve de su madre ante el jurado de tres cardenales y los representantes de las tres coronas formaron el círculo sin saberlo y el efecto fue el que fue.
Y había ocurrido de nuevo, de forma diferente, en la cripta del castillo de Königsberg en 1944 cuando Clara miró el ojo durante treinta segundos y lo que ocurrió ocurrió.
El ritual no requería preparación ni voluntad ni el conocimiento de que se estaba realizando.
Requería la presencia de alguien de la línea con la condición, y la presencia del objeto, y nada más.
Lo demás ocurría solo.
Como siempre había ocurrido solo.
Como los frescos del siglo doce documentaban que había ocurrido siempre.
Clara leyó esta parte de la carta de Aldrovanti tres veces.
Luego la dobló.
Luego salió a la calle con la caja de madera bajo el brazo.
Fue hacia la Sagrada Familia.
Cuarenta minutos a pie en el invierno de 1982, con el viento húmedo del Mediterráneo de diciembre en la cara y las torres de la catedral visibles desde varios bloques antes de llegar a ella y el sonido de las obras que nunca paraban del todo porque la Sagrada Familia era el tipo de proyecto que no para del todo sino que simplemente va más despacio en invierno.
El arquitecto la recibió.
Los cimientos.
La cámara.
Y lo que encontró en la cámara era exactamente lo que esperaba encontrar porque la piedra guarda todo y lo devuelve cuando llega quien lo necesita.
Eso era lo que había que entender.
No el ritual. No el culto. No los reyes que quemaban o enterraban lo que no podían vivir con tener.
Solo la piedra.
Que guarda todo.
Y que devuelve lo que guarda.
Cuando llega quien lo necesita.
Que era siempre, al final, el único ritual que valía.